De regreso a la lucha armada

13 Abr 2019 Por Federico Türpe
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“La única salida que tiene Tucumán es la lucha armada”. Esta fue la provocadora respuesta que dimos el año pasado durante una mesa panel sobre inseguridad, realizada en la sede del Colegio de Abogados, en Barrio Sur.

Después de la exposición de los panelistas, mesa que compartimos con legisladores, abogados penalistas y especialistas en derechos humanos, se abrió la ronda de preguntas del público, en un auditorio colmado, frente a plaza Yrigoyen.

Las ponencias fueron todas coincidentes en que la mal llamada inseguridad -en realidad es una tragedia social- ya alcanzó niveles alarmantes, de estado de emergencia. De hecho, rige en la provincia una ley de emergencia en seguridad desde septiembre de 2016, decretada por el gobernador Juan Manzur y ratificada luego por la Legislatura.

Los panelistas coincidimos en que la inseguridad es un problema multicausal, de complejísima resolución, en el que intervienen factores sociales como pobreza extrema, desigualdad, exclusión, adicciones y narcotráfico, concentración de la riqueza, falta de educación pavorosa, masivo irrespeto a las leyes, intolerancia y violencia creciente, en un contexto de una sociedad que fomenta el consumismo y la ostentación, el individualismo, el materialismo, la codicia, el facilismo y el atajo, y el poco apego al esfuerzo.

Individuos adictos, sin educación, con carencias extremas, con familias desmembradas o directamente sin familias, abandonados en el mundo, que sobreviven en barrios excluidos y deprimentes, a los que encima se les refriega en el rostro la fortuna ajena, y a los que se les enseña que el único camino para salir de la miseria y hacerse de esos lujosos bienes, que pasan por sus narices, es arrebatarlos de golpe.

Con sólo unas horas de TV, un adolescente careciente y deseante ya aprende que, en su situación extrema, es más redituable robar que estudiar o trabajar. Rápido y efectivo. Que el riesgo sea alto no es un condicionante para alguien que vive en el barro, al límite de la tolerancia.

Gente sin ninguna proyección a largo plazo, porque no sabe y no puede imaginarlo, en hogares detonados, con niños que lloran de hambre todo el día y no dejan dormir de noche. Casas sin descanso, sin alimento, sin trabajo, sin ejemplos donde mirarse y, en definitiva, sin futuro (aunque algunos ahora digan que lo están cuidando).

Quizás, por el profundo desánimo que dejaron las ponencias, alguien del público, acorralado, preguntó: ¿y cómo sale Tucumán de esto?

Todos con chaleco

La metáfora de la lucha armada fue sólo un disparador, un gatillo para despertar a la audiencia, para empujar a la reflexión. Tras unos segundos de incómodo silencio, y una vez cumplido el cometido de la provocación, de sacudir y hacer reaccionar a los oyentes, aclaramos que se trataba de una metáfora, además de imposible aplicación.

Por un lado, porque a nuestros funcionarios no les entran las balas (risas) y por otro, ya más en serio, porque la lucha armada ya está declarada, hace años en Tucumán.

O acaso un asesinato cada dos días no nos pone cabalmente ante una situación de lucha armada, en donde caen abatidos buenos y malos, víctimas y delincuentes.

En este dramático concierto de sangre, de continuar la tendencia -y todo muestra que no dejará de crecer- vamos a terminar 2019 con casi 200 homicidios, lo que sería el año más violento en la historia moderna de la provincia, excepto los años 1976, 77 y 78, de la última dictadura.

Es decir, y sabemos que las comparaciones son detestables, que sólo en una dictadura sanguinaria hubo más fusilamientos que ahora en Tucumán.

Con el angustioso agravante de que la mayoría de los muertos en la década del 70, según el informe de la Conadep, tenía entre 20 y 29 años, mientras que hoy el grueso de las víctimas son menores de 20 años, cuando no adolescentes y hasta niños.

