“Uno necesita agarrarse de los escritores del siglo XX”

La escritora Tamara Kamenszain visitó Tucumán y habló sobre su último libro, las ausencias, la melancolía y las parejas de artistas.

13 Ago 2019 Por Hernán Miranda
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TAMARA KAMENSZAIN. La escritora participó en Tucumán del FILT.

Tamara Kamenszain (Buenos Aires, 1947) todavía recuerda aquella Capital Federal de fines de los ‘60 y principios de los ‘70, la efervescencia intelectual alrededor del Instituto Di Tella. Ahí, en la manzana loca de Florida al 900, conoció a su ex marido, el ya fallecido Héctor Libertella, que le prestó la excusa para su último trabajo, El libro de Tamar. Donde ella encuentra y desteje los cinco versos de un poema que hace 15 años Héctor deslizó por debajo de la puerta.

Sin embargo, Tamara no se quedó “pegada a ‘ay, nosotros, lo que hacíamos’”. “Muchos de mi generación lamentablemente ya se fueron, pero dejaron una marca que yo ahora ando buscando en la gente joven. No hay saltos, no hay un ‘nosotros hacíamos esto, hoy hacen esto otro que es lo opuesto’. Me gusta encontrar puentes. Y me sirve, me mantiene más alerta respecto de lo mío”, cuenta.

- Su último libro parte de un poema que le dejó su ex marido. Antes, en El eco de mi madre, había hablado de su enfermedad. ¿La ausencia de las personas queridas permite comprenderlas mejor?

- Y… La ausencia siempre les juega a favor a los escritores, porque entonces tienen algo para llenar. Hay como un vacío que las palabras ayudan a llenar. Si está todo muy lleno, es más difícil: las palabras servirían sólo para adornar ese lleno, ¿no? En cambio, si hay un hueco, algo que falta, que tira, que pide palabras, que pide decir… Un lingüista francés, (Jean-Claude) Milner, decía que la muerte empuja al arte, que fuerza a la poesía, que pincha al lenguaje para que pueda decir algo sobre ella, porque es una cosa que no tiene palabras. ¿Cómo la definís? Vos dijiste ausencia. Bueno, es un modo de decir. Uno puede decir fin, enfermedad, dolor… Son cosas muy extremas que no tienen palabras.

- ¿Estos libros le sirvieron como un ejercicio de duelo?

- Parece que sí, ¿viste? Eso no lo debería decir yo, lo debería decir algún psicoanalista (risas). Yo creo que sí, mi sensación es que sí, porque también acá tomo algo que dice Freud: el duelo, cuando se hace bien, cuando no es patológico, es productivo. O sea, él dice que descubrió el psicoanálisis después de la muerte de su padre. Se le ocurrió, trabajó más a causa de esto de la ausencia, de llenar algo. Y él dice también: “cuando no es melancólico”, porque cuando es melancólico te quedás pegado a ese objeto que ya no está pero que para vos todavía está y no podés soltar. Y si no lo soltás, no podés producir. Entonces, en ese sentido, es un trabajo de duelo. Además la palabra “trabajo” es linda para pensar el duelo, ¿no?

- Hay cierta idea, si uno piensa, por ejemplo, en los escritores de los ‘20, de que la tristeza permite producir literatura…

-Sí, es cierto. Los escritores más melancólicos, los malditos, casi se flagelaban. Parecían monjes, faltaba que se dieran con un látigo. Sacrificaban el cuerpo. Era una concepción romántica, sacrificial, que los llevaba a la muerte. Muchos se suicidaron, otros reventaron… Necesitaban todo tipo de estímulos para producir. Es medio difícil, una cosa llevada al extremo. No sé, pienso en (Gérard de) Nerval, que para algunos es el ejemplo máximo del poeta melancólico. Él dice: “soy el viudo de la melancolía” y habla del “sol negro”. Es maravillosa esa metáfora de la melancolía. Pero me parece que los tiempos cambiaron para bien o para mal.

- ¿No hay algo de esnobismo en esta idea de la tristeza,?

