Randa, arte ancestral que se hizo terapéutico

15 Feb 2018

Hoy los talleres de randa ofrecen mucho más que una técnica para aprender cómo hacer un tejido ancestral, emblema del arte popular del sur tucumano. Cada miércoles, cuando una de las aulas del Museo Folklórico abre sus puertas, los randeros en potencia ingresan entusiasmados en una suerte de consultorio. ¿Por qué? Según la profesora, Marcela Sueldo, la randa es una manera de hacer terapia. Y lo explica: “cuando era chica sufrí violencia de género, y este tejido me permitió sanar esas heridas, me permitía escapar de ese mundo. En las randas plasmaba mis sentimientos y mis ilusiones de tener una vida mejor”. Y las alumnas de Marcela ratifican lo que ella dice.

El taller que dicta, auspiciado por el Ente Cultural de la Provincia, está abierto a a hombres y mujeres de todas las edades. Se llama taller de randas, pero Marcela sostiene que debería llamarse “randoterapia”.

“Es un taller donde se teje y se dialoga de todo. Donde se entrelazan aflicciones, frustraciones, dudas e inquietudes. A los problemas de cada uno tratamos de solucionarlos entre todos. Somos un grupo muy solidario. Pero, ante todo, el aprendizaje y el entretenimiento son los objetivos”, afirma Marcela, quien entiende la randa como un patrimonio vivo porque aún “lo tenemos acá”.

Los “pacientes”

Carmen “Pocha” Juárez tiene 79 años y vive en Ciudadela. Una vez a la semana viaja al centro para asistir a las clases de randa. “Sin dudas es una terapia, o mucho más que eso -dice mientras mira una pieza que realizó a los 15 años-. Hace un tiempo estuve en tratamiento con un neurólogo, porque me olvidaba las cosas, y la randa me ayudó mucho para mejorar en este aspecto. Yo vengo aquí y salgo como nueva, como un cero kilómetro”, confiesa Pocha,quien se desespera porque sea miércoles de vuelta.

Por su parte, Nora Lizárraga, que se define como “ferviente defensora de lo tradicional”, cuenta que la randa la desestresa y le permite volcar sus tensiones en ese entramado de hilo macramé. “Y allí quedan”, asegura.

“Me gusta venir a aprender, además de forjar vínculos, de conocer otras realidades y ayudar a los compañeros. Realmente es una riqueza que debemos conservar y aprovechar al máximo”, añade.

Para “TetéGuaitima tejer randa es, además, una cuestión de memoria. “Yo vengo de una familia que se dedica a las manualidades. Cuando era chica, mi abuela de El Timbó practicaba esta técnica, pero yo nunca quise aprender. Hoy en día asisto a estas clases porque me quedó como una materia pendiente. Por la memoria de mi familia y de la vida”, dice.

María Ester Lucena es artesana y la randa es el último tejido que le quedaba por aprender, junto al crochet. Sufre de cáncer y los encuentros de los miércoles se le presentan como un “estado de vida”, una actividad que le permite aumentar la autoestima.

Y entre tantas mujeres también hay un varón. Se trata de José Ponce, el alumno que llegó hace cuatro clases y ya le encontró el gustito a esta antigua técnica con tan sólo 15 años. “Si se me da la oportunidad, seguiré asistiendo al taller durante el resto del año”, asegura.

¿Muere lentamente?

Marcela es oriunda de El Cercado -próximo a Monteros- y desde los ocho años (gracias a los conocimientos de su tía) teje esta artesanía típica del norte. Hoy vive sólo de esta actividad: da clases en Concepción, en Monteros, en Yerba Buena y en la capital.

Un tiempo valioso

“Yo no viviría si me dedicara a la venta de randas, porque es muy caro y casi nadie las compra. La gente, sobre todo los tucumanos, desconocen cómo se realiza este trabajo. Que te cobren $ 200 por una pieza chica seguro sorprende. Pero lo que no se sabe es que en realidad lo que vale es el tiempo que se le dedicó y la minuciosa técnica que se usó”, explica Marcela.

“Por ejemplo -amplía-, si te confundís no hay vuelta atrás (como en el crochet), sino que hay que descoser con paciencia y a veces cortar, ya que el tejido se construye haciendo nudos muy pequeños. Una pequeña pieza puede llevarte dos o tres días tejerla”.

Mientras observa atenta cómo sus alumnas van entrejiendo sus trabajos con el hilo macramé y la aguja en las manos, Marcela agrega: “Mientras existan mujeres como yo, la randa no estará en peligro de extinción”.

También advierte sobre las dificultades que podrían afrontar quienes quieran vivir de este tejido. “Para las maestras randeras representa una lucha diaria a pesar de que amen el trabajo”, asegura.

“Tenés que entender que algunos -entre ellos muchos tucumanos- no saben ni de qué se trata. A veces lo confunden con el crochet, pero hay que ser perseverante y encontrar cómo darle la vuelta para que no muera este arte, que es patrimonio humano, sabiduría ancestral”, finaliza.

En el taller que se hace todos los miércoles en el Museo Folklórico Provincial profesora y alumnos entretejen hilos y sentimientos. Para la mayoría hacer randas es una oportunidad de mejorar habilidades, como la memoria, y olvidar malos momentos. Por eso ellos no hablan de clases sino de “randoterapia”

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