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Miércoles 21 de Febrero de 2007 10:24 | Kapuscinski decía que se tienen que contar historias. Lamentablemente, esa prensa es escasa; sobran noticias para hoy y hambre para mañana.
Por Ariel Neuman, columnista de la agencia MP
¿Cantidad versus calidad? El llenado de páginas es, cada vez más, un arte
difícil de balancear entre lo que pasa en el día a día -distinguiendo de
ello qué es lo noticiable y qué no lo es-, con los espacios disponibles, el
avance de la publicidad y el trasfondo comercial e ideológico que
caracteriza a cada uno de los medios.
En ese delicado equilibrio, los que aparecen en las noticias son siempre los
mismos. Los mismos políticos, los mismos economistas, los mismos actores,
los mismos deportistas, las mismas historias de delincuencia y violencia.
Ya casi nada sorprende al que vive la realidad estructurada desde las
páginas de un tabloide o de una sábana. Sabe de antemano lo que va a decir
el diario de mañana, como el chico que mira la misma película una y otra
vez.
¿Importa seguir paso a paso el affaire Macri – Lavagna o la relación Lavagna
– Alfonsín? ¿Aporta publicar cada una de las declaraciones de Maradona, los
desvaríos de Chávez, las locuras de Bush?
De qué sirve un ministro de Seguridad prometiendo seguridad frente a un
caso de violencia urbana? ¿Agrega algo la actriz que dice que su desnudo fue
solamente artístico? ¿Y el delantero que asegura que va a ser un torneo
difícil porque todos tienen muy buenos equipos y cualquiera está para
ganarlo?
¿No está todo dicho ya?
Periodismo de coyuntura, del día a día. El que sirve para estar informado si
se leen dos diarios, para estar desinformado si se lee uno o más de dos.
Periodismo que llena espacios de papel y genera espacios y vacíos mentales.
Una multiplicidad de hechos y declaraciones inconducentes, que poco y nada
agregan a las cuestiones de fondo, que no invita a pensar sino a consumir
pensamientos ajenos.
Pues bien, todo lo contrario hizo Riszard Kapuscinski, un polaco que nació en marzo del 32 en Pinsk, hoy Bielorrusia.
Testigo de la vida moderna de África, Asia y América Latina, el maestro del periodismo presenció 27 revoluciones, vivió 12 frentes de guerra y fue condenado a ser fusilado en cuatro oportunidades.
Cubrió los procesos de descolonización en países africanos, la caída del régimen democrático chileno en el 71 y la revolución iraní.
Parando en la casa de la gente común, no en el Sheraton, decía que se tienen
que contar las historias. Porque la vida pasa por esa gente y la
universalidad de los problemas también.
Kapuscinski murió hace un par de semanas y su viuda recibió las salutaciones
de medios, colegas y gobiernos de todo el mundo. Millones de personas,
cientos de miles de periodistas han leído su legado, varias veces
considerado apto para adjudicarse el Nobel de Literatura.
Decenas de miles de cronistas quisieran ser como él, pero sólo algunos
cientos aciertan en el modelo, en las formas, en la vivencia de sus
historias. En hacer hablar a los que no tienen voz. En mostrar el día a día
desde quienes lo viven y no sólo de la boca de quienes lo teorizan o aplican
recetas que afectan a todos menos a ellos mismos.
Hay poco de ese periodismo. Lo que sobra es noticias para hoy. Sólo hambre
para mañana.
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