Si ganar es lo único que sirve, el del básquet es un fracaso

20 Sep 2019 Por Guillermo Monti
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Si del segundo nadie se acuerda, la selección de básquet fracasó en el Mundial de China. No importan el invicto en la fase de grupos, ni las extraordinarias victorias contra serbios y franceses. No sirven Luis Scola, ni Facundo Campazzo, ni el resto del plantel. Patinaron en la final contra España y a otra cosa. Al partido más importante, al decisivo, al que entregaba la medalla de oro, lo perdieron. Al primer escalón del podio subió otro equipo. Porque a fin de cuentas, ¿no es que sólo sirve ganar?

“Ganar es todo”, sintetizó Carlos Bilardo, entrevistado en el documental “1986. La historia detrás de la Copa”. Una proclama con la que Bilardo no hace memoria y -¿sin darse cuenta?- termina reconociéndose como uno de los entrenadores más fracasados de la historia, porque ganó sólo dos títulos en más de 30 años de carrera. “Sí, pero uno fue el Mundial de fútbol, el más importante”, podrá argumentarse. Entonces, ¿ese mes maradoniano de México 86 justifica tantas décadas signadas por la derrota? ¿O no será que en pos de sostener un discurso se justifica cualquier nivel de contradicción?

“Ganar es todo”, vale recordarlo, es un concepto que trasciende el deporte porque se derrama sobre la sociedad generando modelos inapelables, absolutos, determinantes. Pero esto de medir la vida desde el prisma de éxito/fracaso, tan ochentista en el mundo y noventista en la Argentina, viene de mucho antes. En ese modelo que sólo acepta la victoria, símbolo de la supervivencia del más apto, todo lo hecho por el seleccionado de básquet en China es inútil. Recordemos: el segundo es, y aquí va la palabra prohibida, un perdedor. Está marcado para siempre.

¿Y entonces?

A Christopher Langan le midieron un coeficiente intelectual de 190, superior al de Stephen Hawking y cuanto genio ganador del Nobel se haya encontrado en la comparación. Langan empleó buena parte de su vida desarrollando un “Modelo de Universo de Cognición-Teórica”, inspirado justamente en el pensamiento de Hawking. Pero al carecer de estudios universitarios y ser básicamente un autodidacta, Langan sólo recibió desprecio de parte de los académicos. “El hombre más inteligente del mundo”, como lo calificaron infinidad de veces, se acostumbró a sentirse un fracasado. Pero el problema no fue de Langan, sino de los factores que lo rodearon.

De cada 100 emprendedores -tan de moda en estos tiempos, ¿no?- a más de 90 les va mal. En otras palabras: la abrumadora mayoría fracasa y pierde el dinero invertido. Para ellos hay anaqueles rebosantes de libros de autoayuda, prestos a explicarles cómo aprender de los errores y convertir el actual pantano en un futuro jardín. Todas esas experiencias se desarrollaron condicionadas por el entorno; lo que para algunos funciona, para otros no. Pero las segundas o terceras oportunidades en el mundo de los negocios no son cosa de todos los días, porque el estigma del traspié no se borra con facilidad.

La sociedad suele ser implacable. Es cierto que no se perdona el éxito, pero a la vez está claro que tampoco se acepta el fracaso. Y este es el fondo de la cuestión: ¿qué es el éxito y qué es el fracaso? ¿Qué es ganar, qué es perder? ¿Quién decide y separa lo “bueno” de lo “malo”, lo útil de lo inservible? ¿Por qué se da por sentado que se trata de categorías a las que todos debemos ajustarnos, como si la vida fuera un sistema meritocrático regido por normas intocables?

“Si pensamos que sólo sirve el primero estamos totalmente equivocados”, apuntó Alejandro Sabella, técnico de la Selección que cayó en la final del Mundial de 2014. A esos jugadores un periodista llegó a calificarlos de ratas. El pecado fue que perdieron tres finales (la del Mundial y las de la Copa América de 2015 y 2016). Desde ese razonamiento, avalado por buena parte de la sociedad, Lionel Messi es el símbolo del fracaso. Un perdedor nato.

