Cuando lo privado se vuelve público

Lo que es de todos ha dejado de ser una cuestión casi sagrada, de orgullo y sustentada por la ética y por la moral. Por el contrario, se usa para el beneficio propio. Este sistema alimenta la corrupción y nadie se anima a cambiar.

12 Ago 2018
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El abogado tucumano Carlos Marti Coll tenía un gran enredo en su vida personal. Afrontaba un soberbio litigio con su esposa. Se tiraban con camionetas, dinero en cajas de seguridad y terminó fugado. Su mujer, Tulia, es la hermana del senador Guillermo Snopek (h) y está enamorada del gobernador de Jujuy Gerardo Morales.

Todos estos vericuetos de la vida particular de dos o más ciudadanos forman parte del ámbito privado. De las alcobas. De un lugar que está reservado a la intimidad de cada uno. Sin embargo, la impotencia ante el avasallamiento de las instituciones y, también la ambición -hoy, nadie está dispuesto a perder una moneda ni a renunciar ni a ceder- contribuyen a usar lo público en beneficio propio.

Marti Coll no dudó en contar a la prensa sus intimidades. Snopek (h) no tuvo empacho el día trascendental del debate de la despenalización del aborto y sacó al sol los trapitos de su hermana para, de paso, mostrar las miserias del gobernador Morales, quien, a la sazón, es su enemigo político.

En el mismo lodo todos manoseaos, diría Enrique Santos Discépolo.

José López, quien fuera precandidato a gobernador de los tucumanos, se sentó el viernes frente a la Justicia para decir la verdad, toda la verdad. Lo mismo que hizo cuando juró como secretario de Obras Públicas y aceptó que “Dios y la patria se lo demanden”. Ante la Justicia desafió a todos los argentinos que vimos sus virtudes actorales -y deportivas- arrojando bolsos con 9 millones de dólares en un convento. Y dijo que lo que vimos y se dijo no era así. Palabras más, palabras menos, sentenció que la plata no era de él, que era de la política (como si él no lo fuera) y que él y su familia tenían lo mismo desde hacía tiempo. Incluso ¿mintió? que lo llevaron obligado ante las monjas para dejar la plata y que tres individuos lo estaban esperando en el vehículo. La Justicia -y los argentinos- aceptamos y creemos sus palabras. Pero, por las dudas, es bueno preguntar quiénes eran esas personas y señaló que no lo iba a hacer, que no daría nombres y repitió que eran de la política y los dineros también. Es decir todos tenemos que entender que él es una víctima de la corrupción, que es un ciudadano probo.

López está seguro (como pasa a veces con algún funcionario o político que tiene más información que el ciudadano común) que todos somos más tontos que él.

López en su rocambolesco argumento recurre a sus cuestiones privadas y plantea que la suciedad está en lo público, como si él nunca hubiera pisado una oficina pública.

Todos manoseados.

Desde hace tiempo la vida pública y la vida privada se han mezclado como si fueran una misma cosa. Cristina, en su rol de Presidenta, recibía de bata y atendía cuestiones gubernamentales. Ni hablar del ex gobernador tucumano que en el patio de su casa organizaba el gabinete y a veces hasta en calzoncillos resolvía temas que exigían galera, frac y bastón. No se trata de formas, se trata de darle el valor que tiene (o debe tener) la cosa pública, que no es propia, sino de todos. Después, en los bolsillos, hasta la plata corre el riesgo de mezclarse. Las decisiones también se confunden porque elijo al amigo o al pariente y no al funcionario idóneo.

Y todos terminan en el mismo lodo.

A raíz de los cuadernos de Centeno los empresarios han empezado a visitar los tribunales federales. Se ponen el saco de inocentes privados y de sometidos del funcionario público. Mienten que sólo hicieron aportes de campaña. Se muestran impotentes porque tuvieron que ceder a la poderosa presión y lo más grave: negocian su libertad arrepentida aduciendo que si no coimeaban (“aportaban”, en lenguaje eufemístico) no iban a poder dar empleo y dejaban hambrienta a miles de familias.

Irrefutable argumento privado para justificar la corrupción pública. Los tucumanos la hemos escuchado cientos de veces, muy especialmente, en los inocentes, desprevenidos y hasta sorprendidos empresarios de la construcción que cuando la prensa les preguntaba si sabían algo de la corrupción que invadía el Instituto de la Vivienda decían que eran habladurías y exageraciones de quienes están en contra. Eso sentenciaban públicamente; mientras que en privado, reconocían que era el único sistema que les permitía construir y mantener las empresas.