- Bueno, el arte se construye con la experiencia, con el sentimiento. También con la cabeza, pero sobre todo con las entrañas. Hay una identificación del lector o del espectador con ciertas cosas que son universales. Hay una universalidad en la experiencia que te toca o no te toca, ¿viste? Muchos dicen: “me quedé afuera” incluso con una película o cualquier otra cosa. “Me quedé afuera, no le entré”. Ese quedarse afuera supone que uno no se emocionó, que uno no… A ver, yo no digo que no haya que escribir con la tristeza o con la melancolía. Lo que me parece que hoy por hoy está superado es esa cosa de lo sacrificial, de que el arte y la vida suponen lo que pensaba Alejandra Pizarnik: que si no entregaba el cuerpo y no entregaba todo, no estaba siendo artista, y que el suicidio es un modo de escribir. Es un poco excesivo.

- ¿Cómo es un matrimonio de escritores?

- Mi libro da vueltas alrededor de eso, ¿no? Yo lo llamo el “tallerismo en pareja”. No sé, yo no quiero generalizar, no puedo generalizar. Yo hablo de mi experiencia. Por eso te digo que la experiencia es parte del trabajo artístico. Mi experiencia muestra esa cosa doble de, por un lado, un placer al compartir con el otro las complicidades; y por el otro, toda esa grieta que se arma, o que por lo menos se armó en mi caso, de competencia, de no ser espejo. Porque uno quisiera que el otro sea como uno, ser espejo. Entonces si el otro escribe algo que no te gusta, lo que es lógico y normal, uno ya siente: “ah, pero esto no funciona”. Hay algo ahí. Pero yo creo que de otros modos pasa con cualquier pareja. No es sólo una cosa de artistas.

- ¿Se influyeron mutuamente?

- Sí, yo creo que sí, que eso es inevitable en las parejas de escritores o de artistas. Es inevitable influirte y también desinfluirte. Cuando te das cuenta, decís: “ah, no, porque no quiero que sea parecido”. Y entonces viene una tensión por la contraria. Pero yo siento que sí, que al principio me influía más él, porque yo era la más naif y la más nueva en esto. Y además mujer, con lo cual tenía un plus de debilidad. Y después ya yo fui creciendo y empecé a tirarle líneas. Y eso creo que es bueno, siempre y cuando no entran otras cosas como la competencia. Pero cuando entra eso es porque hay otros problemas en las parejas.

- En su trabajo hay mucho diálogo con otros autores.

- Bueno, yo no creo en la originalidad, en escribir como algo original, en una originalidad en la que se parte de cero, en alguien que nunca leyó nada pero escribe. Yo siempre le digo a mis alumnos que eso no es posible. Y para mí no sólo no es posible, sino que me encanta retomar a otros para escribir lo mío. Apoyarme, estar en medio de otros como en una familia. Eso me inspira, me inspira lo que los otros hicieron. Tampoco existe eso de terminar copiando, porque por ahí: “uh, pero terminás siendo como el otro, robándole”. Y no, no es así tampoco. Así como no hay desde cero, sin leer, tampoco hay robar porque leés.

- Al principio hablaba del duelo en la literatura. Lamentablemente, hay muchos autores de su generación que ya no están. También decía que los lugares como el Di Tella ya no existen. ¿Pasó la época dorada de la literatura argentina?

- Esa época pasó, pero vinieron otras. O sea, nada de que “todo tiempo pasado fue mejor”. No, nada de eso. En eso soy antimelancólica, ya que hablábamos de melancolía. A mí me interesa mucho lo que se hace contemporáneamente a mi vida. Así yo tenga la edad que tenga, soy contemporánea de lo que se está haciendo, aunque entiendo que uno necesite agarrarse de los escritores del siglo XX, porque esos escritores te dan más de lo que te están dando los de hoy: te brindan toda una obra, un trabajo de obra. Algo que todavía no ves en los escritores más nuevos. Pero va a venir ese trabajo de obra. Yo no creo mucho en los siglos de oro. Bueno, si me decís que hubo un Siglo de Oro español, es cierto. Hay siglos de oro, de golpe hay, a lo mejor, épocas más fructíferas que otras. Pero es relativo y depende también de lo que uno está buscando. Por ahí, por lo que vos buscás, te sirve más algo de alguien no tan contemporáneo tuyo, porque de ese ya sabés lo que vas a encontrar. Sólo por eso.

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