“Game of Thrones”: el fin de la telenovela perfecta

Irresistible, como todo cóctel en el que se mezclan amor, poder, sexo, traición y muerte, GOT deja un legado por demás poderoso.

14 Abr 2019 Por Guillermo Monti
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Todo esto es “Game of Thrones” (a partir de aquí GOT):

- El abrazo definitivo entre un modelo televisivo que se despide (el estreno semanal de cada capítulo, al que se espera como maná en el desierto) y el que impuso el streaming (el binge-watching, la posibilidad de ver todo de una vez, como un atracón al que le cabe un término más deportivo: maratón). Ya no vemos series; las maratoneamos. Terminar una temporada equivale a cruzar una meta y entonces el disfrute se convierte en desafío: urge llegar como sea. Hay mucho de masoquismo en esto: sufrir horas de sueño perdido para gozar con un desenlace. Por eso odiamos los cliffhangers, esos falsos epílogos en los que nada se resuelve. Un hachazo al placer.

- Porque GOT es un poco de las dos cosas. TV a la antigua, al obligarnos a aguardar la noche del domingo para descubrir cómo sigue la historia. Y TV moderna, desde que esa historia se derrama en un sinfín de plataformas y formatos y se repite como un loop, capaz de atacarnos en cualquier momento y en cualquier lugar. GOT persigue a sus fans y a quienes no lo son cuando se inmiscuye en la vida diaria con forma, por ejemplo, de meme. Entonces hay un retazo de GOT -como de Los Simpsons- para explicar lo que nos pasa. Y, por lo general, para reirnos de eso.

- El cine cruzó la historia del siglo XX anclado en el imaginario colectivo, pero su inserción en la cultura popular es cosa de los 70, mérito del “Tiburón” de Steven Spielberg y de la “Star Wars” de George Lucas. Más que películas, fueron experiencias magníficamente vendidas. La TV del siglo XXI se apropió de ese principio. Más que una serie, GOT es una experiencia global.

- Entonces, lo que sucede en la pantalla es apenas la parte de un todo infinitamente más complejo. El público -solo, de a dos, en multitud- instala una camarita y se filma viendo GOT. Después, esa experiencia se comparte. La web desborda de gente participando en GOT: gritando horrorizada durante la Boda Roja, llorando a gritos la muerte de Hodor o festejando alguna venganza de Arya. Moraleja: la televisión ya no puede limitarse a generar contenidos de calidad; deben ser capaces de transmitir otra clase de sensaciones. Si no, corren el peligro de transformarse en cadáveres exquisitos.

- GOT es, finalmente, el fenómeno de la multiculturidad en su máxima expresión. La escala planetaria del fútbol no sirve como medida porque la final del Mundial se ve con la camiseta puesta en cada geografía. Por más que Messi o Cristiano Ronaldo sean ídolos globales, el fútbol no se decodifica de la misma manera en Argentina que en la India. El fan de GOT es el mismo en Australia, en Japón, en Europa, en Estados Unidos y en Tucumán. Todos siguen los mismos podcasts, a los mismos youtubers, el mismo fan fiction. Por eso piensan parecido y reaccionan parecido. GOT -como la vida misma- deriva entonces en una construcción colectiva que se retroalimenta con aportes desde cualquier latitud. Numerosos libros y análisis académicos dan cuenta de esto que nos está pasando. Y de lo que viene, claro.

- GOT toca fibras profundísimas y eso es porque más allá de los dragones, de la impronta medieval tan afín a “El señor de los anillos” y del costado sobrenatural encarnado por los caminantes blancos, por encima de la mirada sociológica -interesante o de cuarta-, dejando de lado -o colocando en segundo plano- todo esto-, GOT es un extraordinario melodrama. GOT es la telenovela más cara, impactante e irresistible de todos los tiempos. Esto es lo maravilloso y, a la vez, lo inconfesable por quienes jamás se declararían fans de una telenovela. Más que un juego de tronos, GOT es un laberinto de pasiones (título, obvio, de una telenovela). En GOT hay amores, traiciones, sexo, humillaciones, venganzas, incesto y redenciones. Lo poéticamente bello enfrentado a lo diferente y repulsivo. Lo estándar y lo exótico. Son montescos y capuletos enredados en la cama o a lomo de algún dragón. En GOT se lucha por el poder, pero se lucha con amor o con la rabia de quien perdió ese amor. Familias enfrentadas hacia adentro y hacia afuera. ¡Hasta cruzadas religiosas! Y en el medio, un enano genial. Lo dicho: la telenovela perfecta.

- La cuestión es cómo HBO cuenta esto. Sagas como la firmada por George R.R. Martin (e inconclusa, agreguemos) hay muchas. Los principales ganadores del juego de tronos no son Jon ni Daenerys, sino David Benioff y D.B.Weiss, quienes se jugaron su carrera convenciendo a HBO de que valía la pena gastar una montaña de dinero en GOT. Porque podía ser un fracaso, aunque hoy suene imposible. Ambos acertaron con el tono del relato, con el elenco, con los directores, con las locaciones y con la decisión de escindir su historia de la que narran los libros, para frustración de los puristas. Lo que consiguieron Benioff y Weiss fue leer correctamente al público y a la época. La palabra apropiada es alemana: Zeitgeist. GOT, tan lejana en su puesta en escena y en su artificio, supo capturar el espíritu de este tiempo. Benioff y Weiss elevaron al showrunner (el que conduce una serie como un proyecto integral) a una categoría superior. Netflix les paga fortunas a los showrunners.

- ¿Qué hará el mundo sin GOT? HBO exprimirá a la gallina de los huevos de platino, aunque con cuidado. No hará cinco spin-offs, sino uno (“La larga noche”, ambientada miles de años antes de los sucesos de GOT). La competencia baraja sus cartas. Astuta, Disney lanzó el tráiler de la nueva Star Wars 48 horas antes del estreno de GOT, como para robar parte de la atención. Netflix está guardando sus mejores shows originales, a la espera de la tormenta perfecta: el lanzamiento de las plataformas de streaming de Apple y de Disney. Pero ¿habrá una nueva GOT, una producción a la altura del oropel de serie más impactante de todos los tiempos? La televisión, como los Lannister, siempre paga sus deudas.

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