Todos en el mismo lodo, manoseas.

Hace poco más de un año vivía el anterior interventor del Instituto de la Vivienda, Gustavo Durán. Debajo suyo había dos funcionarios centrales: Miguel Giménez Augier y Lucas Barrionuevo. Ellos en su vida pública argumentaban ser fundamentales trabajadores para que en haya tucumanos con hogares dignos. En la vida privada sus dineros parecieran ser mayores que los emolumentos que percibían. Así lo supuso la Justicia y hoy ambos están presos. Es decir que el IPV estaba corrompido. En el mundo de empresarios probos y funcionarios recatados del IPV dos de las cabezas de la estructura están detrás de las rejas por haber confundido lo público con lo privado. Por haber usado fondos y cuestiones públicas para favorecer a familiares o cuestiones referidas a sus negocios privados.

Cuando la corrupción estalla y sus excrementos empiezan a serpentear por las calles, en las páginas de un diario, y su olor fétido se siente en la mesa de café, todos se escandalizan. Los espectadores se agarran la cabeza como si nunca hubieran sabido nada y hasta despotrican contra quienes lo difunden y cuentan porque atacan la vida de un pobre y desdichado empresario u hombre público que se ve afectado porque se está contando lo que -en rigor de verdad- todos saben. Los hombres de dinero, en tanto callan, porque todo, según su imaginario, puede ser peor. Y niegan todo. Lo mismo hacen los funcionarios. Ambos seguramente hablan y se comunican como se contactaron a la hora de la coima. Y, vuelven a ponerse de acuerdo para despotricar contra la prensa y para acordar la mentira. Y sus jefes, a veces gobernadores, legisladores o simples amigos les advierten con sabiduría: “hay que aguantar un poco. Todo pasa rápido y la prensa se olvida”. De nuevo priorizan lo privado (que no les pase nada) sobre lo público que es de todos, pero particularmente, es su fuente de riquezas (tanto para el público como para el privado).

La incapacidad de poder separar lo público de lo privado ha desmoralizado a la sociedad. Le ha quitado la moral. Por eso un ciudadano como Norberto Oyarbide puede hacer una cosa, decir otra, bailar una música, cantar otra, y dicta sentencia aunque sepa, crea y pueda probar lo contrario. ¿Cómo hubiera sido la Argentina si los empresarios decían no en vez de aceptar la corrupción con el único afán de ganarle a su colega, a su competidor? ¿Con qué moral nos levantaríamos por las mañanas si los funcionarios hubieran cumplido con su compromiso? Utopías que han vuelto a la mesa del bar por el asco que da seguir todos en el mismo lodo manoseaos. Desde el regreso de la democracia el sistema se ha ido perfeccionando o mejor dicho deteriorándose. Los dirigentes se han ocupado de modificar cosas para que nada se modifique (los gastos de bloque, sociales o como se llamen son el mejor ejemplo). En realidad, son ellos los que debieran cambiar para que lo público esté siempre antes que lo propio o privado.

El debate

Detrás del escándalo todo sigue. Hay ridículos que dicen que los cuadernos de la corrupción hacen subir el dólar, la muerte sigue ensañada con el tránsito, la campaña 2019 ya está marcha y la inseguridad no tienen contemplaciones ni con las estatuas. En ese marco un vicepresidente como Amado Boudou escribe páginas negras. También el debate por la despenaliación del aborto se subió al montaña rusa de la política y los actores de ella no obraron diferente. Por eso un debate que debió haber encontrado el consenso terminó aferrándose a las mismas recetas. Hubo encuestas que decían que en Tucumán el 70% de los ciudadanos estaban en contra de la despenalización. Y, sorprendentemente, el gobernador, el vice y la Legislatura se volcaron en ese sentido. Lo mismo hizo a último momento el senador José Alperovich, pese a que en su círculo más íntimo pensaban diferente. Y, como se convirtió en una contienda política, hubo ganadores y perdedores. El gobernador, el vice y la senadora de Cambiemos Silvia Elías de Pérez se anotaron en ese grupo. Alperovich demoró tanto en definirse, que al igual que el diputado Facundo Garretón quedó con el mote de indeciso.

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