Los abusadores siempre flotan

30 Nov 2019 Por Federico Türpe
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Una foto satelital muestra a la institucionalidad tucumana sobre un tronco moribundo flotando en un mar de estiércol.

En ese madero seco viajan sentados su excelencia, la honorable, y su excelentísimo.

Son tres poderes que en los hechos, desde la vista satelital irrefutable, se desplazan juntos, desde hace al menos dos décadas, sobre un río purulento donde afloran todo tipo de gérmenes: tope histórico de homicidios en ocasión de robo; comisarías atestadas que violan cada uno de los derechos humanos; la mitad de la población en situación de pobreza e indigencia; más del 50% de los asalariados en negro, incluidos los estatales; media provincia bajo el agua cuando llueve, y media provincia sin agua cuando no llueve; un área metropolitana -la quinta más populosa del país-, colapsada en todos sus servicios básicos, híper contaminada, con una desigualdad social espeluznante y un transporte público estallado, ineficiente y costoso.

Las instituciones de la República salvándose a sí mismas detrás de un vidrio polarizado, flotando en un tronco seco sobre una mar de estiércol, bien podría parecer una metáfora bukowskiana, aunque en Tucumán la realidad supera ampliamente a la ficción más escatológica.

Envase retornable

El oscurantismo de la honorable, cuyos fondos exhorbitantes y nombramientos masivos se mantienen en estricto secreto, convalida los sueldos de seis cifras de su excelencia vitalicia, libre de impuestos y con jubilaciones de privilegio, lujos inaccesibles para el resto de los mortales.

Honores que su excelencia reintegra, tanto a la honorable como a su excelentísimo, archivando durante años causas truculentas y sensibles, como un escándalo nacional como fue el asesinato de Paulina Lebbos, siete años dormida bajo el arrorró de los tres poderes; o tapándose los oídos cuando suenan audios inmorales como el del intendente Francisco Caliva. O también, otro ejemplo de los tantos reintegros de favores, avalando un sistema electoral de acoples carísimo, clientelar y fraudulento.

Cuando este excelentísimo complete su segundo mandato se habrá cumplido un cuarto de siglo de absolutismo entre Juan y José, sumando los cuatro años de mirandismo, una asociación empresaria basada principalmente en el abuso de poder, en el avasallamiento a las instituciones, empezando por la manoseada Constitución provincial, y en la apropiación de la cosa pública como si fueran bienes personales. Aviones, vehículos, fondos oficiales, o el uso del Estado como si fuera una bolsa de trabajo familiar.

Abuso de poder que con los años se va naturalizando de tal forma que se hace extensivo a otro tipo de abusos: abuso de autoridad, abuso verbal y maltrato, abuso de los bienes públicos, abuso psicológico y humillación, abuso laboral, abuso sexual...

Mar de desechos donde flota como puede la sociedad civil y empresaria, sectores que no son ajenos al despilfarro y a la elocuente ausencia del Estado en tantos frentes.

Así lo describió el arquitecto Daniel Lucci durante una entrevista publicada ayer en LA GACETA: “En el Gran Tucumán, el crecimiento urbano es caótico. Y en ese ámbito desordenado, mientras algunos inversores crean oportunidades para un desarrollo sostenible, otros se aprovechan”.

Y en un contexto de caos, desorden y abusos constantes, cada vez somos más los que nos aprovechamos de todo aquello en donde no encontramos un sentido de pertenencia. Es decir, lo que no es de nadie. IPV, DAU o la plaza del barrio...

Lo vemos de forma palmaria en el tránsito, donde cada quien hace lo que se le da la gana y sólo piensa en sí mismo. Y así estamos, circulando a diario en un pandemónium donde la única ley que se respeta es la del más fuerte. Y la de la coima.

Lo vemos con la basura que arrojamos en cualquier parte y termina flotando como lava candente en los canales que desbordan con la primera llovizna.

El vicegobernador Osvaldo Jaldo se entusiasma con la limpieza del arroyo-canal El Tejar, que cruza la ciudad de Monteros, como si el mantenimiento de un canal no debiera ser rutina obligatoria del gobierno.

No debería estar Jaldo, además, ocupándose de la limpieza de un canal, sino de estar aprobando -y controlando- presupuestos para que se construyan decenas de canales que hacen falta para evitar inundaciones en ciudades, pueblos y campos productivos, como también reparando numerosos acueductos destruidos, puentes caídos, o rutas arrasadas por el agua.

Agua que por otra parte derrochamos de forma criminal. A algunos les falta para beber, para higienizarse, para cocinar, y no son pocos, son decenas de miles de tucumanos que sobreviven en esta verdadera tragedia sanitaria, mientras se multiplican los lavaderos clandestinos sin medidores que desperdician diques de agua potabilizada.

Lo mismo que las piscinas o el uso de agua potable para riego o las bombas domiciliares ilegales, conectadas directamente a la red, que agravan la escasez. ¡Sálvese quien pueda!

Cuando se imponen el abuso y la impunidad, hasta el conejo más bonito se vuelve una rata. Todos queremos subirnos al tronco con vidrios polarizados para dejar de nadar en líquidos cloacales.

Besos silenciosos

En esta espantosa decadencia tucumana, que ubica a la provincia entre los peores promedios nacionales en calidad de vida, también hay gente buena que hace cosas, que proyecta, que propone, que no cruza en rojo, que no roba ni derrocha agua, que no arroja basura en cualquier parte o que no cobra un sueldo por hacer nada o casi nada. Lo que ocurre es que pasan desapercibidos entre tanta violencia, tanta desvergüenza, tanto escándalo permanente que genera esta provincia. Cada quince días somos noticia nacional por algún nuevo bochorno. Transitamos uno de los momentos más oscuros y de mayor deterioro institucional en la historia de Tucumán. Y no será un gobierno, ni un Poder Judicial ni una Legislatura, los mismos poderes que nos ayudaron -y mucho- a estar lo mal que estamos, sino que será el trabajo silencioso de cada uno de nosotros la única opción para salir del fondo. Hacer lo que hay que hacer y dejar de hacer lo mismo que criticamos y denunciamos, porque también la hipocresía y la doble moral nos está llegando al cuello. Pensemos con optimismo que siempre un disparo hace más ruido que un beso. Eso no significa que no haya mucha más gente que se esté besando.

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