De la actuación a la escritura

Los conocidos actores publicaron sus primeras novelas este año. Gonzalo Heredia es autor de Construcción de la Mentira (Alto Pogo), donde el protagonista es un actor que se transforma en víctima de su propio juego de máscaras al punto de dudar de su identidad. Gustavo “Peto” Menahem, en La vida perfecta (Planeta), pone en escena a dos hermanos enfrentados en espejo: uno exitoso, el otro, depresivo.

09 Sep 2018
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Por Karina Ocampo

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

Publicaron su primera novela mientras compartían funciones de la obra Perfectos desconocidos, un éxito del cine italiano a nivel mundial de Paolo Genovese (2016) que Guillermo Francella, como director, llevó al teatro en Buenos Aires y que plantea el conflicto que puede resultar de un grupo de amigos que se juntan y deciden, como juego, compartir todos los mensajes y llamadas que les lleguen durante la cena.

Gonzalo Heredia (36) supo que el mundo se le desplegaba fuera de los límites del taller mecánico de su padre en Munro, a los 14 años, cuando leyó El Túnel y comenzó a buscar libros con una voracidad que lo llevó a explorar otros terrenos, que desembocaron en la actuación. Con una carrera exitosa, que empezó a los 22 años, alimentó a la par una producción literaria que creció casi en secreto, en solitario y en talleres, y decantó con el tiempo. Hoy en su presente combina su carrera con columnas sobre libros en dos radios, y tiene una participación activa en la cuenta de Instagram @lagenteandaleyendo donde comparte su pasión por la lectura.

Peto Menahem (48) se formó en el teatro con Agustín Alezzo y Raúl Serrano pero tiene mucho de autodidacta; así escribió monólogos y guiones, y aprendió a tocar la guitarra, al punto de tener dos bandas con las que tuvo presentaciones en vivo. No se considera comediante pero la mirada humorística, y a veces cínica, brota casi sin buscarlo, como un escudo frente a la angustia que provoca la muerte. Columnista de Metro y Medio (Radio Metro 95.1), su curso de antiayuda se transformó en un Manual en 2010, al que ahora se sumó el desafío de escribir su novela.

Se conocieron en la tira Lobo, en 2012, que protagonizaba Heredia junto a Vanesa González. Peto ahí, hacía de su mejor amigo. Del ocultamiento, la identidad, las apariencias y la exposición hablamos en esta entrevista donde los temas se vinculan y generan coincidencias.

- Uno cuando lee Construcción de la Mentira se pregunta quién es quién. A los escritores en general les debe molestar esa comparación permanente con la realidad.

Gonzalo Heredia: - No me molesta, yo sabía que eso iba a estar en el inconsciente del lector, empezando por si es mi vida o no, en qué me basé, si está inspirado, si la mujer del narrador es mi mujer. Es jugar con esos elementos dados, el final también, es recoger lo que puede ser la fantasía de un futuro si un personaje así, popular, escribiera una novela. Pero no es nadie y a la vez son todos. No podría haber escrito sobre los problemas del personaje si yo no los tuviera resueltos. Me hubiese enredado, no hubiese encontrado la voz, la dirección. Me interesa mucho la forma, de la novela, de la literatura. Me hallo ahí.

- ¿Y cuál fue el origen?

- Vivo con anotadores, son como boyas que voy dejando a lo largo del circuito cotidiano de mi vida. El otro día me encontré con la libreta que estaba en mi mesita de luz y me di cuenta de que había anotado muchas cosas de los sueños que las usé en Construcción de la mentira sin acordarme. Eso me da la pauta de que no es que se te ocurren, ya está dentro de tu cabeza, sedimentándose sin que te des cuenta. Hay algo que sigue trabajando aunque estés jugando al bridge.

- Lo comenzaste en el taller de la escritora Virginia Cosin.

- En 2014, hacía primero taller individual con ella. Yo escribo desde los 14, 15 años, le llevé cosas que tenía y empezamos a trabajar sobre eso, ella me enseñó a leer. Por ella he conocido a latinoamericanos, a gran parte de la ficción de la literatura norteamericana. Lo primero que escribí fue un monólogo del personaje. La imagen que tenía era el actor parado frente al público, tratando de ser verdadero y que el público le creyera que lo que estaba diciendo era en serio. Ese monólogo me resultaba atractivo, el mismo personaje mirándose al espejo solo, en la casa. Y la pregunta era si podía seguir actuando, si no podía evitarlo, para sus propios ojos, si se creería esa actuación. A partir de eso fue deshojarlo, encontrar las escenas, los personajes. También podría ser que todos los personajes estuvieran en la cabeza de este narrador, protagonista. Son, en algún punto, bastante estereotipados. La actriz que no puede dejar de actuar, el actor devoto y fundamentalista del teatro off que transa con lo comercial, pueden ser aristas del mismo personaje, en su cabeza.

- En tu caso, Peto, tengo entendido que no la hubieras escrito sino te la hubiese ofrecido la editorial. ¿No disfrutas escribir, como Gonzalo?

Peto Menahem: - Sí, disfruto mucho pero él es más metódico, a mí me gustaría ser como él en muchos sentidos. Escribo en mi cabeza y cuando tengo algo para decir que me gusta mucho, escribo. Estoy intentando cambiarlo. En realidad las cosas empiezan a gustarte cuando los dedos empiezan a pensar. Por ahora es solo la cabeza y cuando tengo un deadline ahí sí me pongo a escribir.

- ¿Cómo nació La vida perfecta?

