Anorexias y bulimias

Las proyecciones estadísticas sobre la obesidad en el primer mundo anticipan que en las próximas décadas el porcentaje de “gordos” será significativamente más alto. La bulimia tal vez camine a ser algo más que una psicopatología de moda, elevándose a la categoría de un rasgo cultural que, en una de esas, contribuye a cambiar nuestros parámetros de belleza.

14 Ene 2018
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LA FIESTA DE BABETTE. La película danesa narra una cena que los comensales temen que sea diabólica, cuando era todo lo contrario.

Las formas redondas y voluminosas, ¿quién sabe?, podrían, en 30 años más, ser señales de hermosura. Miss Universo ya no pesaría 50 kilos sino ciento y pico; y no mediría 90-60-90, sino que el perímetro de su cintura sería bastante superior al metro. Llegaríamos así a comer desaforadamente durante dos o tres generaciones.

¿Podrían las recomendaciones médicas detener la tendencia? Hasta ahora no tienen el éxito esperado, aunque se redobla la difusión de los peligros que la angurria representa para la salud. Que el trabajo es demasiado sedentario, que las dietas son demasiado dulces, que se ingieren más grasas que las que se queman, la gente lo sabe y se propone gimnasias y regímenes que, en la mayor parte de los casos, agrandan la lista de obligaciones semanales. Para resarcirse no hay medio más fácil que... ¡una buena comida! Siempre al alcance de la mano, no demasiado cara ni difícil de encajar en una agenda abultada: la hora de comer siempre es respetada. Están, además, el desayuno, el almuerzo y la cena de trabajo. El domingo es para compartir con los amigos un buen asado. La pregunta es si allí la principal satisfacción consiste en la conversación o en la ingesta masiva de calorías.

Banquetes como el que relata Platón en su célebre diálogo, el absolutamente único que narra Kierkegaard en In vino veritas o como aquel de La fiesta de Babette, película danesa de 1987 dirigida por Gabriel Axel, no son comilonas. En ellos, lo que está sobre la mesa son dramáticas humanas esenciales; y lo que entonces sucede no resulta de indicaciones higiénicas para los biorritmos sino de la atención a lo que cada participante tiene de substancial para decir a los demás. Allí hace falta más la lengua que el diente y la oreja más que el abdomen.

Es probable que la bulimia esté antecedida, en la mayoría de los casos, por una dura dieta de silencios. Pero hablar y ser oído no es asunto de parloteo o de charla, sino de quién es quién para quién. Cuando los comensales no son los debidos, la mayor satisfacción proviene del menú, pero a condición de no entender que lo que se busca, en verdad, es otra cosa.

Algunos no son dúctiles en reemplazar el habla y la escucha por la manducación y, si no encuentran los medios para darse el gusto, pierden el apetito. La anorexia, envidiada por los rechonchos, no implica, sin embargo, pasarla bien. Los psicoanalistas la interpretan como hambre “de nada”, que, como es lógico, por más que se la saboree, es bastante insulsa. Los inapetentes extremos suelen ser tozudos viscerales que dejan sin sustento ya no al cuerpo sino a las ansias del espíritu.

Interesante civilización la nuestra que, a falta de alimentos adecuados para embelesar el alma con lo indispensable, los reemplaza –marketing mediante– con vituallas que inflan las arcas de los supermercados no menos que las barrigas. Los que no comen, que son los menos, nos recuerdan que la receta de la dicha, no del deleite glotón, todavía no está escrita.

© LA GACETA

Raúl Courel - Psicoanalista, profesor

e investigador. Ex decano de la Facultad

de Psicología de la Universidad de

Buenos Aires.

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