Diego El Cigala: Un viaje por los desvaríos del cante y el adiós con una rosa en la mano

14 Mar 2018
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ÍNTIMO. Sólo un piano acompañó a El Cigala sobre el escenario. Fue el clima elegido, pura melancolía. LA GACETA / FOTO DE PABLO SOLER.

Quienes fueron a buscar salsa, se marcharon con las manos vacías. O más bien llenas de melancolía. Lejos de la temperatura musical del Caribe, Diego El Cigala se sumergió en un clima de penas y de ausencias. En Tucumán no hubo rumbas sino recuerdos: un conjunto de canciones apropiadas para estados vulnerables. Nada más lejos de “Indestructible”, el título de su último disco y de la gira que lo trajo a esta ciudad.

La voz lastimada de El Cigala caló en el teatro San Martín. Y cuando el cantaor hacía silencio, el pianista Jaime Cabaluch inundaba la sala con interpretaciones impregnadas de libertad. Sin letras ni partituras, uno y otro se dejaron llevar por los desvaríos del cante. Con esas premisas fundamentales, los artistas se fusionaron en un recorrido por el repertorio clásico del madrileño. Fueron a lo seguro y les bastó para retirarse ovacionados de pie. “Vete de mí”; “Qué te importa que te ame”; “Corazón loco”; “Inolvidable” y “Lágrimas negras” desfilaron naturalmente por el escenario y sin que nadie las pidiera, como si no pudiese ser distinto tratándose de estos visitantes.

El formato de un instrumento solo, casi un piano bar, dio a El Cigala el máximo protagonismo. Fuera de sus sílabas arrastradas al infinito, su peculiar andalucismo de autor, el músico habló poco. Agradeció a Dios por volver a estar en Tucumán y deseó a los presentes -que llenaron el coliseo- una velada agradable. Luego habló hacia adentro y para sí mismo con gruñidos ininteligibles que en un momento estallaron en un “¡déjalo así!” dirigido al sonidista. A modo de reivindicación por el brote de impaciencia, El Cigala luego pidió un aplauso para el técnico. Y volvió a hablar cuando desplegó un homenaje previsible si se considera que bautizó “Romance de la luna tucumana” a uno de sus trabajos discográficos. “Esto, con el permiso de todos ustedes, va para Mercedes Sosa”, anunció y se lanzó a recrear “Canción de las simples cosas”. “Uno vuelve siempre / A los viejos sitios en que amó la vida, / Y entonces comprende / Cómo están de ausentes las cosas queridas. / Por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso, / Que el amor es simple / Y a las cosas simples las devora el tiempo”, entonó arrojando cuchillazos al viento.

En su espectáculo mínimo, el socio de Bebo Valdés desplegó las facetas de la especie inclasificable que es: a mitad de camino entre un gitano y un torero, puso la voz, pero también el cuerpo. Sentado en una banqueta negra que hacía juego con su traje, tocó la mesa de apoyo como si se tratara de un cajón flamenco, cuando no hacía percusión con las palmas como si estuviese en un tablao. Las manos son como las cuerdas vocales: su contraseña, su modo de estar vivo. Esos dedos cargados de anillos acariciaban una servilleta lo mismo que el pelo largo y ensortijado, con la grisura de los -casi- 50 años. Y salpicaban el solado: un ritual que repitió varias veces después de beber lo que a la distancia parecía un jugo de naranjas. Con los índices y anulares El Cigala habla así como con la garganta dibuja arabescos nazaríes.

“No tengo tu boca / No tengo tus ganas / Y por más que intento / Ya no entiendo nada”, dijo en “Vida loca” y a cambio recibió una rosa roja de parte de una admiradora que se acercó hasta la fosa. El Cigala se estiró y agarró el regalo, que aspiró con su característica devoción encarnizada. Entonces llegó el turno de un tango a la altura de las circunstancias, “Nostalgias”, y del comienzo de las despedidas. Habían transcurrido 75 minutos al ritmo de pocas, pero largas canciones. Y se fue diciendo “Se nos rompió el amor / De tanto usarlo”: se fue con las tristezas con las que había llegado al San Martín, pero con una flor en la mano.

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