Del café literario al rap

18 May 2018

Mientras Buenos Aires le baja la persiana a la Feria del Libro, Tucumán abre la ventana del Mayo de las Letras, que ya va por la edición número 14. No es cuestión de hacer comparaciones, no habría cómo justificarlas, sino de saludar encuentros unidos por el amor -la pasión- que puede generar la palabra escrita. Otro hilo conductor es el posicionamiento de los tucumanos en el siempre cambiante mapa de la literatura argentina, ya sea jugando de visitantes en ese monstruo de mil cabezas que es la Feria o de locales, en este caso al amparo de la maquinaria del Estado. En uno u otro caso, los creadores buscan su lugar. Visibilizarse, esa es la cuestión.

Por el stand de la provincia, en La Rural, suele transitar un colectivo de lo más variopinto. Este año no fue la excepción. Solos o acompañados, los escritores pugnaron por insertarse en la agenda y fueron acomodándose. Es un conjunto heterogéneo, disperso, difícil de abarcar en su totalidad. Siempre quedará alguno afuera en la reseña. Los cobijados por algún paraguas institucional (la editorial de la UNT, la filial tucumana de la SADE, Ediciones del Parque, la Asociación David Lagmanovich, por citar unos pocos) conviven durante la Feria con las productoras más pequeñas y con los independientes que llegan con su obra bajo el brazo. Contenerlos a todos no es sencillo, pero resulta a la vez imprescindible. Siempre habrá margen para alguna disconformidad.

“Ir a la Feria”, “estar en la Feria”, es un objetivo que desvela a muchos, no a todos. Presentar un libro en Buenos Aires, en el marco de un megaevento internacional, puede sentirse como un barniz legitimador para el ego. Que ese libro se mueva es otro cantar y va mucho más allá del escenario. La Feria en sí misma -”ir”, “estar”- no es garantía de nada. Entre la sobreabundancia de ofertas, tantas que no alcanza el tiempo ni siquiera para analizarlas al trote, todo se licúa a máxima velocidad. Los autores van, hacen pie, tejen relaciones, pispean el cuadro. Hay quienes se arrepienten del tiempo y del dinero invertidos; otros le sacan otra clase de jugo a la Feria, por más que no vendan ni un ejemplar.

El Mayo de las Letras se inaugura formalmente hoy, cuando ya van 17 días tachados en el almanaque. Hasta aquí se desarrollaron las actividades para chicos (el “Mayito”). A la luz de la realidad debería ser entonces la Quincena de las Letras.

La iniciativa de llevar la Feria Regional del Libro y los ciclos de conferencias y de presentaciones a la plaza Urquiza asoma atractiva. Es una de las innovaciones de la nueva gestión de la Dirección de Letras, una de las pocas del Ente Cultural en la que se registran movimientos. Tras la partida de Ricardo Calvo se hizo cargo Diego Cheín y ahora aparece al frente Horacio Elsinger. Es una anomalía teniendo en cuenta que casi todos los directores llevan años abrazados al cargo, en algunos casos desde el inicio mismo de la extensa conducción de Mauricio Guzman.

Una carpa está lista para recibir al público en la plaza. Allí se despliegan los títulos de Tucumán y de las provincias -la Feria Regional del Libro- y un espacio destinado a las numerosas charlas programadas. Marcial Gala, Guillermo Martínez, Dalia Gutman, Diego Paszkowski, Félix Bruzzone y Guillermo Saccomanno son invitados prestigiosos y llegarán para compartir el escenario con autores y académicos tucumanos, quienes preparan disertaciones sobre las más diversas temáticas.

Para romper el habitual ritmo que suele tomar el Mayo, el próximo jueves se anuncia la presencia de Wos, estrella mucho más que emergente de un universo construido a partir de la palabra: el freestyle. Wos (que es porteño y se llama Valentín Oliva) ganó el año pasado en el Luna Park la “Batalla de los Gallos”, competencia de rap improvisado que reunió más de dos millones de seguidores en la transmisión vía streaming. La participación de Wos y la decisión de llevar el Mayo al espacio público puede operar un cambio en la mecánica del encuentro, que suele apoltronarse en el formato del café literario.

En la agenda del Mayo merece un espacio el homenaje a Elvira Orphée, la gran escritora tucumana fallecida hace un puñado de días. Si a la santísima trinidad de la literatura tucumana la conforman Tomás Eloy Martínez, Juan José Hernández y Hugo Foguet, la prosa de Orphée bien merece registrarse en el cielo de los narradores inspirados, cerquita de los canonizados. Si el homenaje ya está organizado, bienvenido sea; si no es así, siempre hay tiempo.

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