Un semestre de luto

11 Jun 2019 Por Fabio Ladetto

“Quisiera partir una mañana en que/ no haya otro sonido que el de un pájaro/ cantando en lo alto de la rama donde anida./ Ningún rezo ni sollozo./ Solo el encanto de un alma enamorada/ y el perfume de una azucena blanca./ Alguien sosteniendo mi mano/ con firmeza y devoción./ Y dormir un poco/ pensando que se hizo tarde”.

En apenas seis meses, el rock tucumano despidió a dos de sus referentes históricos, de esos que estuvieron décadas marcando el rumbo sobre los escenarios y les mostraron el camino (y los sonidos) a los nuevos artistas hasta, literalmente, su último minuto de vida.

En marzo, el corazón de Esteban Cerioni (quien colgó a principios de año en su muro de Facebook el poema que abre esta columna, fechado el “28 de mayo de 2013 a la 16.23”) decidió que ya era suficiente y que no quería o podía latir más. La semana pasada, el castigado cuerpo de Luis Adolfo Dorieux también dijo basta. Ambos habían integrado La Piedra en los 70, cuando hacer rock era visto como una confesión policial de un pensamiento distinto de los cánones aceptados. En diciembre se cumplirán 45 años de un recordado recital (¿habrá sido el primero?) que la banda hizo en la Biblioteca Sarmiento, cuando funcionaba como un centro cultural de vanguardia y con gran potencia artística en tiempos de pocos espacios de esa naturaleza.

De allí se sucedieron experiencias compartidas y alejadas entre ellos, cada uno con su sonido y su propuesta estética. Y también con sus pesares, cuando no, y sus decepciones. Cerioni llegó a ofrecer en venta sus bajos a principios de año, en una confesión de que quería dejar todo de lado, harto de la falta de proyectos y propuestas; Dorieux trajinó ensayos aun sintiendo que, de a poco, el reloj le corría en contra, en un intento profesional de llegar al recital comprometido para el Julio Cultural de la UNT o preparar a su reemplazo para esa función futura, que ahora asume una categoría especial.

Si se hace un listado de las bandas que integraron, se transformaría en el resumen vívido de la historia del rock y del blues de la provincia. Pero no sería suficiente. No eran pasado, sino presente continuo: estaban vigentes como realidades, no como mitos ni como parte de la historia. Esteban fue recordado en las ceremonias de los premios Gardel y Mercedes Sosa, como bien se lo merecía. Y Dorieux bien podrá ser homenajeado en el inminente 3° Festival Internacional Tucumán Jazz, que comienza mañana, un tributo oportuno a quien hizo mucho por el género en la provincia.

Sin embargo, entre los músicos más cercanos al Gordo no se espera un gesto de esa naturaleza, aunque aún se está a tiempo de sorprenderlos. Pablo Pacífico volcó el miércoles su furia en esa suerte de imperfecta ágora contemporánea que es Facebook por el olvido del Ente Cultural sobre Dorieux, un día antes de que saliese un aviso fúnebre institucional en su memoria. “Gracias por no haber emitido un comunicado de reconocimiento y despedida de un notable del arte tucumano. Gracias por no haber dado las condolencias a su familia, ya que conocían personalmente a Luis. Gracias por mostrar una vez más el destrato y la indiferencia a la música popular y sus artistas y considerar nuestro arte un hobby”, escribió, entre otras frases llenas de indignación.

Quizás haya sonado exagerado. En el fondo, no es función de ningún Ente despedir solemnemente a los artistas fallecidos, sino cuidarlos, contenerlos, convocarlos, escucharlos, motivarlos, impulsarlos, ampararlos en las malas y apoyarlos en las buenas (lleguen cuando lleguen), junto a diseñar planes institucionales que atraviesen gestiones coyunturales, para que sean reales políticas de Estado; impulsar leyes y normas para ello y reglamentar y aplicar las existentes. Escribir una sentida necrológica debería ser sólo la culminación de todo lo anterior, el cierre de un proceso que, si no tiene las etapas previas, sonará a un simple formalismo para calmar conciencias antes que a una política de Estado.

La sabiduría oriental habla de que una sociedad es pobre si no cuida a sus mayores; más pobre y más triste aún será la que no protege ni recuerda a sus artistas, que no son más que la manifestación estética del sentir de los distintos sectores del pueblo. Para ello se necesitan cosas concretas, no declaraciones. El legado de Luis no es haber creado un sistema que le permite tocar la batería a personas sin piernas sino no haber desistido en la adversidad, haberse repuesto a los contratiempos y haberles dado batalla a los problemas. Su prédica servirá en tanto haya otros que tomen su testimonio y lo perpetúen en los hechos, no en las palabras.

“Sigo pensando que conocer apenas el nombre del Presidente y no conocer el de ningún ministro o legislador, sería el más claro indicador de un país administrado por un buen gobierno. ¿Por qué afirmo esto? Porque haciendo un buen trabajo, no serían noticia y por lo tanto no saldrían en los medios salvo por alguna circunstancia que su función requiriera específicamente. Nosotros tenemos la desgracia de conocer vida, obra y milagros hasta de las suegras de cada funcionario de todos los gobiernos que nos tocaron en (mala) suerte. Que hagan bien su trabajo y desaparezcan de las pantallas”, escribió Cerioni en las redes sociales hace pocos meses.

Cambiando el formalismo de los cargos y sin la necesidad de asignar nombres propios, la idea de Esteban bien podría ser la primera premisa que deben cumplir quienes fueron electos en las urnas tucumanas el domingo y los que se votarán hasta fin de año. El mejor y mayor homenaje será cumplir con su deseo, que resume el pensamiento de buena parte de los ciudadanos, aunque no haya tenido esa intención. Es que para eso están los artistas: para sintetizar los pensamientos colectivos en pocas frases, para transmitir las ideas que muchos tienen y pocos dicen en voz alta.

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