Prohibido hablar de todo esto en campaña

03 May 2019 Por Guillermo Monti
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Hay temas que en campaña no se tocan. Cualquiera podría pensar que se trata, simplemente, de gambetear todo aquello que no suma, que no impacta, que se aleja de la zona caliente de los debates. Mejor no hablar de ciertas cosas, dice la canción que escribió el Indio Solari y popularizó Sumo (dos potencias se saludaron, sí, por gloriosa vez). Mejor no hablar, para los candidatos, de lo espinoso (educación sexual), de lo controversial (la agenda de derechos de nueva generación), de lo ¿incumplible? (calidad institucional), de lo descuidado (medio ambiente), de lo desconocido (cultura), de lo subestimado (deporte). Y así. El arco de la realidad es inmenso, como todo lo que cabe bajo el sol, mientras los candidatos se empeñan en achicarlo. Porque les conviene, claro. Pero hay algo más, mucho más preocupante que la mezquindad de inmolarse por un puñado de votos. ¿No será que temas centrales en la vida de la sociedad quedan de lado porque, simplemente, no tienen nada que decir sobre ellos? Y más peligroso todavía: ¿y si, lisa y llanamente, no saben? En estos casos lo recomendable es apelar a la Navaja de Ockham: la explicación es la más sencilla, la que salta a la vista.

Tucumán necesita mejorar sus indicadores socioeconómicos, nadie discute que la pobreza y la exclusión representan la madre de todos los males, entre ellos la inseguridad, el desempleo y los pavorosos índices de trabajo en negro. La campaña queda anclada en ese terreno, de allí no se mueve. Los discursos se vacían de contenidos y se llenan de promesas. Enfrascados en el armado de los acoples a ninguno se le ocurre plantear una idea del Tucumán que viene. Pedir una visión, lo que implica invitar a la ciudadanía a subirse a un proyecto de provincia, es cosa de ciencia ficción. La campaña es hasta aquí pobrísima en conceptos. Los candidatos, en todos los niveles, repiten un armado de frases. Como una bandada de loros que hablan de lo mismo, a la vez, agitando las alas para volver a la rama de la que partieron. Claro, el que viaja más lejos y se escapa del esquema, pierde. ¿Pierde?

Un ejemplo

Juan Manzur, Silvia Elías de Pérez y Ricardo Bussi se manifestaron “provida” durante las jornadas previas y posteriores a las votaciones sobre interrupción voluntaria del embarazo. Este grupo incluye a Germán Alfaro. Todos sintonizaron con los pañuelos celestes y le pusieron el pecho a las marchas callejeras el año pasado. El caso de la fórmula José Alperovich-Beatriz Mirkin es de lo más interesante: él escondió la baraja hasta último momento y terminó alineado con el bando ganador; ella dijo “aborto sí” y lo justificó al pedir la palabra en el Senado. El tono de quienes aspiran a ocupar la poltrona de Lucas Córdoba es monocromático: todos ponen un pero antes de aceptar que los chicos reciban lecciones de educación sexual en las escuelas. Ese pero se refiere, en concreto, a las cuestiones de género.

Aquí tenemos un tema de fondo que merece una definición de los candidatos. ¿Creen que los niños son objetos de tutela o sujetos de derecho? Lo usual es que se declame lo segundo, pero que en la práctica se sostenga lo primero. ¿Qué está primero para nuestros candidatos (a gobernador, a legislador, a concejal)? ¿Lo que decidan los padres o las obligaciones del Estado? Es muy difícil hablar de esto, así que, directamente, no lo hacen. Saben que, digan lo que digan, resultará intolerable, o por lo menos antipático, para esos votantes que por nada del mundo quieren incomodar. En resumen: ESI hasta por ahí nomás.

