Los Hermanos Ábalos: cinco dedos de una mano, diferentes pero necesarios

El conjunto santiagueño, alma mater de nuestra música nativa, debutó profesionalmente hace 80 años en Buenos Aires.

03 Dic 2019 Por Roberto Espinosa
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Y qué querés que te diga. Solo siento una lindura de sentimientos por ellos. Me han honrado como pocos. ¿Simpatía? ¿Metejón? ¿Capricho? Elijo al azar con quién me voy a ir del brazo por la vida, sean personas, pueblos o pájaros. Lo cierto es que en 1912, me acordé de ese chango que andaba estudiando odontología en La Plata. Le hice una travesura y el encanto de María Helvecia Balzaretti lo llevó al altar a Napoleón. El piano de ella se alborotó al año siguiente con el arribo del Napoleoncito primogénito. Ya en Buenos Aires, el 14 de agosto de 1914, vio la luz el Adolfo, en la misma manzana donde nacieron el Mono Villegas (1913) y Pichuco Troilo (1914). ¿Casualidad? Y cuando la pequeña familia se instaló un año después en la Avellaneda 313, de Santiago del Estero, llegaron los otros muchachos: Roberto Wilson (1919), Víctor Manuel (1922) y Marcelo Raúl (1923). En la saga hubo una niña que murió pequeñita. Ahí creo que nos conocimos y armamos una buena yunta con nuestra hermana querida, la música. 

Dentro del pecho tengo un bombito muy repiqueteador, es por demás travieso, más bien es un potro redomón…

- Sí, yo me abracé con vos, con el piano, la guitarra, la quena, al charango pero también con Machingo, el Pulga, Roberto, Vitillo y Machaco. Con ellos, me hice legüero pa’ llevar lejos el sentimiento del pago. Don Andrés Chazarreta les mostró una senda. Las vidalas, zambas y chacareras te vestían de fiesta en esa casa, ¿te acordás? Tanto los entusiasmaste que los changos comenzaron a soñar con un conjunto que sembrara en el viento la música criolla. El piano desparramó sus dones en la imaginación de Adolfo, alunado entonces por los negros de Harlem. Y como en Santiago no había universidad, se fue a estudiar a Tucumán. “Otro de los que me influyó fue el ‘Pulga’, muy amigo de mi hermana Leda, que a fines del 30 estudiaba aquí Farmacia. Tocaba muy bien el jazz. Cuando iba a rendir la última materia para recibirse, los amigos lo hicieron machar para que dejara todo y se fuera a Buenos Aires; así que no se recibió. Luego armó el conjunto con sus otros hermanos”, me contaba Rolando “El Chivo” Valladares.

Forastero que va, siempre quiere quedarse, y del suelo querido suele prendarse... Si la muerte ha’i llegar, no he de morir contento mientras no pite un chala de mi Loreto, ay, ay, ay, sí, sí.

- Acordate que en 1938, sus Nostalgias santiagueñas les abren una ventana del futuro. Se juntan en Buenos Aires. El nacimiento oficial del conjunto ocurre cuando firman con Radio El Mundo el primer contrato profesional en 1939. “Las primeras veces que tocamos en Buenos Aires la gente se preguntaba de qué norte veníamos. Si de Salta, Bolivia o Estados Unidos… todo empezó por Gardel. No nos gustó cómo cantaba un gato. Nos pareció que no llevaba el ritmo ni la melodía del verdadero gato, y pensamos que sería bueno hacerlo conocer a los porteños”, decían. Nos instalamos en Achalay Huasi, el nuevo hogar. En la peña del subsuelo de la confitería Versailles, en Santa Fe y Paraná, los hermanos desentrañan en la nocturnidad porteña los misterios del arte nativo. Enrique Muiño, Ángel Magaña, Lucas Demare, Homero Manzi y Francisco Petrone, mentores de La Guerra Gaucha, película que estaba por hacerse, les pidieron que hicieran la música. “En un momento de la filmación, paramos para almorzar. Como se sabe, para poder seguir, no se debe tocar nada de los decorados. En la escenografía había una sandía y para un santiagueño, una sandía viene a ser como una manzana para Adán. Así que cuando Vitillo la vio, inocentemente se la comió. Pasaba el tiempo y la filmación no se reanudaba; estaban buscando la sandía. Tuvieron que dibujar una de utilería. A Vitillo le pesa hasta el día de hoy que, por su culpa, casi no se termina La Guerra Gaucha”, contaba El Pulga.

Hay que ver la ciudad, la mujer, tan hermosa allí, alhajita y donosa al bailar pero más me gusta cuando es de aquí.

- Y en el 45 crean un instituto de arte nativo. Es el primer conjunto folclórico argentino en desplegar la bandera santiagueña en escenarios y la televisión de los Estados Unidos en 1951. A Vitillo le gustaba contar algunos episodios: “Marian Anderson, pobrecita, lloró al escuchar nuestras vidalas, y claro, en el fondo se parecen a los spirituals, tienen la misma espiritualidad, las bagualas expresan la misma tristeza del blue… En ese viaje, sabíamos ir a un bar que tenía un pianito vertical y tocábamos para nosotros. En una mesa siempre había tres o cuatro negritos. Una noche, uno se para y se pone a tocar en la trompeta uno de los escondidos que hacíamos en estilo de jazz. Era Louis Armstrong”.

¿Y qué tal esas Europas? ¿Y esos Nueva Yores? Y mirá, casas más, casas menos, igualito a mi Santiago... Buenos Aires, tierra hermosa, Nueva York, grandioso pago. Casas más, casas menos, igualito a mi Santiago.

- Siempre que he podido los he acompañado, amigo legüero. La verdad es que me tenían en el corazón. En 1966 di con ellos la famosa “pata i’ perro” por el mundo; en Japón nos quedamos unos tres meses, los vieron unos 62 millones de televidentes. El papa Juan Pablo II hizo palmas de chacarera en el Vaticano en 1984. El Colón se alborotó con ellos en diciembre de 1988. Chacarera del rancho, Chakay manta, Agitando pañuelos, Nostalgias santiagueñas, Carnavalito quebradeño, Zamba de los yuyos, El gatito de Chaikovsky, Zamba Alegre, Casas más casas menos, La Arunguita… son una suerte de piezas basales del folclore, ¿que no, don legüero? Doña Helvecia fue la prenda de unión de ese “uno para todos, todos para uno” que los pintaba de alma entera. “Los cinco hermanos Ábalos somos una mano, el resultado de los cinco dedos, todos diferentes, todos necesarios”, decían.

Esta es la zamba alegre con bombos legüeros se acunó, zamba con chacarera nacida en la tierra del mistol, esta es la zamba alegre mesmita que el mismo corazón…

Por suerte, antes de que el 19 de octubre pasado, la modorra de la eternidad santiagueña le trampeara sus 97 años, Vitillo, el último sobreviviente, pudo descabezar un bienbec para celebrar las ocho décadas de esa parición que regó el corazón del folclore. “¡Cómo será que nos quisimos, que nos regalaron una zambita a los dos!”, le dijo la alegría al bombo.

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