La educación de adultos y la inclusión social

08 Ene 2019

Es fundamental para el desarrollo del ser humano, para el progreso de una sociedad. “Donde hay educación no hay distinción de clases”, sostenía el sabio chino Confucio. La socióloga española Concepción Arenal decía: “Abrid escuelas y se cerraran cárceles”. Pese a los grandes avances en diversos campos de la ciencia y la tecnología, que han acontecido en los últimos 50 años, aún no ha podido el analfabetismo, especialmente el de los adultos.

En 2013, un informe de la Unesco indicaba que el 23% de la población adulta mundial era incapaz de leer, escribir o realizar operaciones matemáticas elementales y señalaba que la enseñanza para jóvenes y personas mayores carecía de la necesaria vinculación con el mundo del trabajo. En 2017, Irina Bokova, directora general de ese organismo, afirmó que había aún 758 millones de adultos -incluyendo a 115 millones de personas entre 15 y 24 años de edad- que no podían leer o escribir una frase sencilla. “Lograr el dominio de la alfabetización y otras competencias sigue siendo una gran prioridad en la mayoría de los países, independientemente de su nivel de ingresos. La desigualdad entre los sexos constituye otra gran preocupación. La mayoría de los excluidos de la escuela son niñas: 9,7% de las niñas del mundo no están escolarizadas, comparado con 8,3% de los niños. Asimismo, la mayoría de los adultos (63%) con un bajo nivel de competencias en alfabetización son mujeres. La educación es vital para los derechos humanos y la dignidad, y es un vector de empoderamiento”, sostuvo la funcionaria búlgara.

De acuerdo con el último informe del Instituto de Estadísticas de la Unesco, divulgado en septiembre pasado, de las más de 630 millones de personas que viven en América Latina y el Caribe, unas 32 millones son analfabetas. Esto representa aproximadamente el 4% de la población analfabeta del mundo.

El último censo nacional de 2010 reveló que en el país eran 268.897 los adultos con más de 60 años que habían alcanzado el nivel universitario completo. De esa cifra, 149.036 eran hombres y 119.861, mujeres. No parecieran ser demasiados en una población general de 40.117.096 habitantes. Y aunque la Argentina está considerada una nación “libre de analfabetismo”, con un 1,9% de personas que no saben leer ni escribir, una estadística, señala que en el país ascienden a 5,4 millones las personas que no terminaron la escuela media y a 3,7 millones que no completaron la primaria. Sobre un total de 26 millones de personas mayores de 15 años, 961.632 no cuentan con ninguna instrucción.

El analfabetismo está fuertemente relacionado con la pobreza y es una de las causas del auge de la delincuencia, de la droga y la violencia. Una persona sin instrucción no tiene posibilidades de conseguir un empleo digno. Un relevamiento profundo por las zonas marginales probablemente mostraría que muchos adultos mayores son analfabetos, que difícilmente puedan estimular a sus hijos a que estudien. Tanto unos como otros, son blancos fáciles de los mercaderes de la droga.

En alguna otra oportunidad, hemos señalado la importancia de educar in situ a los adultos mayores que se hallan en situación de exclusión social. Difícilmente, ellos, por cuenta propia vayan a la escuela, entonces es el Estado el que debe ir a su encuentro. A mayor educación, menos miseria y más dignidad.

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