El toque de hipocresía

Si en algún punto se preserva el decoro o se disimula la condena es porque determinadas actuaciones, aunque terminen en derrota, son funcionales a algunas prácticas. Denostar al fútbol y a los futbolistas es una de ellas. En este punto, el rugby y el básquet se enarbolan como banderas de la pureza y de los “valores”, contra un deporte-espectáculo-negocio corrompido hasta la médula. El fútbol, como símbolo de todos los males, pierde frente a “guerreros que cantan el Himno”.

No es cuestión de defender la miserias del fútbol, que las tiene y será más que difícil desterrarlas, sino de apelar al sentido común. En el básquet, como en el rugby y en el fútbol, como en todos los ámbitos de la existencia, hay buenas y malas personas. Algunos caminan derecho y otros andan torcido. ¿Desde qué lugar se puede sostener que los basquetbolistas o los rugbistas son intrínsecamente mejores, más íntegros? Por supuesto que hay cuestiones culturales que juegan fuerte en la formación de los deportistas, pero ¿no está clarísimo el aprovechamiento parcial y vergonzoso que se hace del tema? ¿Por qué no le preguntan a Scola si se siente más hombre o más patriota que Messi, Mascherano o el que sea?

Pero es que, créase o no, los mismos que afirman que sólo sirve ganar y que los perdedores merecen morir tirados en la banquina de la historia, son capaces de sacar de la manga una carta tramposa: “es que hay derrotas y derrotas”. ¿En qué quedamos? ¿Sólo sirve ganar o a veces también sirve perder? ¿O no será que aprovechando el desprestigio del fútbol y la pasión/desazón de muchos hinchas es más fácil decirle fracasado a Messi que a Scola?

Mientras tanto...

Lo que se pierde en esta grieta (otra más y van...) es la capacidad de disfrutar. Resulta que Carlos Reutemann era un fracasado que se quedaba sin nafta en los metros finales y nunca pudo celebrar un título de Fórmula 1, pero desde su retiro Argentina desapareció de la categoría. Resulta que Horacio Saldaño nunca pudo ser campeón y cuando fue a pelear con Mantequilla Nápoles se comió una paliza, pero jamás otro boxeador tucumano logró llenar el Luna Park. David Nalbandian colgó la raqueta sin haber ganado un título de Grand Slam; tampoco la Copa Davis. Pero, ¿cuándo tendremos otro Nalbandian? Y así hasta el infinito. Tan preocupados por encontrar la falla, el error, la derrota, se resigna por completo el sentido del goce, de la belleza, del orgullo, de la admiración. Porque sólo sirve ganar y el segundo, el tercero y todos los que vienen atrás salieron defectuosos de fábrica.

El ejemplo más contundente si de demostrar lo perverso del concepto se trata es el sistema educativo. El dueño del éxito es el abanderado, el que saca las mejores notas. Los escoltas representan los pálidos reflejos de lo que pudo haber sido. Los que se quedaron en la puerta de la gloria y están condenados a flanquear al campeón. El resto fracasó. Perdió el torneo de las calificaciones. ¿Cómo se sentirán de cara al discurso que sostiene el triunfo como único vehículo de la legitimación social?

España ganó la final del Mundial porque jugó mejor, porque tiene grandes basquetbolistas (en todos los sentidos), porque por algo se la reconoce como la ÑBA. Si hubiera perdido con Argentina, ¿sería un manojo de fracasados?

Otras satisfacciones

Puede que los cambios de época contribuyan a revalorizar los esfuerzos, a medir el éxito y el camino a la felicidad con otras herramientas, a desterrar, por sobre todo, la cultura del descarte. Que ganar es importante, pero que importan los medios y las formas para conseguirlo, y que perder forma parte de la vida y de las posibilidades de cada uno. Esta concepción del mundo suele ser catalogada de conformista, haragana y mediocre. Pero de lo contrario, si vivir es una competencia obligada y permanente, el mundo es un gigantesco agujero colmado de perdedores. Y no es cierto.

Afortunadamente existió la Naranja Mecánica, y afortunadamente perdió. La maravillosa Holanda de Johan Cruyff sucumbió ante los alemanes en la final del Mundial y sin embargo el imaginario está colmado por la belleza de su juego. Y no, no fue un manojo de fracasados.

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