Éramos felices y no lo sabíamos

En un mundo hecho en base a un valor irrenunciable como la libertad, todos vivenciamos la mayor de las restricciones para no morir. El diálogo silencioso de cada uno. Las presiones del trabajo y del hogar. Se viene lo peor.

22 Mar 2020 Por Federico Diego van Mameren

Ayer cuando leía el “Fuera de contexto” de Federico Türpe miraba para atrás. Estaba el 24 de marzo de 1976. Llovía. Salimos con mi madre al volante de un Ami 8 y en la esquina de mi casa uniformes verdes pedían documentos y decidían si podíamos seguir hacia adelante o volver sobre nuestros pasos. Ideas, ideologías, políticas, violencia y otras yerbas se habían cruzado en nuestra libertad.

En estos días hay sol. Han pasado más de 40 años de aquella mañana. Un virus ha puesto llaves en nuestras casas y las calles están cerradas. Prohibido pasar. Hemos construido un mundo para ser libres, para volar como los pájaros, para gritar nuestras verdades y para recitar nuestras locuras. Curiosamente, o mejor dicho, contrariamente, estamos encerrados en este mundo que supimos concebir. Tenemos miedo de respirar. Ni hablar de tocarnos. De besarnos o de saludarnos.

Ese enemigo desconocido e invisible ha puesto en jaque nada menos que a nuestro ego. La humanidad, lo más egoísta del planeta hoy necesita del otro, de su solidaridad y de su comprensión.

Y la gran mayoría se fue a su casa. A descansar tranquilo hasta que todo pase. Mentira. Nadie puede descansar. Nadie descansa. La presión es brutal. Peor que nunca. Cada individuo, esté en su casa, en el trabajo o donde lo agarró la encerrona ha puesto en jaque su vida. Cada ser humano se levanta pensando qué va a ser de su trabajo, cómo vivirá en el futuro (no tan lejano). Cada uno en su profesión u oficio es requerido con la mayor exigencia o dejado lado con la mayor indiferencia. Pero además como seres gregarios tiene la presión familiar: ¿cómo sigue? ¿dónde está el virus? ¿cuándo contagia? ¿por qué no podemos salir? ¿Puedo ir a jugar? ¿No entiendo por qué nos pasa esto? ¿Tengo fiebre? ¿Antes debía estudiar y ahora qué o para qué? Podríamos llenar el diario con preguntas y pero nos bastaría un papelito para responder “no sé”.

Y a la tensión laboral y a la de los seres que nos rodean a pocos metros –mejor si están a más un metro y medio- se le suma una silenciosa conversación con la muerte. Más que nunca debemos reconocernos falibles. “Hoy te convertís en héroe”… o no. Cada acto por simple que sea toma gran trascendencia porque puede anotarse entre los últimos.

Así estamos viviendo. ¿Viviendo?

Es emocionante la reacción de la sociedad. Un alto porcentaje ha tomado conciencia y se ha solidarizado con el otro. Están los díscolos de siempre. Están los desafiantes de toda la vida. Están los mal educados y los ignorantes. Sin embargo, aunque tarde, se está acatando la medida. Hemos mostrado más cuidado que los señoreales europeos y debemos estar orgullosos de esta reacción.

Dicen que las situaciones límites ponen a prueba la naturaleza humana, y que, en consecuencia pueden sacar a luz lo mejor y lo peor. La solidaridad, el altruismo, la sensibilidad por el sufrimiento del otro y también la indiferencia, el egoísmo extremo, el “sálvese quien pueda”. Pero como también sabemos que somos seres humanos llenos de contradicciones pueden llegar a existir casos donde virtudes y miserias anden chocándose dentro nuestro y, seguramente, alguien pueda llegar a realizar buenos actos seguidos de malos, o al revés.

El estallido repentino y brutal de la pandemia muestra cómo se suceden acciones de uno y otro signo. Cerquita nuestro un ejemplo pegó fuerte: la Municipalidad de Iruya, en Salta, metió en un ómnibus a todos los turistas que había en el pueblo y los depositó en Humahuaca para que se las arreglaran como pudieran. Cualquier parecido a anécdotas de la dictadura, es pura casualidad. Es un ejemplo de cómo salió todo lo peor: la versión más extrema del chauvinismo y el rechazo a lo diferente, la falta de solidaridad y un Estado irresponsable y ausente.

También en nuestra provincia tuvimos situaciones parecidas: en los valles y en San Pedro de Colalao, piquetes de lugareños armados impidieron el acceso a aquellos que no fuesen residentes habituales del lugar. La creación de un estado de psicosis puede llegar a ser uno de los peores enemigos en esta batalla donde nadie ha sido entrenado para la guerra.

Mal preparados

Pero si ninguno de nosotros estábamos preparados, menos puede estar en condiciones de afrontar la pandemia el Estado. Esa es la preocupación del gobernador Juan Manzur. En el ámbito público no hay grietas. Todos los sectores políticos están alineados para afrontar esta encrucijada. Hasta Manzur y Osvaldo Jaldo están juntos. Incluso cuando uno habla el otro asiente con su cabeza y viceversa. El gobernador, con conocimiento en estas cuestiones, se siente con las manos atadas. No es para menos, Tucumán necesita de la Nación y no es momento para irritar a nadie aún cuando no se esté de acuerdo con algunas medidas.

