33 de mano

09 Oct 2019 Por Indalecio Francisco Sanchez

“¿No la da vuelta, verdad?" La pregunta, a veces trocada en tímida afirmación, revolotea entre dirigentes peronistas obnubilados por el fenómeno Alberto Fernández, pero temerosos aún de que todo sea una especie de sueño que culmine el 27 de octubre. Pocos se atreven a romper con la cábala y gritan que el Frente de Todos ya ganó. Por ello continúan trabajando para que el hombre que ungió Cristina Fernández no tan sólo mantenga, sino incremente hasta al menos 20% la diferencia de votos a su favor en los comicios generales respecto de las PASO. En eso andan los seguidores de Juan Manzur y de Osvaldo Jaldo. Los de uno y los del otro, juntos pero separados, porque aunque en la cabeza tienen el objetivo nacional tampoco descuidan lo que sus catalejos de la política les hacen ver a la vuelta de la esquina: la disputa por el poder en Tucumán.

Sí, pasaron los comicios provinciales y la dupla gobernante fue reelecta por amplio margen. Sí, el peronismo le pisó la cabeza a la oposición y la convirtió -al menos por ahora- en una tímida banda de “denunciadores seriales”. Sí, el justicialismo se unió y mostró que cuando se junta es invencible. Pero no, nunca todos están tan juntos como parecen y menos aún cuando el líder es joven, ambicioso y sin posibilidad de continuidad en el máximo cargo provincial.

El gobernador y el vice hoy se muestran inseparables en las decisiones, en los discursos, en las tareas y en la fajina electoral. Lograron una sintonía extraña, que sus cercanos no definen como amistad ni como sociedad, sino más bien como una unión de respeto y de objetivos mutuos. El enemigo en común fue lo que más los acercó: José Alperovich. Desaparecido “el problema”, los inconvenientes y los desafíos son otros.

Mientras los dirigentes de Juntos por el Cambio se mezquinaban la foto con Mauricio Macri, entre ilusiones y llantos según el grado de fe que unos y otros le tienen al “sí, se puede”, los líderes del peronismo piensan en grande.

Manzur y Jaldo comenzaron a medir fuerzas sin prisas, pero sin pausas, ni bien festejaron la reelección. Con sutilezas. ¿Por qué se eligió Monteros y no algún municipio “mimado” de Jaldo para que sea capital del país en el plan de Fernández? Los más avezados observadores del PJ hablaban de intencionalidad de favorecer a algún peso pesado de ese municipio y dividir el poderío del vicegobernador en el interior. En el jaldismo afirman que fue una decisión consensuada y que tal especulación es malintencionada.

¿Y la reforma de la Constitución? Muchos “compañeros” dicen que ahí reside la madre del borrego. Jaldo repite hasta el hartazgo que no apoya una enmienda, menos aún para cuestiones que tengan que ver con “intereses electorales”. Es decir, no quiere más reelecciones. Los manzuristas quieren reelección para su líder gobernador en caso que no pegue un cargo más atractivo -cosa poco probable con la convulsionada Argentina actual- a nivel nacional.

Por ello, como dice Fonsi, despacito empiezan a hablar sobre la reforma quienes se sentarán en la próxima Legislatura. La prueba de amor es para opositores y oficialistas, y la respuesta sirve de guiño para fisgonear desde ya dónde está cada uno. Por lo pronto, el alfarismo dijo que no y el bussismo, que sí. Son ocho votos, se sorprenden algunos. ¿Cuántos de los legisladores peronistas son de “Manzur”?, se preguntan otros, que creen que la mayoría responde al vice. Por lo pronto, el gobernador sienta a su diestra al electo Gerónimo Vargas Aignasse, un soldado con varias batallas legislativas que podría llevar su bandera en la Cámara. También arrimó a su mesa -y a su viaje a EEUU- a Zacarías Khoder, enemigo acérrimo de un amigo íntimo de Jaldo, Darío Monteros. Son apenas casualidades. Llamativas casualidades de los hombres que voltearon al dirigente que parecía invencible en las urnas. La voracidad de ambos podría colocarlos en lados opuestos en alguna otra batalla. Habrá que ver si la voz de aura es la de la reforma y quién logra el 33 de mano que dé un falta envido imbatible. Sería una partida que podría desatar precipitadamente una lucha por la sucesión oficialista.

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