En el Día de la Danza conocé a Joel Ríos, el bailarín tucumano que se destaca en el país

Tiene 22 años y llegó a estudiar en el Teatro Colón. Una historia de superación y lucha contra los prejuicios.

29 Abr 2019

Se abre el telón, las luces encandilan al público, en el aire se respira danza, la música clásica silencia los murmullos. Sobre el escenario, entre los bailarines, Joel Ríos, un joven tucumano no dimensiona que su vida va a dar un giro para siempre. Estallan los aplausos. “Acá quiero estar el resto de mi vida”, piensa Joel, convencido de que ese será el comienzo de su carrera.

Su historia con el baile, sin embargo, no empezó ahí, ni fue tan fácil. Sus primeros pasos en el mundo artístico fueron a los 13 años cuando Iván Ríos, su papá, decidió mandarlo a clases de ballet. Los prejuicios y las burlas llevaron a que en ese momento Joel decidiera abandonar el baile y en cambio continuar con el voley, deporte al que se dedicaba y con el que soñaba para su futuro. A pesar de estar (casi) convencido de que el voley era lo suyo, su papá nunca dejó de insistir. Muy pronto, cambió el vuelo de la pelota, la red y los saltos por otra clase de vuelo: el ballet. “(Bailar) es de lo único de lo que estoy totalmente seguro”, afirma hoy, 9 años después.

En su paso por la Facultad de Artes, Joel estudió Danza Contemporánea y conoció a su primer maestro, Rodolfo Rodríguez, quien lo preparó para ingresar al Curso de Varones del Instituto del Teatro Colón. Este año su vida va a dar un nuevo giro cuando el 11 de febrero vuele nuevamente hacia sus sueños en el Noreste argentino para formar parte del Ballet de Misiones y así empezar su camino profesional. Si bien desarrollarse como artista en otras provincias significa un gran desafío, Joel no deja de soñar con darle un poco de su talento a Tucumán: “poder desarrollarme acá y que mi gente pueda ver lo que estoy haciendo. Eso, la verdad, me llenaría el alma”, sostiene.

La vida del bailarín es muy sacrificada: una rutina cargada de horarios divididos entre ensayos, clases y entrenamientos, con una gran exigencia mental y física donde el cuerpo tiene que aguantar dolores extremos y lesiones. Sin embargo, no son obstáculos cuando el baile realmente apasiona. “Es tan hermoso lo que se siente al ser bailarín que eso te alivia todo lo demás”, resume Joel, de visita en su provincia natal.  

“Cuando bailo y estoy frente al público, en el escenario, en un teatro, yo lo que siento es libertad”, sostiene. 

El que habla es un Joel diferente, al que la danza le cambió la vida. Los prejuicios que antes le afectaban, hoy son una etapa superada, en gran medida, gracias al baile. En cuanto a su futuro, Joel seguirá persiguiendo sus sueños y proyecta en algún momento convertirse en maestro “Me encantaría transmitirles lo que yo sentí a los jóvenes, a los nuevos bailarines, a los soñadores”, finaliza.

El telón se cierra, las luces se apagan, pero la piel sigue erizada, los músculos tensos, el aire contenido. Joel sigue flotando, volando sin mover nada. “Es la forma más pura para mí de decirte: así soy yo”, resume hoy, cuando recuerda ese momento. 

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