Final para un déficit de
la conciencia histórica

10 Oct 2019 Por LA GACETA

La decisión del Gobierno de la Provincia de incluir contenidos de historia y de cultura de Tucumán en los contenidos curriculares de las escuelas, en todos sus niveles, a partir del año que viene, es una decisión de política educativa acertada. Viene a cubrir un déficit crónico, pero no sólo con las planificaciones escolares sino con la propia conciencia de los ciudadanos. Que de la residencia de Francisca Bazán de Laguna (hoy, Casa Histórica de la Independencia) sólo haya quedado en pie el salón de la jura es toda una economía de ejemplos respecto de las consecuencias de la falta de una enseñanza sistemática de nuestro pasado.

Por supuesto, Tucumán no se agota en el 9 de Julio de 1816. Es mucho más que eso antes. La Batalla de Tucumán, el 24 de Septiembre de 1812, le tuerce el brazo al destino, que hasta entonces sólo registraba triunfos de los ejércitos realistas. La provincia será entonces la cabecera del Ejército del Norte, lo que representará un desarrollo en infraestructura (pasará a tener hospital militar permanente), además de económico y comercial, que la hará no sólo merecedora sino que también la convertirá una sede idónea, cuatro años después, para el Congreso de Tucumán. Y antes de todo ello, inclusive, es la cuna de Juan Bautista Alberdi. Hay “ADN” de esta tierra en el nacimiento de la Nación y, también, en la organización del Estado argentino y en el espíritu de sus leyes.

Por lo mismo, la historia tucumana trasciende la gloria emancipatoria. Tucumán también está hecha de la transición de una población de cabecera del interior a una ciudad metropolitana. Capital de una provincia que abrazó grandes colectividades (españoles, sirios, italianos, libaneses, judíos…) durante las grandes olas inmigratorias.

Tucumán es también la centenaria Universidad Nacional de Tucumán, y su influencia en toda la región. Al punto de que hoy la provincia alberga cuatro casas de altos estudios. La industria azucarera, con sus esplendores y sus colapsos; y la industria citrícola, y su progresivo crecimiento hasta convertir a la provincia más chica en el mayor productor del planeta; y la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres y su aporte científico a estas y muchísimas otras actividades.

Nuestra historia, en simultáneo, también está hecha de los movimientos y los levantamientos sociales, como los “tucumanazos”. Y de las guerrillas subversivas que operaron en el territorio. Y de los golpes de Estado, que cerraron la mitad de los ingenios durante los 60 y que instauraron centros clandestinos de detención y terrorismo de Estado durante los 70. Y es también el Operativo Independencia, dispuesto por un gobierno de la democracia.

Son apenas algunos trazos, con enormes saltos y muchas omisiones, acerca de los jalones que fueron gestando los apogeos y las crisis de esta provincia.

En este camino, sería bueno que la provincia, cuanto antes, comenzara a capacitar a los docentes, precisamente, en estos nuevos contenidos. La carrera de grado en Historia de la UNT no tiene una asignatura de historia de Tucumán (el plan nuevo aún no tiene egresados), y salvo escasas excepciones, tampoco la tienen los terciarios formadores de docentes. En cambio, sí hay mucho material académico y de investigación al respecto. Otra buena noticia.

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