El trabajo en equipo premió la labor en el básquet

18 Sep 2019 Por LA GACETA

La “basquetbolmanía” explotó una vez más en el país. Tal como sucedió hace casi dos décadas, el seleccionado argentino brilló en el Mundial y concentró la atención de sus compatriotas. El rendimiento del equipo conducido por Sergio Hernández fue de menor a mayor y la audiencia televisiva creció a medida que avanzó el torneo. En muchas escuelas se encendieron los televisores para permitir que los chicos vieran los partidos: los docentes aprovecharon el fenómeno para realizar tareas alternativas en las aulas y compartir las emociones generadas por un grupo de deportistas que se ganó la admiración y el respeto en todos los ámbitos. La brillante actuación se coronó con el equipo jugando la final contra España; ni la derrota en el partido decisivo logró opacar lo realizado en China.

El seleccionado argentino de basquetbol demostró que el éxito no es sinónimo de triunfo y que un segundo puesto tiene tanto valor como el título de campeón. “No perdimos la medalla de oro; ganamos la de plata”, destacó Hernández, buscando jerarquizar un puesto al que muchos deportistas prefieren desechar.

No solo el entrenador supo transmitir los valores de la competencia a este grupo de jóvenes talentosos, mucho tiene que ver el mensaje enviado por el capitán Luis Scola, un fenómeno que a los 39 años se mantiene en el más alto nivel competitivo y le transmitió a sus compañeros una imagen de humildad y compromiso poco frecuente. El capitán argentino alcanzó la dimensión de esos atletas que aparecen de manera excepcional. Desafió las leyes naturales y lideró emocionalmente el equipo. Pese a su “chapa”, se esforzó a la par de los más jóvenes y no dudó en realizar una preparación especial de 14 días al estilo Rocky Balboa, el boxeador personificado en el cine por Sylvester Stallone.

Dueño de una trayectoria envidiable -jugó cinco mundiales y en dos llegó a la final; ganó el oro y el bronce con Argentina en los Juegos Olímpicos; se consagró en Europa y estuvo 10 temporadas en la NBA-, Scola fue estableciendo récords personales en el Mundial pero nunca se detuvo a disfrutar de su momento. “Ya habrá tiempo para eso”, repetía en cada entrevista. El grupo siempre estuvo por encima de sus conquistas personales. Defensor de su país -“soy un buen agente de marketing promocionando a Argentina más allá de la situación económica”, dijo en una entrevista.

Reniega de la cultura de la viveza criolla de sus compatriotas, así como de la cábala. “Utilizar la trampa para ganar es un ancla para un deportista”, sostiene y asegura que el trabajo mata el talento cuando el talento no trabaja. Por eso aconseja a los jóvenes que duerman menos y trabajen más si pretenden alcanzar un objetivo. “El ego en un deportista no es malo. Para llegar a ser el mejor en una disciplina hay que estar convencido. Es imposible competir con las grandes figuras pensando que sos peor que ellos. Los mejores sienten que son los mejores antes de serlo”, sostiene. Con ese pensamiento fue construyendo su carrera.

La experiencia de Scola, basada en el trabajo, el sacrificio y el talento, muestra un camino a seguir especialmente a las nuevas generaciones en una sociedad, donde los cinco minutos de fama suelen ser sinónimo de éxito y prevalece la cultura del mínimo esfuerzo. Los integrantes del seleccionado pusieron su talento personal al servicio del equipo, es decir del trabajo colectivo, y llegaron lejos. Sería positivo que nuestra clase dirigente alguna vez los imitara.

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