Orgullo tucumano

La popularidad de Sergio Denis puso entre candilejas al hospital Padilla que demostró estar a la altura de las circunstancias a pesar de los esfuerzos de algunos dirigentes por maltratar esa institución. Los nervios preelectorales.

14 Abr 2019 Por Federico Diego van Mameren
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Cuando éramos chicos los grandes solían dar algunos consejos para prepararlos a los más pequeños. “Si ocurre algo inesperado hay que salir corriendo al hospital Padilla”. De esa manera abrían el paraguas. Las urgencias van al hospital. “Allí los van a salvar”. Y, el hospital Padilla tenía su hijo pródigo: el hospital del Niño Jesús.

A medida que fuimos ganando protagonismo en esta sociedad, la experiencia nos fue enseñando que en el hospital Padilla se ataba todo con alambre. Más de una vez, algún tucumano tuvo que dar media vuelta porque no había hilo para suturar una herida, o porque el radiógrafo no andaba o simplemente porque la espera desesperaba y el paciente perdía la paciencia.

“Mirá, lo mejor que podés hacer es llevarlo a Buenos Aires”. La frase suele ser el consejo preferido, sin distinción de diferencias sociales. Es que todos saben que “Dios está en todas partes, pero atiende en la Capital (Federal)”. Ayer, cuando se decidió el traslado del cantante Sergio Dennis a la metrópoli, no se debió a los problemas de mostrador de la Divina Providencia, ni tampoco a la falta de algún medicamento, ni a las fallas de algún estudio, ni mucho menos a la impericia profesional de los tucumanos. Todo lo contrario.

El accidente de Sergio Denis pudo haber sido el de cualquier tucumano. Uno más de los miles que son bajados de ambulancias en el hospital Padilla. Sin embargo, la trayectoria y la popularidad del cantante encendió las candilejas del nosocomio y de Tucumán. Nadie podía equivocarse. El riesgo era mayúsculo. El papelón estaba a las puertas. Y, de haber ocurrido un error, la reacción hubiera sido, simplemente, “lo lógico”. Total, en Tucson pasa cualquier cosa...

No fue así. El hospital y sus profesionales demostraron que Tucumán es capaz de afrontar este tipo cuestiones y mucho más.

Ayer volvimos a ser chicos. Sentimos que nuestros padres y abuelos no nos mentían cuando nos recomendaban que si pasaba cualquier cosas saliéramos corriendo al Padilla. Nos sentimos orgullosos de ser tucumanos y de tener una institución pública a la altura de nuestros ideales.

Para tener estas emociones, el hospital Padilla tuvo que pasar de ocho camas de terapia intensiva a presumir con 60. Desde 2010 a la fecha fue tal el crecimiento que, en 2018, se convirtió en el primer hospital en donación de órganos y transplante de la Argentina. En esta última década también se incorporó el equipo de angiografía y, además, llegaron a incorporarse un centenar de ambulancias.

Claro, imposible olvidar que una de esas ambulancias fue “inaugurada” dos veces. Es que el profesionalismo no se lleva bien con la incapacidad política. Mirando en perspectiva los logros, ¿qué necesidad había de presentar dos veces una ambulancia? Sólo la desmedida -e innecesaria- ambición del político comete esos errores. También en el afán de quedar bien con algunos sectores gremiales, la gestión no dudó ni un segundo en hacer nombramientos por amiguismos y no por idoneidad. También hay que reforzar la compra de candados porque no falta el que roba o trafica medicamentos. Pero aún con estos imperdonables pecados políticos, la experiencia Denis demostró que los tucumanos tienen por qué sentirse felices y mostrarle al resto del país sus capacidades.

No se puede esquivar que fueron las gestiones de José Alperovich y de Juan Manzur las que facilitaron este orgullo. Hoy, después del esfuerzo que puso bajo la luz la pericia de la salud de la provincia, ni Alperovich ni Manzur podrían sentarse juntos a celebrar algo que hicieron bien y en beneficio de la sociedad. Ni un brindis podrían compartir. Al contrario, están preocupados por ver cómo destruyen al otro, aunque lo nieguen a los cuatro vientos.

Tres pasos para atrás

A medida que se acerca el 9 de junio, la impaciencia gana las batallas. Los candidatos apresuran sus partidas de ajedrez. Acelerados, no siempre mueven las piezas correctas y, lo que es peor, dejan ver sus debilidades que hoy, por lo general, están marcadas por el egocentrismo que vuelve tembleque el pulso del político.

