¡Paren Tucumán, que me quiero bajar!

26 Abr 2019 Por Guillermo Monti
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“¡Paren el mundo, que me quiero bajar”, suplica Mafalda. Pero no hay estaciones en las que el mundo se detenga a cargar nafta. El compendio de conceptos geniales de Mafalda tiene ese costado de inexorable realidad. No hay dimensiones paralelas a las que se pueda huir, como de vez en cuando hacen los superhéroes. No hay salidas en la autopista del día a día, apenas algún peaje que permite tomar algo de aire antes de seguir y seguir. “Yo, lo que quiero que me salga bien es la vida”, apostilla Miguelito, que no es tan sabio como Mafalda pero también sabe dar en el clavo. El mundo gira, todos quieren bajarse y nadie puede. Mafalda sabe que su clamor es en vano, pero no está dispuesta a quedarse callada. Y eso que Quino dejó de dibujarla en junio de 1973. Van a cumplirse 46 años.

“¡Paren Tucumán que me quiero bajar!”, podría rogar el ciudadano de a pie con todo el respeto que la dueña de la metáfora merece. Y así podemos seguir, aferrados al interminable catálogo de Mafalda, que parece hablar de Tucumán cada vez que abre la boca. Por ejemplo, así:

- “Lo malo de los reportajes es que uno tiene que contestarle en el momento a un periodista todo lo que no supo contestarse a sí mismo en toda la vida”. Da la sensación de que para José Alperovich ya es demasiado tarde.

- “Mas que planeta, este es un inmenso conventillo espacial”. ¿No es la más precisa de las definiciones acerca de la campaña electoral que estamos presenciando? Eso sí: los conventillos pueden ser divertidos en lo grotesco/bizarro de los personajes que los habitan. Aquí, de divertido no hay nada.

- “¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?” Que es como decir, ¿hay algún candidato capaz de desarrollar una visión? No es lo mismo un estadista que un visionario, aunque conjugados conforman un espíritu formidable. Ya no hay partidos políticos, sino “fuerzas” o “espacios”. Pues bien, no hay fuerza ni espacio que invite a la sociedad a compartir una visión. Tucumán ni siquiera planea; a lo sumo se arrastra.

- “No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta”. La historia no muerde, por más que se intente pasearla con un bozal. La crisis tucumana es tan larga que pasó a formar parte del paisaje y es mentira que date de hace un par de décadas. Las cosas se fregaron en serio desde el cierre de los ingenios, en 1966, y nunca se enderezaron. Después cayeron las plagas bíblicas, una a una, incluyendo violencia política, terrorismo de Estado y quebranto socioeconómico. Le preguntaron a Antonio Bussi si tenía cuentas ocultas en el exterior y respondió “no afirmo ni niego”. Era el gobernador. Si hubo un tiempo mejor, se remonta a la primera mitad del siglo XX. Demasiado atrás.

- “¿Te engordaste dos kilos desde el verano pasado? Bueno, millones de personas no pudieron engordar porque no tuvieron nada que comer. Pero supongo que vos necesitás consuelo y no sentirte tan estúpida”. La realidad tiene nombre y apellido, fotos, historias. Se mira, se toca, se huele. No hay abstracciones en el Tucumán verdadero y profundo. “Tiene 10 hijos y vive de lo que otros tiran, pero ahora ni siquiera puede darles de comer”, se titula un artículo publicado en LA GACETA de ayer.

- “Lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre”. El dinero es un postre interminable, pero no hay afrodisíaco como el poder. El goce no pasa por dar órdenes, sino por comprobar que se las obedece. La cuestión es que a Tucumán le sobran capataces pero le faltan líderes. Todos quieren ser el padre (cuidar, hacer, proteger, contener, son los verbos que emplean en sus campañas los candidatos), pero ni siquiera reconocen cuáles son las necesidades de cualquier familia.

- “A mí hablame en castellano porque en histérico no te entiendo”. Pero, ¿en qué idioma se habla en las redes sociales? Saquemos al ejército de trolls al servicio de guiones pusilánimes. Sin el soporte de una idea el lenguaje sigue un lógico proceso de degradación; queda a la altura del insulto, la difamación y la mentira, que son la moneda corriente en foros de toda índole. Lo sintió en carne propia la doctora Cecilia Ramos, cuyo delito fue haber socorrido al motochorro que acababa de asaltarla. Las barbaridades que le dijeron (no en la cara, sino escondidos detrás de un teclado) le dan la razón a Umberto Eco. Gran admirador de Quino, Eco condenaba a las redes porque le habían dado voz al tonto del pueblo. En ese idioma histérico del que reniega Mafalda la doctora Ramos es una “lacra” más.

- “No es que no haya bondad, lo que pasa es que está de incógnito”. Siguiendo con la doctora Ramos, lapidada por bondadosa, lo único que falta es que sea necesario ocultarse para dar el ejemplo. Todo bien con los héroes anónimos, pero esto ya es demasiado.

- “Los derechos hay que respetarlos, no vaya a ocurrir como con los diez mandamientos”. Mientras las sociedades crecen en la medida que se amplían los derechos de quienes las integran, a Tucumán le cuesta horrores salir del estancamiento. Pero sin calidad institucional, ¿quién asegura el cumplimiento de esos derechos, de los conquistados y de los que aún quedan por conquistarse? Que le pregunten a un pobre si tiene acceso a la Justicia en las mismas condiciones que un conciudadano con más recursos.

- “Mejor vayan a echar un vistazo, y si hay libertad, justicia y esas cosas me despiertan, sea el número de mundo que sea ¿estamos?” Sí, estamos. Pero va a llevar tanto tiempo...

- “Claro, lo malo es que la mujer en vez de jugar un papel, ha jugado un trapo en la historia de la humanidad”. Y más adelante: “¿Que las chicas no podemos hacer qué?”

- “¿No sería hermoso el mundo si las bibliotecas fuesen más importantes que los bancos?” La cultura es, básicamente, inclusión social y construcción de ciudadanía, irradiándose desde los márgenes hacia el centro y viceversa. Hubo un Tucumán que fue bastión cultural mucho más allá del NOA, pero ese proyecto se licuó con el resto. La identidad tucumana es la base de cualquier visión de provincia, pero si no hay visión la identidad queda en el aire. Como la cultura. Los bancos -el dinero, que es poder- siguen ganando por goleada.

- ¿Dónde venden errores baratos? Es que los míos me han salido muy caros”. Es Tucumán en primera persona, megáfono en mano, sin subtítulos.

- “¡Paren el mundo, que me quiero bajar”. Lo asombroso es que más allá del grito, tan angustiado, tan surcado por el minuto a minuto a minuto de dólares y riesgos países, el tucumano sigue. Hay mucho de inercia, claro, de instinto de supervivencia y de decepción, pero también de necesario abrazo a la vida. “Bueno, ¿y cómo hace uno para pegarse una tirita en el alma?”, se pregunta Mafalda. Y al rato se contesta: “si nosotros no somos capaces de cambiar al mundo, es este el que nos cambia a nosotros”. Y dice algo más: “algunos me aman por ser como soy, otros me odian por la misma razón, pero yo vine a esta vida a tratar de ser feliz. No a complacer a nadie”.

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