San Juan-Moscú, en bicicleta

Tras una crisis personal hace seis años, el cuyano Matías Amaya empezó a pedalear uniendo continentes y terminó en el Mundial

13 Jun 2018
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LA BICI Y LOS DATOS. Amaya posa con su información de contacto y su “amiga”. LA GACETA / FOTO DE LEO NOLI (ENVIADO ESPECIAL)

Entre tantos grupos que curiosos que se arman, entre tantas fotos de cortesía, entre tantos abrazos y besos de compromiso, en una pequeña parte de la acera de una de las principales arterias turísticas de Moscú, un monumento rodante se roba la atención de la mayoría de quienes los cortan con su paso fiestero.

Si uno es medio chicato no notará que lo que sostiene tantas banderas, zapatitos de bebés, fotografías, cachivaches y carteles varios es una bicicleta. Su dueño es argentino, nacido en San Juan y se llama Matías Amaya, la estrella de un día movido en el cada uno de los comensales que se topó con él quiso llevarse una tajada de su historia.

“Maty” se ha involucrado en una cruzada personal que ya lleva seis años. Todo comenzó en 2012. La crisis económica argentina le pegó tan fuerte que lo desnudó por completo. “Perdí mi trabajo, mi casa, mi auto, a la mujer que estaba conmigo. Me dejó”. Esta parte de su historia fantástica, la dramática que lo movilizó a subirse a la bicicleta, pocos las conocen. “No la cuento mucho”, reconoce. “Es algo dolorosa”, repite. Pero a partir del dolor Matías fue construyendo una vida increíble, siempre con la bicicleta como socia y compañera de aventuras.

“Cuando pasó lo que pasó, hablé con mis padres y les dije que necesitaba tomarme 15 o 20 días para limpiar mi cabeza”. Esos 20 días se convirtieron en su boleto de salida casi para siempre del país. No volvió a su San Juan natal desde la primer y única despedida. Es más, cuando la cosa pinta brava, porque pinta así y seguido, Matías se aferra a fotos carnets de sus familiares que lleva pegadas en un bolsito sobre el cuadro de su bici.

“Lo hago por ellos, cuando creo que ya no puedo. Por mi papá, mi mamá, mis hermanos”, ahí se le nota el orgullo a este hombre que ya pasó los 30 años y que se acostumbró a vivir casi del aire. “Con cuatro, cinco, a lo sumo siete euros por día”, comenta. Amaya recibe donaciones de quienes lo saludan. “Es libre la gente de hacerlo, si quiere”. Su forma de agradecer la colaboración es mostrando fotos de lo que ha sido esta gira que por ahora no tiene fin. ¿O sí? “A la Argentina no vuelvo, por lo menos hasta dentro de seis años”.

Cuando tomó la decisión de limpiarse la cabeza y el alma pedaleando, Matías lo hizo con tanta intensidad que se pasó un año y medio recorriendo Sudamérica.

“En ese tiempo que le dije a mis padres que necesitaba viajar para aclarar mi cabeza, fui conociendo familias y culturas que son muy felices con poco y que encima lo compartían conmigo”, la solidaridad del desconocido que le abrió las puertas de su casa fue el detonante final para que Amaya jamás pensara en regresar.

Llegó a Brasil en pleno Mundial de 2014, y sin querer queriendo se puso un nuevo objetivo. “El fútbol me gusta y en Brasil pude sentir la pasión que se vivía en la calle. Entonces me dije: ‘por qué no ir a Rusia 2018, total tengo tiempo’”, dicho y hecho. Hace unos días llegó a Moscú, convirtiéndose en el mortal que no fue a jugar a la pelota ni vino por el título de campeón del Mundo pero que se ganó el amor de todos.

“Siempre vemos lo que tiene el otro y no lo que tenemos nosotros en casa. Mi mensaje es, cuando se quiere, se puede. Lo imposible solo cuesta un poquito más. Si tienen una idea, un sueño, hay que intentarlo una, dos veces; tres. Y si no se da, no es fracaso sino que no tenía que ser para vos. El fracaso no existe. Tu cabeza y corazón quedarán limpios sin lo intentas”.

Pedalear más de 80.000 kilómetros pudo haber servido para romper el récord Guinness. No fue nada sencillo. “Nunca me imaginé que podía ser tan duro, tan largo. Hice todo el recorrido hasta América Central. Tomé un avión en Panamá hacia España y llevo dos años viajando por Europa”, dice quien ahora piensa descansar cinco días y después retomar la actividad de nuevas metas. “Me voy para el lado de India, China”, adelanta Amaya, mientras aclara que será número puesto en Qatar 2022.

Su monumento rodante acapara tantas fotos como las afueras del mausoleo de Lenin pudo haberse robado este martes. Amaya es para el hincha común y corriente lo que un gladiador de la antigua Roma: un luchador que entretiene al público, pero dando el ejemplo con su propia vida.

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