Deporte, política y grieta

25 Ago 2019 Por Ezequiel Fernández Moores
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MANIFESTACIÓN. Race Imboden protestó en el podio de esgrima.

Ciudadano ante todo, el deportista ejerce su derecho al compromiso político. Y a sus consecuencias. Allí están, sino, los casos recientes del esgrimista Race Imboden y la lanzadora de martillo Gwen Berry, amonestados por un año ambos esta semana por el Comité Olímpico de Estados Unidos por sus gestos de protesta en el podio de los Juegos Panamericanos de Lima, ignorados por buena parte de nuestra prensa. Imboden se arrodilló mientras sonaba el himno de su país, a lo Colin Kaepernick, en protesta por políticas discriminatorias de Donald Trump, “un presidente que propaga el odio”, según afirmó. Berry, a su vez, levantó el puño cerrado en el podio, estilo Black Power de México 68, en reclamo ante “la injusticia social” en su país. El Comité Olímpico de Estados Unidos advirtió sanciones más severas si suceden nuevos casos. Teme que las protestas se multipliquen en los podios de los Juegos Olímpicos del año próximo en Tokio, cuando Trump esté pujando por la reelección.

Pero otra cosa es la “polémica” (el entrecomillado es deliberado, claro) en nuestro rugby tras el llamado de funcionarios y simpatizantes de Juntos por el Cambio para que jugadores ayuden a fiscalizar en las elecciones del 27 de octubre. “Cruzada nacional del rugby contra el fraude”, tuiteó primero Guillermo Volponi, concejal en Mar del Plata, por la lista que lidera el ex juez Guillermo Montenegro, ex rugbier como él. Siguió, con un audio viralizado, otro ex rugbier (del club CUBA), Martín de la Arena, funcionario del PAMI en la localidad bonaerense de San Martín y también seguidor de Mauricio Macri. En la TV, De la Arena también habló del “fraude” de las PASO. En su cuenta de tuit, dominan los mensajes que hablan de hackers rusos y control venezolano. Curioso porque es el mismo gobierno que ellos apoyan el que controla la elección y el que ya desmintió toda posibilidad de fraude. La iniciativa, se sabe, provocó la reacción de rugbiers de Mar del Plata que repudiaron a Volponi por dar “por sentado” que el rugby apoya a Macri. Son rugbiers que, por lo contrario, pidieron “un inmenso scrum” para cesar las “políticas de devastación” del macrismo.

Nunca creí en aquella frase que habla del deportista apolítico o que el deporte y la política jamás deben mezclarse. El propio Macri comparó semanas atrás a su gobierno con los Jaguares que estaban a un paso de jugar la final del Super Rugby. Miembros de los Jaguares retribuyeron inclusive el gesto con una visita a Olivos. El ideal va por un lado y la realidad va por otro. Tampoco es disparatado suponer que buena parte del rugby más tradicional simpatice con el gobierno de Macri. Lo que sí no suele funcionar bien son las etiquetas. Numerosos programas radiales, más bien opositores al gobierno, aprovecharon las campañas “antifraude” para burlarse de ciertos tics de los sectores más recoletos del rugby. Escuchamos así imitadores de nombres patricios, “papa en la boca” y paternalismo hacia los sectores más humildes que, supuestamente, “no saben votar” o son “rehenes” y, por ello, “extorsionados por punteros”.

Omiten esas burlas el informe que señala al rugby como el deporte que sufrió mayor número de víctimas durante la última dictadura. Un total de 151 jugadores, el 70 por ciento de los 220 deportistas federados desaparecidos en los años de plomo. Equivocados o no en sus decisiones, todos ellos estaban lejos de simpatizar precisamente con las elites económicas. Fueron asesinados. Lo supieron los All Blacks, la selección más poderosa de todos los deportes, la primera que, apenas semanas atrás, visitó la ESMA para conocer en persona el drama de la dictadura. Afortunadamente, esos tiempos han sido superados. Y ahora, simplemente, se trata del debate político en democracia. Con errores, manipulaciones e infantilismos. Pero en democracia. A un mes del Mundial, Los Pumas, por suerte, enfocan su trabajo como corresponde, con el plantel más federal de toda su historia, fruto de una gran planificación. Centros de formación distribuídos en todo el país y confianza en el futuro, un mensaje que cualquier político debería saber trasmitir, sea cual fuere su suerte en las urnas.

La polémica, claro, se atizó con el título “gancho” de la “grieta en el rugby”. Julián Axat, abogado y poeta, ex rugbier e hijo a su vez de uno de los veintiún rugbiers desaparecidos del La Plata Rugby Club, escribió en Página/12 que, a diferencia de otros países que rápidamente incorporaron el profesionalismo, el rugby amateur de clubes argentino reprodujo el “espíritu de clase” de “sectores sociales acomodados”, aunque evitó siempre el partidismo político. Y sumó, además, ejemplos comprobados de inclusión social, como Club Virreyes, Aborígen Rugby Club, Espartanos, Villa 31 de Retiro y muchos otros acaso menos difundidos, como “el trabajo del ex jugador Gastón Tuculet en los Institutos de menores junto al club Los Tilos”. El debate y la confrontación de ideas, por supuesto, siempre puede enriquecer. Simplificar y generalizar, por muy tentador que resulte, suele ser en cambio más peligroso. El atajo no siempre es el mejor camino.

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