Unidos por el pánico

El jueves cuando se vieron a la cara los gobernadores de todo el país, parecía que había un solo rostro y no 24. Era la cara del pánico. Pero no era el pánico por el coronavirus que indefectiblemente demostrará que ninguna administración de salud estaba preparada. Tampoco el pánico por las muertes que vendrán. Pánico porque no hay plata, porque se acerca fin de mes y está todo cerrado. Y mientras todo esté cerrado las provincias recibirán cada minuto menos dinero. Manzur mira más el goteo de la coparticipación que su propio celular.

Cuando pase el tsunami pandémico y se haga el inventario de daños, no solamente se registrará la pérdida de vidas sino la desestructuración del sistema económico mundial y su consiguiente impacto en Argentina. China representa más del 30% de la economía del mundo. La dureza extrema de sus medidas de contención de la peste provocó una fuerte caída de su actividad en el primer trimestre de la que comienza a recuperarse. Y la propagación de la enfermedad obligó a la adopción progresiva de medidas restrictivas al resto de las economías fuertes. El impacto fue inmediato en el precio de nuestros comodities y en la pérdida de valor de las acciones de las empresas principales, así como un encarecimiento importante del costo del dinero para el país. Además el estado de cuasi default acecha. Las extremas medidas de cuarentena y aislamiento fueron la consecuencia de una decisión larga y profundamente meditada y consultada, tanto política como científicamente, que fue la opinión que primó.

Si el país logra zafar de esta fase (la más peligrosa) de expansión del virus, y la salud pública consigue un histórico triunfo, el saldo en pérdidas económicas y sociales será demoledor. Si antes de la aparición del patógeno, Alberto Fernández no dormía buscando la ecuación que resolviera como conciliar el pago de la deuda, el crecimiento económico, la reducción de la pobreza y el desempleo y la recuperación de la pequeña y mediana empresa, el estrago económico de la pandemia habrá de multiplicar su insomnio.

El gobierno toma decisiones rápidas y sin dudar. Algunas son de inevitable efecto antipopular y todas tienen una víctima social principal: la población cuentapropista que no funciona de la mano de la asistencia estatal ni tiene relación de dependencia con el Estado. Son muchos millones de argentinos que ya están sufriendo un brusco freno en sus ingresos y si no reciben una asistencia estatal en una semana más estarán ya en situación terminal. Fernández ha actuado con decisión y energía. Ha adoptado medidas extremas, similares a las de los chinos que obtuvieron excelentes resultados. No lo ayuda el contexto regional. Nuestros vecinos de la región no han tenido igual reacción y en general sus sistemas sanitarios son más vulnerables. El gigante Brasil es el que más preocupa, en manos de un presidente que no ha dejado error sin cometer, desde subestimar y burlarse de la pandemia a adoptar decisiones insuficientes y tardías. Ha resultado patética su confesión de que “quizás” tenga el virus.

Fernández se juega todo en esta patriada. Sabe que por el lado de la economía no vendrá ninguna satisfacción para los argentinos. Solo le queda mostrar que ganó la guerra sanitaria.

El 2020 será por muchas razones un año difícil de olvidar para los argentinos, que lo iniciaron con expectativas de que el cambio de gobierno rediccionaría el país en un sentido positivo.

Una grieta celular

Ninguno de nosotros estaba preparado para afrontar una pandemia. Tampoco nos enseñaron a estar tan cerca de la muerte. Pero mucho menos sabíamos que a todo esto se iba a sumar el celular. Por ahí se coló la grieta. Allí cayeron la impaciencia, la intolerancia, la incomprensión y la maldad. Las mentiras se ocuparon de matar a quien pelea por su vida, se dedicaron a despotricar contra quien en silencio trabaja y no tuvieron problemas en mostrar hechos de otros lados o de otros tiempos para hacerlos jugar como presentes. Son bumeranes que después vuelven a sus celulares y les pegan en la nuca. Como aquellos que agredieron por doquier porque LA GACETA no publicaba el nombre de la persona que había sido identificada como la primera infectada. Nuestro diario se ajustó a lo que indican los protocolos. Sin embargo, en medio del vértigo y de nuestras obligaciones pudimos avanzar y hoy los lectores (los que comprenden y los desalmados que dijeron de todo) no sólo tienen el nombre sino también una entrevista con ella. Responsabilidad, ética y trabajo. Nada más.

Esta semana viene lo peor. Se conocerán más contagios. Habrá apuro por conseguir los reactivos para que los tests dejen de hacer cola en el Instituto Malbrán. Las tensiones serán mayores y las preocupaciones no se irán.

Anoche cuando buscaba un final para estas líneas me llegó un mensaje por Whatsapp de un amigo que estaba encantado por una frase que había leído en Twitter: “éramos felices y no lo sabíamos”.

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