Los basurales que se esparcen por la ciudad

12 Abr 2019 Por LA GACETA

De algún modo, refleja un penoso acto de generosidad hacia el prójimo de dar lo que le sobra o lo que no sirve. Se trata quizás de sacarse de encima todo lo que incomoda o está de más y arrojar en ese espacio que es de todos y de nadie al mismo tiempo. La basura bien podría ser una de las marcas registradas de Tucumán. Se la puede hallar a diario en todas partes. Los basurales no son, por cierto, motivo de orgullo, sino más bien son sinónimo de atraso, de ignorancia, de falta de respeto por el prójimo y por uno mismo.

Hace pocos días divulgamos parte de un relevamiento de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Tucumán en el que se indica que hay 483 basurales en el área metropolitana: 33 depósitos de desechos de tamaños mayores (superficie de 500 metros cuadrados en adelante, casi media cuadra), 150 medianos (20 m2) y 300 menores (dos m2). Los de mayor tamaño se ubican en la periferia de San Miguel de Tucumán, en la avenida de Circunvalación y sobre los márgenes del río Salí, mientras que la mayoría de los más pequeños se esparcen en la ciudad.

El basural que se halla en Italia y Thames desde hace más de un año, es un ejemplo. Los vecinos más cercanos que padecen los olores nauseabundos y las alimañas, aseguran que los responsables de alimentar el vaciadero provienen del barrio Juan XXIII; otros sostienen que son los vecinos de la misma cuadra y también se culpabiliza a conductores desaprensivos que tiran desde sus vehículos la basura. “El problema está en que el camión recolector no pasa seguido, y cuando pasa no levanta la basura que está en la puerta de las casas, sino que hace una sola parada: el basural de la esquina”, sostiene otro residente. El secretario municipal de Servicios Públicos aseguró que la basura de la esquina de esa ochava se levanta permanentemente y que intentaron instalar un contenedor grande pero los vecinos se opusieron. Anunció que la Municipalidad lanzará en breve la Agencia de Protección de Espacios Públicos, que contará con 30 camionetas y tendrá como misión monitorear el cuidado de calles, parques y plazas.

La ley N° 7883/07 establece sanciones a quienes contribuyen a alimentar los basurales a cielo abierto. Se faculta a la Policía a controlar el traslado y el depósito de residuos. Es decir que la herramienta legal está vigente, pero al parecer, no sucede lo mismo con su acatamiento: a lo largo 12 años, no se conoce que haya habido multas severas por este motivo.

Evidentemente, estamos frente a un problema de falta de educación, de analfabetismo cívico. Alguien que arroja basura donde no debe, no solo le está faltando el respeto a sus vecinos, sino que está violando la ley. Suele ocurrir que, por lo general, los responsables de la vida de un basural son de otros barrios, o el camión recolector de basura. Sería interesante, por ejemplo, si los vecinos de la Italia y la Thames se reunieran y acordaran hacer algo en conjunto para erradicar el vaciadero. Es cierto que la autoridad está obligada a dar respuestas a los problemas, pero los ciudadanos tienen que colaborar.

La orfandad cívica de una buena parte de nuestra sociedad nos está indicando que hay que volver a sembrar las normas de convivencia social en la educación temprana si queremos cambiar una mala conducta crónica que nos llevará a convertirnos en El Jardín de la Basura.

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