A 30 años de la caída del muro de Berlín

09 Nov 2019
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La ilusión y la realidad

Por Víctor Dante Aloé

Doctor en Estudios Europeos - USAL

Los hechos internacionales admiten diferentes interpretaciones. Las lecturas lineales, en muchas ocasiones, dejan de lado las dimensiones simbólicas y el impacto que esos hechos proyectan sobre el imaginario colectivo y los sistemas de convivencia. La principal obsesión de la realidad es derogar la fantasía.

La “caída del muro de Berlín” fue más un derrumbe que un derribo en términos políticos. Esa metáfora conviene aplicar según los deseos y las aspiraciones no sólo de los alemanes, que esa muralla distribuía a uno y otro lado de la geografía germana, sino de los europeos que se encontraban divididos entre los dos bloques organizados por las superpotencias de la época.

La reunificación alemana fue el síntoma temprano de la implosión de la Unión Soviética. Y la señal para una nueva era en la existencia de Europa y de Occidente.

La “caída del muro” fue la síntesis del agotamiento de una forma de producción de poder y de existencia política, que comenzó a autodestruirse durante el stalinismo, cuando la utopía debía aplicarse con la violencia de una parición nunca concluida virtuosamente.

El georgiano fue el mandante del bloqueo de Berlín en 1948, adelanto de lo que sería el drástico cierre de la frontera organizado 13 años más tarde. Con el muro, el régimen soviético había demostrado una incapacidad trágica por contener a las poblaciones del sistema sin apelar a la violencia y el control estricto. Con ello confesaba la esterilidad de las premisas “revolucionarias” para asegurar la representación del pueblo y una convivencia fundada en la convicción y el consenso colectivos.

Esa percepción del agotamiento de una forma cerrada y totalitaria de producir poder político, generó el deseo de imaginar un proceso de globalización civilizadora anunciado en términos de democracia liberal, tecnologías intensivas y mercado mundial integrado. Un sistema más horizontal de participación ciudadana, donde el “fin de la historia” sugería la derogación de los conflictos irreductibles. Pero a pesar de tamaña ilusión, el siglo XXI sorprendería con la emergencia de nuevos conflictos, encarnados tanto en la alteridad islámica fundamentalista, como en las subjetividades corporativas transnacionales y los agentes particulares prefigurados por redes sociales virtuales, que expresaban su vigencia “por fuera” de los Estados nacionales.

Tales realidades adelantaban un cambio sustantivo en la forma de producir poder, cuya lógica se definía más en términos privados de interés y voluntad, que en términos de racionalidad y de consenso público.

Hoy, 30 años más tarde, otra vez la ilusión de la convivencia no traumática sólo parece habitar el futuro, como lo hizo aquel 9 de noviembre de 1989. (Télam)

La noche histórica

El 9 de noviembre de 1989, Gunter Schabowski, vocero del gobierno de la República Democrática Alemana (RDA), dijo a la prensa que una nueva norma para que los alemanes del Este pudieran viajar a Occidente se aplicaría “de inmediato”. Esa noche, miles de berlineses del Este se presentaron en los puestos de control. Aún sin una orden concreta, se abrieron los pasos. Y muchos, con picos y martillos, emprendieron la destrucción del Muro. (Télam)

Cuando los íconos ocultan la luz

Carlos Duguech

Analista internacional

De la Guerra Fría, el muro de la vergüenza fue el signo visible más cercano para el conocimiento de una realidad que sucedió en los seis años (1939-1945) de la contienda más oprobiosa que registra la Humanidad: la Segunda Guerra Mundial. Un tiempo de horror (entre otros, el holocausto de los judíos, por el nazismo) y destrucción por doquier. Por todas las partes involucradas. De ahí que las víctimas fatales sumen ¡entre 50 y 60 millones!

Luego, en el frío enfrentamiento que se dio entre el este y el oeste, como si no se hubiese aprendido de la contienda del fuego infernal, los ex aliados se las ingeniaron para mostrar sus dientes. El muro, justamente, era la dentadura afilada del comunismo en la Europa reconstruida entre escombros.

Willy Brand, el alcalde de Berlín desde 1957, advertía la inminencia de un avance sobre su ciudad de la República Federal Alemana (RFA) y se quejaba ante sus aliados de EEUU: “Occidente no hace nada”. Tanto insistió que finalmente John Kennedy viajó allí. Para congraciarse con quienes desconfiaban de su preocupación, se autodefinió: “Yo soy un berlinés”. Un auspicioso punto de partida.

Más adelante, un actor de Hollywood devenido presidente de EEUU dio un discurso en la Puerta de Brandenburgo, en Berlín, en junio de 1987. Ronald Reagan desafió al premier de la URSS, Mijail Gorbachov. “Si usted busca la paz y la prospoeridad para la URSS y la Europa del Este, venga a esta puerta”, reclamó Reagan, en referencia a Puerta de Brandenburgo. Luego completó la convocatoria: “Señor Gorbachov, ¡derribe este muro!”.

Finalmente, Erich Honecker, el presidente la República Democrática Alemana (RDA), la comunista, se inquieta por lo que estaba sucediendo en Moscú con el liderazgo de Gorvachov. También con la situación de la frontera sin trabas entre Hungría y Polonia, a donde se movían miles de ciudadanos alemanes del Este. Honecker no tiene más remedio que dejarse llevar por los acontecimientos. Gorbachov, consultado por líderes de los países del este, les dio, inesperadamente, libertad de gestión. Finalmente en la noche que va de 9 al 10 de noviembre de 1989, una muchedumbre de alemanes de ambos lados presionaron ante la mirada impávida de los guardias, con sus armas bajas, sin órdenes que cumplir y sin iniciativas personales.

Hay que señalar, para entender la relación Reagan-Gorbachov, que varias cumbres (Ginebra, Rejkiavik y Washington) dieron por resultado el histórico acuerdo de diciembre de 1987 de desarme de los misiles nucleares de alcance medio emplazados en Europa. Acuerdo que acaba de echar por la borda desde su canoa presidencial Donald Trump...

Si bien Juan Pablo II (nada menos que el polaco elegido Papa que fue una noticia dura para los ortodoxos del comunismo soviético) bregó para que desapareciera el muro, la gestión política conducente a ese hecho histórico provino de Gorbachov; y en parte, hay que decirlo, fue acicateado por Reagan.

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