La Pampa de Babel

Por Daniel Ahualli.

08 Ene 2019
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Cuando la incipiente Humanidad posdiluviana quiso aquerenciarse y construir civilización, se dijo: “Edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos así famosos y no andemos más dispersos sobre la faz de la Tierra”. El celoso dios Yahvé, inquieto por las peligrosas ocurrencias humanas, pensó: “He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua; siendo este el principio de sus empresas, nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros”. Luego de la barahúnda llego el abandono de la empresa colectiva y la dispersión. Ganaron fama pero como paradigma negativo. Pareciera que este arcaico mito mesopotámico fuese el libreto inspirador de alguna malvada pandilla para mantenernos en un continuo desasosiego confrontativo, siempre a un tilín del estallido social y con la sensación inevitable de que somos apenas los prescindibles cuidadores de las riquezas del país.

En la mitología griega Eris es la personificación de la discordia. La de la Guerra de Troya. La gran zapadora de zanjas y grietas, hoy nos obliga a comer esta ominosa manzana todos los días y a todas horas. La Discordia tiene pavorosos parentescos en la genealogía clásica siendo madre de la Pena, el Dolor, los Odios, las Disputas, las Mentiras, las Matanzas, la Ruina y también la Disnomia , que encarna al desorden civil y la ilegalidad. No recuerdo sociedad en el mundo que haya sobrevivido al vértigo perpetuo al que nos someten todo tipo de colectivos de minorías y otras disonancias criadas por el kirchnerismo y engordadas por este gobierno que busca focos de distracción y división a como dé lugar mientras hacen la plancha sobre barriles de pólvora . Veganos apedreando parrilladas es una glosa ejemplar del grotesco nacional, la vírgula del absurdo. Piqueteros cortando calles por cualquier excusa, impidiendo que los contribuyentes se desplacen a sus trabajos para que de sus ganancias saquen para los planes de los mismos protestones. Ménades enloquecidas profanando templos e instituciones al clamor de ‘muera el patriarcado’. Barbaros pintojos de rojo y negro arrasando bienes públicos. Malones en el siglo XXI. Salteadores de caminos arrebatando vidas para lograr su magro botín de telefonía. Ellos también son consumistas, pero no tienen tarjetas de crédito. La televisión les grita constantemente lo que no son, lo que no tienen. Los demiurgos trenzan elementos gramscianos con conspiraciones pérfidas ofreciéndonos un chinchulin emponzoñado en la bandeja reluciente de plata democrática.

Nos plantan una guerra de géneros trascartón del tema más odioso de la agenda social que fue el del aborto. Barras bravas de furia tártara obligando a cambiar la agenda continental. Si a este carnaval del instinto le agregamos las mafias enquistadas más el narcotráfico y sus idiotizados usuarios el desquicio es total. La granja electoral criada por los políticos algún día ha de rebelarse con el apoyo o indiferencia de la clase media.

El cliché actual más repetido es ‘tenemos un país inviable’. En ese marco los padres de la agobiada clase media ya planifican resignados el exilio de sus hijos. De seguir así en esta anomia suicida en el país solo quedaran los ancianos, el tercio de la población que es pobre y el cien por ciento de los pillos que nos empobrecieron, la neo oligarquía.

En la antigua Grecia los sicofantes eran sofistas pagados para denunciar o calumniar a cualquier ciudadano. Los modernos panelistas y ciertos periodistas son el megáfono de la Discordia, hijos putativos de esta. Sea por rating o por puro oficio de sicofante no mezquinan títulos catástrofes carboneando más el horno social mientras sacuden orondos sus egos como un banderín pidiendo más atención o más paga. La lucha es por el triunfo retórico, jamás por la verdad.

Adolescentes y adultos con las bocas como cenefas goteando el lenguaje inclusivo solo prometen más decadencia y caos. La estulticia en triunfo.

La confusión es grande y fue creada desde arriba. Argentina está agotando su fuerza vital gracias a la dirigencia que pareciera haber jurado ante Mammon defender sus vidas hasta perder la patria.

Es un país donde todos queremos comer asado pero nadie se atreve a carnear la vaca. Y cuando un guapo aparece, los estetas de lo políticamente correcto objetan desde con cual mano el guapo quiere hacer la faena hasta del color de sus ropas.

Argentina es viable, pero desde el orden. Nuestra épica debe ser lograr la Unión antes que nada. Atar a la Discordia con alambres y cocerle la boca. Convertir las zanjas en cimientos y cerrar las grietas con la piadosa mezcla de la sabiduría y la tolerancia. La Unión siempre es la Fuerza.

Desmalecemos de tanto yuyo ideológico los pilares absolutos que nos permitirán ser una nación con prestancia en un país que desde el orden, el talento y la virtud cívica volverá a renacer con la fuerza y belleza de un Fénix.

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