Acomodarse es esencial

El primer consejo que recibe el candidato de su consultor de cabecera es construir una hibridez intelectual capaz de acomodarse al auditorio de turno. En el universo digital, donde se ponen las fichas y los recursos, es mucho más sencillo porque cada votante es un algoritmo. Usted, yo, todos somos algoritmos que hace rato optamos por consumir la información que queremos, la que nos gusta, la que nos tranquiliza, la que nos da la razón. Y nuestro algoritmo, como nuestro ADN, es único. Si nos gusta el azul, el candidato A nos prometerá todo el azul del mundo en nuestras búsquedas de Google o en las redes sociales. Votamos a A, muy seguros. Y a nuestro vecino, que es fanático del verde, el candidato A le asegura que de ninguna manera elegirá el azul, porque siempre fue verde y así seguirá por el resto de sus días. Nuestro vecino, ese que nos mira de reojo porque sospecha -o sabe- que estamos en las antípodas de su pensamiento, también votará a A, porque a fin de cuentas no considera (y no le importa) que el mensaje cambia a cada rato, en función de quién -y dónde- hace clic.

Este mundo que intuyó gente como J.G. Ballard o Philip K. Dick es un paraíso para candidatos decididos a evitar cualquier clase de pantano ideológico. Es menos trabajoso, menos exigente, y deja tiempo para enfocarse en lo que consideran importante: las mesas de arena en la que arman y desarman listas. Ese pretendido ajedrez, tan chiquito que termina siendo un Ludo, es preferible a explicar cómo piensan proteger y mejorar el aire, el agua, la tierra, la flora, la fauna. Cómo erradicar basurales y terminar con los desmontes. Cómo hacer cumplir esas leyes que pocos respetan. No será, seguramente, con el manual del lugar común: “salvemos la Tierra”. La Tierra no necesita que nadie la salve, y mucho menos nosotros. Sabe cuidarse sola y seguirá haciéndolo millones de años después de que nos hayamos extinguido. Las políticas de cuidado del medio ambiente tienen otras lecturas.

Mucho más allá

Elaborar ideas, juntarlas, mezclarlas, pulirlas y ponerlas en práctica hace a la política como herramienta de transformación. Lo contrario es un discurso de supervivencia, de tallo cerebral. Alguien decidió que expresar ideas en campaña no vende, así que las ideas dejan de fluir. Como un músculo que deja de ejercitarse, la máquina de pensar se atrofia. Ni hablemos de soñar.

¿Qué pasaría si un candidato afirma mañana que le gustaría crear un ministerio de la calidad de vida? Un espacio en el que la educación, la salud y el deporte dialoguen todos los días, se retroalimenten y terminen conformando un motor de la vida en sociedad. Lo mirarían por encima del hombro y terminaría descastado. Si viviera en el mundo de Juego de Tronos lo mandarían a custodiar el muro con la Guardia de la Noche. Eso es responsabilidad de la clase política, que bajó hasta el piso la vara de sus propias prestaciones, pero también de una ciudadanía que se acostumbró a demandarles muy poco a quienes la representan.

Nadie habla de la cultura tucumana. De la tangible y de la intangible. De lo que fuimos, de lo que somos y de lo que podríamos ser. Sería fantástico descubrir que cada candidato tiene su propia definición de cultura, porque demostraría su convencimiento de que la cultura, en tanto factor de inclusión y constructora de ciudadanía, es el pilar sobre el que todo debe edificarse. Es como la cerámica o el cemento: necesitan moldearse. Pueden ser modelos rústicos o sofisticados, pero lo imprescindible es que sean sólidos. Después vienen la profundidad, la belleza, y de allí a la visión no hay tanta distancia.

Si para hablar de calidad institucional el único sinónimo a mano es una reforma de la Constitución lo que se genera es desconfianza. La calidad institucional va del funcionamiento eficaz de la Justicia a la correcta atención al público en una oficina pública. Lo grande y lo pequeño termina importando igual, porque se necesitan mutuamente. De esto, como de tantas cosas, no se habla. Ni siquiera merece un eslogan en algún cartel al paso. Será que una foto llena de sonrisas, de promesas y de un lenguaje gestual forzado a más no poder, cortesía del Photoshop, resuelve el problema de contestar: ¿usted qué piensa de todo esto?

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