09 Abril 2006 Seguir en 
Los frecuentes cambios que sufrió la economía argentina en las últimas décadas tuvieron fuerte impacto en la distribución del ingreso de la población. Concentración de la riqueza y aumento de la pobreza fueron las consecuencias más visibles, pero también hubo un efecto en la emblemática clase media argentina, un grupo social que fue paradigmático y distintivo del país a lo largo del siglo XX.
El historiador y economista Roberto Cortés Conde sitúa el nacimiento de la clase media argentina -tal como se hizo famosa luego- a partir de la llegada de la gran inmigración al país, entre 1870 y 1930, integrada por obreros que pasaron a tranformarse posteriormente en comerciantes y profesionales universitarios. "Hasta la Segunda Guerra Mundial, los integrantes de ese sector tenían la idea de que si se educaban, trabajaban y se esforzaban, con las buenas expectativas que se daban en el país, este les iba a responder en el futuro. Esa ilusión tuvo confirmación en la práctica", destaca el especialista.
En general, hoy se define la clase media en función de los ingresos. No obstante, los consultores Julio Chit y Roxana Laks, de Sociología y Mercado, sostienen que en épocas anteriores se podía no contar con ingresos suficientes, pero culturalmente existía una visión a partir de la cual el logro de un buen nivel educativo y cultural a partir del esfuerzo y la dedicación permitiría obtener el ascenso social hacia la clase media, o bien mantenerse dentro de ella. Chit y Laks evidencian que empleados y profesionales del sector público por ejemplo, que en épocas pasadas contaban con cierto prestigio social y económico, fueron perdiendo ubicación en la pirámide social. Mientras tanto, actividades y profesiones de calificación, vinculados al sector privado y a las empresas de servicios privatizadas, ascendieron económicamente, destacan. "El escenario resultante es el de una clase media dividida por ingresos diferentes pero con una similar memoria de hábitos, de consumo y de expectativas", añaden los expertos.
El Gran San Miguel de Tucumán, según los datos oficiales, tiene 95.000 familias por debajo de la línea de pobreza sobre un total de 198.000 hogares. Es decir, que casi la mitad de los habitantes del aglomerado urbano no pueden reunir los $ 890 mensuales para abandonar esa condición social. ¿Entonces, dónde está la clase media tucumana? En una aproximación al análisis, el director de Estadística, Juan Carlos Abril, afirma que pueden considerarse en esa situación a aquellos hogares que, según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), tienen ingresos totales del grupo de entre $ 1.467 y $ 1.857 mensuales. En el Gran San Miguel de Tucumán, entonces, habría unas 50.000 familias que reunirían esos ingresos, según las estimaciones oficiales.
A su vez, la clase media alta requiriría unos $ 2.526 (de piso) y la alta, en promedio, unos $ 5.416, de acuerdo con la EPH del Indec. Abril señala que a la clase media, desde el punto de vista de la estadística y de la economía, podría definírsela como aquel sector social que no resulta vulnerable a los procesos inflacionarios.
En ese aspecto, el economista tucumano Felipe Fernández, agrega que para evitar la caída de un hogar en la pobreza, lo ideal sería que los ingresos superen entre un 15% y un 20% al valor mensual de la canasta básica total (gastos en alimentos y en servicios).
La historiadora tucumana María Celia Bravo opina que, más que el consumo, el factor que tuvo una mayor incidencia en la configuración del estilo de vida de los sectores medios fue la valoración positiva de la educación, que se reflejó en la colaboración estrecha de las familias con instituciones educativas como la escuela y la universidad. Según la doctora en Historia, esta vinculación permitía incorporar a jóvenes de sectores populares encontrar colocación en el mercado laboral. "Tucumán no fue ajena a este proceso, en el que instituciones educativas nacionales de nivel secundario y universitario tuvieron una incidencia aún no ponderable en el desarrollo de la clase media", dice Bravo.
En su libro "La clase media: seducida y abandonada", publicado en 2004, el matemático Alberto Minujín y el periodista Eduardo Anguita señalan que una de las cosas que debería producir más pánico es el pensar lo que está pasando con las nuevas generaciones y proyectarlo al futuro. En un contexto de pérdida de posición económica, pero especialmente de los valores que la sustentaron a lo largo de su historia, la clase media tucumana enfrenta el desafío de intentar recobrar el esplendor perdido. La batalla enfrenta un camino de incertidumbre.