Aunque en contextos muy diferentes, la violencia actual no sólo que también es política, sino que es principalmente de origen político. Casi medio siglo de fracasos en políticas económicas, de descalabros en políticas sociales, de fallas en políticas distributivas, de burocracia y corrupción en políticas laborales y sindicales, de dislates mundiales en políticas fiscales, de profundas injusticias en políticas previsionales… Y así podemos seguir un largo rato, hasta llegar a la madre de todas las políticas, la política partidaria, prebendaria, clientelar, deshonesta, corrupta, al servicio del enriquecimiento de unos cuantos y en desmedro de los sectores más débiles.

Una sociedad que observa anestesiada cómo la política partidaria secuestró al Estado, y a fuerza de nombramientos indiscriminados e irresponsables y de la apropiación de fondos públicos insondables, subvenciona decena de pymes, también llamadas sublemas, acoples, bancas, asesorías...

Una sociedad que mira impávida como la Justicia esconde durante años expedientes de causas por corrupción y es condescendiente y cómplice de estas pymes del saqueo estatal, mientras a su vez fracasa en todos los frentes por falta de recursos. Dinero que se desvía hacia la Legislatura per cápita más costosa del país y hacia poderes ejecutivos provincial, municipales y comunales macrocefálicos, atestados de parientes, amigos y todo tipo de “desocupados” encubiertos, al servicio del jefe de turno.

Aquí germina el verdadero fraude electoral, no en las urnas, como recurrente y erróneamente se denuncia.

El fraude que no existió

En 2015, el aceitado y súper profesional aparato comunicacional del PRO/Cambiemos logró instalar, con la ayuda de la polémica Cambridge Analytica, acciones luego reconocidas en 2018 ante el parlamento británico por la propia empresa, la idea de que en las elecciones tucumanas había triunfado el fraude.

Campaña que se utilizó vilmente contra el peronismo en las presidenciales, con tanto éxito que aún hoy mucha gente piensa que Manzur ganó gracias a un fraude electoral, e incluso no poca gente piensa, erróneamente, que las famosas urnas quemadas en Tucumán fueron obra del peronismo y no parte de una interna del radicalismo.

Cambiemos no colaboró en dilucidar el verdadero fraude electoral, sino que aportó confusión, ya que las irregularidades en las urnas, que sí existieron, estuvieron muy lejos de la escala necesaria para dar vuelta un resultado.

El fraude, como en las próximas elecciones de junio, ya está consumado de antemano, como en todos los comicios desde que se implementó la Ley de Sublemas, con la reforma constitucional de 1990, con la complicidad de todos los partidos, principalmente del bussismo, que viene siendo funcional y pieza imprescindible en esta puesta en escena electoral.

Sistema de lemas que explotó obscenamente en el mirandismo -orgía alperovichista mediante, con la creación del festival de acoples gracias a supuestos sobornos- para terminar siendo el cabaret de pymes que funciona hoy, con dinero de esos tucumanos que asesinan cada dos días.

A este fraude maquillado se le suma el fenomenal aparato de la administración pública, con 120.000 empleados reconocidos -la Legislatura se niega sistemáticamente a informar cuántos tiene, que multiplicados por los miembros en condición de votar de cada familia, todo aquel que gobierna se asegura un considerable colchón de votos en su territorio.

Después del escándalo de agosto de 2015, magullado y con la cara pintada de moretones, Manzur salió a prometer institucionalidad, transparencia y una reforma política imprescindible para sacar a Tucumán de la profunda decadencia. Manzur no dijo la verdad. No sólo no hizo la reforma que prometió, sino que aceitó más aún todos los resortes del clientelismo y del saqueo sistemático al Estado.

La lucha armada está declarada en las calles, no como esas tantas que desangraron y arruinaron al país a lo largo del Siglo XX, pero igual de cruenta para toda esa gente que es víctima de la violencia social todos los días, a toda hora, en cada rincón de Tucumán.

Violencia que se ha contagiado a varios otros órdenes de la vida, incluso entre los sectores más educados. Esto puede verse en la furia del tránsito desquiciado, en la agresividad en las escuelas, oficinas públicas, empresas, en el atropello cotidiano, en la falta de solidaridad, en la furia con que tratamos a nuestras ciudades, rompiéndolas, ensuciándolas, depredándolas.

“Cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento”, sostuvo en 1973 Juan Domingo Perón. Un general que seguramente no conocía bien a los tucumanos, un pueblo que parece no escarmentar nunca.

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