POLÉMICA II - Lo que la ciencia no sabe

A propósito del debate entre Alan Rush y Ricardo Grau sobre el “fundamentalismo cientificista”

12 Ago 2018

Alan Rush, profesor de Filosofía de la Ciencia en la UNT, denuncia (en la polémica publicada en LA GACETA Literaria del 29 de julio pasado) con buenas razones y pasiones, el fundamentalismo cientificista que abrazarían Lino Barañao, el Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación (otrora kirchnerista reciclado hoy en macrista) y el científico y docente tucumano Ricardo Grau (UNT/Conicet). El argumento de más peso que dispara Rush es que el “fundamentalismo cientificista” de Barañao y Grau no trepida en asociarse a emprendimientos transgénicos y megamineros, entre otros negocios tóxicos, que son “nocivos para el ambiente y la salud humana”.

El mentado Ricardo Grau es “hermano del delegado de la UNT ante Minera la Alumbrera” (Alfredo Grau, otro científico tucumano), confiesa que aceptaría ese feo mote de “fundamentalista cientificista” si este es definido como “la costumbre de contrastar dichos con datos”; y desde allí se lanza en un fervoroso apostolado cientificista, o tecnocientificista, a cantar loas de todos estos logros cientificistas (el término es usado por el propio Grau), para decir que éste cientificismo “evalúa observando el agua, el aire, los ecosistemas y la salud, y relacionando esos impactos con los beneficios de la actividad”.

Néstor Grau, padre de los aludidos científicos tucumanos Ricardo y Alfredo, fue un profesor de filosofía que encendió en muchos de nosotros el amor por la filosofía; y en ese lance nos enseñó a amar la figura de Sócrates y su sabiduría aquilatada en saber que no sabía nada. Testimonios filosóficos geniales contemporáneos de esta huella socrática son Henri Bergson y Ludwig Wittgenstein, quienes enseñaron, cada uno a su modo, que hay algo esencial, lo más importante y primordial, y esto es la vida vivida por cada viviente; algo que la ciencia no sabe. De la vida la ciencia no sabe nada. En esta polémica Rush-Grau, simpatizo más con la posición más pasional y vital del filósofo de la ciencia que con la del cientificista, de todos modos creo que esta docta ignorancia socrática alcanzaría quizá a suturar los labios de esta grieta “científica”, que no acierta a saber lo fundamental: lo que la ciencia no sabe; la vida misma.

Mihel Henry es un filósofo francés que afirma como la única filosofía verdadera la de la Fenomenología de la Vida; entendida esta como fenomenología material, radical, pura y absoluta. Su tesis es que “lo que se siente en uno mismo, inmediatamente, interiormente, lo llamamos subjetividad o, también, la vida. Pero no la vida biológica, sino la vida en el sentido que cada uno de nosotros damos a esta palabra. Y todo el mundo, añade, sabe qué es la vida, y lo sabe porque la vida se sabe a sí misma, se experimenta interiormente, de manera inmediata. Interiormente. Fuera del mundo de la luz; fuera de la representación; sabemos que vivimos desde la intimidad de lo que sentimos; en lo invisible. ¿Quién ha visto jamás su vida, su enojo, su alegría, su angustia? Y, sin embargo, estas determinaciones invisibles son lo más cierto que existe. He aquí, pues, lo que la ciencia no sabe: nuestra vida, dice Henry. Saber con certeza absoluta que estamos vivos es el primero de todos los saberes; el más esencial, el que presupone todos los demás. Porque todos los saberes a través de los cuales conocemos el mundo (ya se trate del mundo sensible o del mundo de las idealidades geométrico-matemáticas), es decir, ver, oír, sentir, comprender, no existirían si, ante todo, no estuviésemos vivos, si no experimentásemos íntimamente el estar viviendo. Cuando vemos, oímos, gustamos, o comprendemos algo sabemos lo que todo el mundo sabe, y la ciencia ignora, sabemos que estamos vivos. Es el único saber absoluto del que somos capaces; y eso, la ciencia no lo sabe.

© LA GACETA

RAMÓN E. RUIZ PESCE

PROFESOR EBN FILOSOFÍA DE LA UNT

TUCUMÁN

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