- Cuando hacía Cómico stand up 3, con Sebastián Wainraich, había un monólogo que hablaba sobre la depresión. Era un tipo que estaba muy deprimido desde chico pero estaba acostumbrado. Los primeros recuerdos tenían que ver con un hermano gemelo, Gerardo, y había un texto casi literal de la novela, salvo que en el monólogo era gracioso y en la novela le cambié el signo. El protagonista decide alejarse del mundo y vive en su cabeza. Para mí la novela es la historia de alguien que habita en su cabeza, que no tiene contacto con nadie y en la transformación, pasa a habitar su cuerpo.

- ¿Hiciste talleres?

P. M: - Soy omnipotente y perezoso, me gusta seguir mi intuición, todos tenemos una enorme intuición y yo aprendo a escucharla. He hecho muchas cosas sin saber, pero en el caso de la novela no podría haberla terminado sin haberme encontrado con Luis Mey. Eso fue una especie de taller, nos encontrábamos una vez por mes para “pimponear”. Di con el indicado, me enseñó a confiar en mí. La primera vez que nos encontramos le conté la historia y me dijo que ya la tenía, que había que escribirla. El final cambió gracias a él; entendí que me ayudó a seguir el camino más sincero.

- ¿En qué momento lo escribieron? ¿Cómo encontraban el tiempo entre novelas, películas, obras, familia?

G. H: - No tengo un ritual, no creo en los rituales a la hora de escribir o leer, creo en hacer. Me pasó que ayer estaba parado en un semáforo y tenía algo que escribir y sabía que se iba a ir, y me quedé escribiéndolo. El de atrás se bajó del auto y todo, me reconoció y me empezó a boludear. Pero es algo que está, constantemente. Se hace difícil pero cuando aparece no lo puedo uno manejar mucho. Había cosas que tenía que leer para escribir. Por ejemplo, para la novela leí a Onetti, a Saer, Foster Wallace, Carver, Franzen.

P. M: - Fue durante dos años, uno escribiendo en la cabeza y un año en papel. Todo el tiempo hubo obras, películas, programas de televisión, radio, hijo, todo. Es largo el día, a veces duermo poco. Si tuviese conducta habría tardado menos. Me angustié mucho pero no me asusta ninguna de esas sensaciones. También me pasa en los ensayos, todos los momentos tienen algo de angustia, frustración. A mí me ayuda saber que no es muy importante lo que hago. Es un ejercicio de vanidad. En el mejor de los casos es algo que puede inspirar o hacerle mejor el día a los que sí son importantes, como un investigador del Conicet, por ejemplo.

- Encontré algunos vínculos entre las novelas y también con la obra. Por ejemplo, los protagonistas se llaman como ustedes, los dos cuentan sueños vívidos...

P. M: - ¿Viste qué loco? Cada uno en su estilo, la de él con esa mirada microscópica, ultrarrealista, los míos son más volados. Nosotros flasheamos; cuando nos encontramos a ensayar ya estábamos avanzados. En principio que las dos sean en primera persona, en presente. Después hay cosas similares, los dos quieren irse a otro lado en algún momento.

- También se vinculan a través del ocultamiento, o con el trabajo del actor de aparentar ser algo que no son.

P. M: - No, el actor trabaja de ponerle vida al personaje que escribe el autor. El rato que dura, es eso. Si aparenta, no se lo cree el espectador. Es un juego que se da entre el espectador y el actor. “Te voy a creer esta convención, vos tenés que hacerla bien”, él te da un cheque en blanco enorme, si no lo cumplís, te lo saca enseguida. En las obras se trata de eso, de ocultar. En Perfectos desconocidos también se oculta para proteger, como acto de amor, hay grises. No se puede mostrar todo a la vez, eso somos, claroscuros, eso nos hace interesantes. La exposición está un poco sobrevalorada últimamente. Todo el mundo piensa que es interesantísimo mostrar y no siempre es así, parte de la técnica de la actuación es un principio de la física: todo lo que reprimas después va a salir con más violencia. Está lo que se oculta y lo que se reprime, lo que ocultás de una mala manera. La otra es cuando decidís ocultar por determinados motivos y sin hacer fuerza. Igual en algún momento sale a la luz. Ocultar no es necesariamente malo.

- Es habitual eso de ponerse una máscara.

G. H: - Pero eso lo hacemos constantemente. Hay una parte que el personaje de Construcción de la mentira habla de Instagram que se volvió como espacio publicitario. Yo para escribir la novela leí muchas cosas; una fue La intimidad como espectáculo, de Paula Sibilia, donde habla de lo que mostramos a partir de las redes sociales, la intimidad. Y de Erving Goffman, La presentación de la persona en la sociedad. Cómo nosotros nos construimos una imagen para mostrar en un círculo social, laboral. Tenés máscaras sociales, si a eso le agregamos las redes sociales -donde yo elijo, qué contar y cómo construir- y si le agregamos que el protagonista es un actor y trabaja con todo eso, es infinito.


(c) LA GACETA


PERFIL

Peto Menahem nació en 1970, en Buenos Aires. Es actor, guionista y columnista radial. Participó, entre, otras obras teatrales , en Le Prénom y La puerta de al lado. En televisión , en Lobo, Silencios de Familia y Alma Pirata, entre otras series y comedias. En cine, en filmes como Plumíferos y Güelcom.

PERFIL

Gonzalo Heredia nació en 1982, en Buenos Aires. Estudió arte dramático con Alberto D´Ana y Carmen D´Ana; y teatro en el taller de Julio Chávez. Su popularidad se consolidó una década atrás con series y telenovelas como Socias y Valientes. Luego vendrían producciones como Malparida, Lobo y Mis amigos de siempre. Protagonizó los filmes Ronda nocturna y Felicitas.

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