Alperovich venía midiendo los tiempos como si su cronometrista fuera Albert Einstein, un experto en el tema. No hablaba y cuando callaba eran sus rivales los que terminaban explicándolo. Administraba sus palabras como si hubiera sido el redactor de la última edición del diccionario de la Real Academia Española. Sus movimientos venían siendo controlados al milímetro. Hasta esta semana. De repente aceleró a fondo y derrapó.

El encuentro de su enviado especial a la cumbre con el intendente Germán Alfaro fue nitroglicerina que hizo explotar a su equipo. La torpeza política lo convirtió en aquel dibujito animado que inventó Chuck Jones para la Warner Brothers. Como el Coyote cuando decide hacer estallar dinamita para atrapar al Correcaminos y termina chamuscado.

El sólo hecho de haber intentado acordar algo con el intendente de la Capital ya fue un signo de debilidad inusitado. ¿Cómo iba a poder explicar una alianza con el hombre que peor lo trató en el último lustro? Para peor, le habría ofrecido la vicegobernación. Es difícil imaginar a Beatriz Mirkin leyendo el “Panorama Tucumano” del columnista Álvaro Aurane de ayer, en el que precisaba que ella, nada menos, era prenda de negociación de su jefe. Pero una negociación que se hacía, increíblemente, con el mayor enemigo. Mirkin podrá perdonarlo en el marco de la desesperación, pero no la dejó bien parada ni a ella ni a su candidatura a vicegobernadora. “Vení con nosotros ya. Lo de Alfaro ya está hecho”, se había escuchado decir en la Legislatura a un alperovichista recuperado, pero bastante poco conocedor de la arena política tucumana.

Alperovich ya había dado algunas muestras de que estaba conmocionado y con los reflejos cansados. Se había negado a asistir a una entrevista televisiva durante la semana. Cuando los políticos eligen no responder es porque algo prefieren callar y el silencio, en política, es sinónimo de no dar la cara.

Pero, como no hay dos sin tres en la cábala ciudadana, Alperovich le abrió los brazos a Armando Cortalezzi y a Guillermo Gassenbauer, después de despotricar contra ellos cuando se fueron de su lado; y tras repetir hasta el cansancio que no le hacen falta dirigentes. Su nombre alcanza. En medio de la desesperación, y tratando de disimular sus yerros, en la siesta de ayer anunció quién sería su candidato a intendente por la Capital.

“Gaucho alvertido”

José Hernández nunca pudo imaginarse las travesuras en las que andan los políticos tucumanos, pero, no obstante, supo anticiparse cuando escribió:

Ninguno me hable de penas/ Porque yo penando vivo,/ Y naides se muestre altivo/ Aunque en el estribo esté/ Que suele quedarse a pie/ El gaucho más alvertido.

El intendente Germán Alfaro no es el gaucho Martín Fierro, precisamente, pero es respetado por su habilidad para medir tiempos y jugadas políticas. Venía de hacerle un jaque mate inesperado nada menos que a Juan Manzur cuando decidió pagar subsidios a los tucumanos que no podían costear las tarifas. Eufórico y con el pulso acelerado por la partida ganada, no la vio venir y no midió los riesgos de sentarse con el primer espadachín de Alperovich. Como el Coyote, también bajó el detonador e hizo estallar la dinamita en su misma estructura.

El intendente no es independiente de los reyes de España. Está atado a Cambiemos desde hace ya poco más de cuatro años. Ha sabido -y podido- mantener su identidad peronista y nadie le ha discutido eso, ni siquiera desde Buenos Aires. Sin embargo, su encuentro se desenvolvió como si no formara parte de un equipo de trabajo. Antes, en la misma semana, Alfaro hasta había sido duro con el mismísimo presidente de la Nación. Más allá de sus disidencias ideológicas, el intendente sigue dentro del mismo espacio y ni a José Cano ni a Domingo Amaya, que mantienen aceitadas relaciones con la Casa Rosada, les debe haber caído bien las críticas del hombre de Villa Amalia. Los radicales están asombrados con las prerrogativas que tiene el intendente. A él se le permite conceder los “acoples” que quiera y hasta exigir lugares específicos en las listas de candidatos del interior. Pero cuando se enteraron del encuentro sintieron que era la la gota que derramaba el vaso y lo calificaron como una reunión en “en grado de tentativa de traición”.

De la desopilante reunión no salieron ganadores. Los dos sabían que trascendería el encuentro y que era imposible un acuerdo. Por lo tanto, sólo hubo perdedores.

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