El historiador y economista Roberto Cortés Conde sitúa el nacimiento de la clase media argentina -tal como se hizo famosa luego- a partir de la llegada de la gran inmigración al país, entre 1870 y 1930, integrada por obreros que pasaron a tranformarse posteriormente en comerciantes y profesionales universitarios. "Hasta la Segunda Guerra Mundial, los integrantes de ese sector tenían la idea de que si se educaban, trabajaban y se esforzaban, con las buenas expectativas que se daban en el país, este les iba a responder en el futuro. Esa ilusión tuvo confirmación en la práctica", destaca el especialista.
En general, hoy se define la clase media en función de los ingresos. No obstante, los consultores Julio Chit y Roxana Laks, de Sociología y Mercado, sostienen que en épocas anteriores se podía no contar con ingresos suficientes, pero culturalmente existía una visión a partir de la cual el logro de un buen nivel educativo y cultural a partir del esfuerzo y la dedicación permitiría obtener el ascenso social hacia la clase media, o bien mantenerse dentro de ella. Chit y Laks evidencian que empleados y profesionales del sector público por ejemplo, que en épocas pasadas contaban con cierto prestigio social y económico, fueron perdiendo ubicación en la pirámide social. Mientras tanto, actividades y profesiones de calificación, vinculados al sector privado y a las empresas de servicios privatizadas, ascendieron económicamente, destacan. "El escenario resultante es el de una clase media dividida por ingresos diferentes pero con una similar memoria de hábitos, de consumo y de expectativas", añaden los expertos.
El Gran San Miguel de Tucumán, según los datos oficiales, tiene 95.000 familias por debajo de la línea de pobreza sobre un total de 198.000 hogares. Es decir, que casi la mitad de los habitantes del aglomerado urbano no pueden reunir los $ 890 mensuales para abandonar esa condición social. ¿Entonces, dónde está la clase media tucumana? En una aproximación al análisis, el director de Estadística, Juan Carlos Abril, afirma que pueden considerarse en esa situación a aquellos hogares que, según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), tienen ingresos totales del grupo de entre $ 1.467 y $ 1.857 mensuales. En el Gran San Miguel de Tucumán, entonces, habría unas 50.000 familias que reunirían esos ingresos, según las estimaciones oficiales.
A su vez, la clase media alta requiriría unos $ 2.526 (de piso) y la alta, en promedio, unos $ 5.416, de acuerdo con la EPH del Indec. Abril señala que a la clase media, desde el punto de vista de la estadística y de la economía, podría definírsela como aquel sector social que no resulta vulnerable a los procesos inflacionarios.
En ese aspecto, el economista tucumano Felipe Fernández, agrega que para evitar la caída de un hogar en la pobreza, lo ideal sería que los ingresos superen entre un 15% y un 20% al valor mensual de la canasta básica total (gastos en alimentos y en servicios).
La historiadora tucumana María Celia Bravo opina que, más que el consumo, el factor que tuvo una mayor incidencia en la configuración del estilo de vida de los sectores medios fue la valoración positiva de la educación, que se reflejó en la colaboración estrecha de las familias con instituciones educativas como la escuela y la universidad. Según la doctora en Historia, esta vinculación permitía incorporar a jóvenes de sectores populares encontrar colocación en el mercado laboral. "Tucumán no fue ajena a este proceso, en el que instituciones educativas nacionales de nivel secundario y universitario tuvieron una incidencia aún no ponderable en el desarrollo de la clase media", dice Bravo.
En su libro "La clase media: seducida y abandonada", publicado en 2004, el matemático Alberto Minujín y el periodista Eduardo Anguita señalan que una de las cosas que debería producir más pánico es el pensar lo que está pasando con las nuevas generaciones y proyectarlo al futuro. En un contexto de pérdida de posición económica, pero especialmente de los valores que la sustentaron a lo largo de su historia, la clase media tucumana enfrenta el desafío de intentar recobrar el esplendor perdido. La batalla enfrenta un camino de incertidumbre.
La crisis de 2001 generó un empeoramiento en todos los indicadores socioeconómicos.









