“Las ideologías nos impiden crecer y crear”

La pensadora tucumana habla sobre la grieta, el dogmatismo, el papel actual de la mujer, la posibilidad de agregar algo nuevo sobre Borges y el estado de la universidad. No vacila cuando le preguntan sobre su situación actual. Piensa que predomina una mirada superficial y que está inmersa en “mezquinas luchas políticas personales”

07 Ene 2018
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- ¿Cómo te involucraste con la filosofía?

- Uno nunca sabe cómo sucede eso. Lo que recuerdo de mi adolescencia son dos cosas, la insistencia de mi padre –abogado– para que estudiara Derecho y el haber tenido en 5° año una profesora de filosofía muy aburrida a la que yo, de todos modos, escuchaba embelesada. Desobedecí a mi padre y me inscribí en Filosofía. Eso era lo mío, lo supe desde el inicio.

- ¿Cuál es tu experiencia y tu recuerdo en el largo tránsito por la universidad?

- Magnífico. La universidad me dio la capacidad de pensar. Y pensar es mucho más que recabar información sobre las ideas de Platón o Aristóteles. Pensar es “experienciar”, junto a ellos, los mecanismos de su propio pensamiento. Uso una palabra incorrecta para mostrarla como un término técnico de la filosofía. Hacer la experiencia –a una con el pensador, ya sea filósofo, científico o poeta– de modo de vivir los límites y dificultades del pensar mientras se ejercita. El pensador es un caminante irredento. Creo que ese ejercicio se ha perdido. En la universidad de hoy se promueve la adquisición de información, predomina la mirada formal sobre la riqueza de lo profundo. Menos esfuerzo, menos calidad.

- Luego de una impecable trayectoria en la docencia universitaria ¿podrías darme una visión aproximada sobre la universidad de hoy?

- La siento inmersa en mezquinas luchas políticas personales, sin capacidad de reconocer líderes y proyectos abarcativos. Y cuando un sistema se cierra, esto es, tiene todas las respuestas, no inspira más que exclusiones. Si alguien piensa distinto es mi enemigo, no sirve lo que dice. La universidad tiene la obligación de promover el pensamiento, de ser un reservorio de sentidos, de mirar de aquí a 20 o 30 años. Futuro es la palabra que nos falta y las palabras, en la cultura, son determinantes. Al pensamiento creador puede dispararlo tanto la lectura de San Agustín, como un poema de Borges, un monólogo de Shakespeare o la teoría de la relatividad. Aquella universidad que yo transité nos metió de lleno, guiados por profesores excepcionales, en una cultura rica tanto en filosofía, como en literatura, en teatro o en la ciencia misma.

- Hablás de una presencia muy fuerte de ideologías ¿Tiene esto que ver con la grieta?

- Sí. Creo que las ideologías –universos cerrados de ideas– nos impiden crecer y crear. Ideología es la presencia de una sola idea que tonaliza el sistema de creencias y la cosmovisión del sujeto. Tiene rasgos de fe religiosa, en un sentido pobre de religiosidad; es obsesión, pero es también miedo, inseguridad. Se teme perder si se abre el juego porque no se sabe ni se quiere argumentar. Se cree que fuera de los parámetros ideológicos –esto es, sin militancia ni ideología, que son lo mismo-, no es posible hacer cosas. Disiento; creo que esas barreras mentales, que son las más poderosas, son las que impiden a lo que llamo, la invitación a pensar. Pensar es siempre un verbo, es actividad, es camino sin paraje de llegada, sin límites ciertos. No es abstracción, es proyecto, planificación, sueños a realizar. Las ideologías, lamentablemente, marcan la grieta.

- ¿Qué rol juega la mujer en este momento de la historia?

- Las mujeres siempre fuimos importantes en la historia de la humanidad a pesar de que se las acostumbró a trabajar en silencio, solo a “influenciar” a sus hombres. Ahora se ve a las jóvenes mucho más libres de pre-juicios, dueñas de sus decisiones. Me encanta el mundo femenino actual, por cierto que sin los excesos ni la violencia que a veces aparece en defensa de la cuestión de género. Eso es pura estupidez y no defienden a nadie ni a nada. Ya nos enseñaron los griegos que la violencia solo engendra violencia

- ¿Crees que el escritor, como tal, tiene un compromiso social?

- No, no lo veo como compromiso social, sino consigo mismo. El buen lector sabe si esa escritura que tiene delante de sí es auténtica o no. No hablo de verdadera, no creo en dueños de la verdad, hablo de aquello que nos hace decir algo -desde lo más profundo de nosotros mismos– cuando hemos abandonado a nuestros maestros y nos encontramos solos, con nuestro dolor o nuestra dicha, frente al mundo.

PERFIL

Cristina Bulacio es doctora en Filosofía y profesora consulta de la Universidad Nacional de Tucumán. Ha sido profesora titular de Antropología Filosófica y directora del Instituto de Estudios Antropológicos y Filosofía de la Religión en la UNT. Investigadora, ensayista, docente de posgrado, dicta conferencias y seminarios en el país y en EEUU. Es parte del staff permanente de la revista Letra Urbana. Se ha especializado en la obra de Jorge Luis Borges sobre el que ha publicado cuatro libros.


Ahí aparece el verdadero compromiso: atreverse a decir lo que se siente.

- ¿Cuál fue el último libro que leíste y cuáles son tus autores de consulta?

- Este año he leído dos o tres cosas muy buenas. Dios en el Laberinto, de Sebreli, una síntesis interesante del siglo XX, y una novela muy actual, Sumisión de Michel Houellebecq. Quiero destacar El Diálogo, de Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis –jefe guerrillero– como un libro revelador. Nos dice que la democracia es palabra, debate, argumentación. No la palabra mesiánica, violenta, sino la palabra del encuentro y del diálogo. Y sostener el diálogo en la sociedad actual es responsabilidad de todo ciudadano probo y de todo legítimo intelectual. Mis autores de consulta son los clásicos, aquellos que nos permitieron entender todo lo demás y ver en profundidad las crisis actuales ya pensadas por ellos: Platón, Aristóteles, Descartes, Leibniz, Nietzsche, Heidegger, Wittgenstein, Agamben o Badiou.

- Como investigadora de la obra de Jorge Luis Borges ¿es posible agregar algo que no se haya dicho ya?

- Sí, siempre es posible agregar algo más por dos razones. Una, como poeta y pensador de estatura universal tiene una fuerza y una vigencia estupenda. Se lo puede comparar con Dante o Shakespeare, sin hesitaciones. Además, por ser ya un clásico, cada lector agrega a su lectura del Maestro, su intimidad, su experiencia, su sentir de ese momento. Podemos releer Borges mil veces y siempre encontraremos algo nuevo, una resonancia distinta, un giro inesperado. No en vano decimos: Borges es infinito.

- Borges fue antiperonista y se lo vio como un reaccionario por la intelectualidad de izquierda. ¿Crees que Borges puede ser clasificado políticamente?

- No. Borges era, por sobre todo, un espíritu libre. Ningún sistema filosófico o político lo pudo contar entre sus filas. Su obra está por encima de ello. Fue perseguido en algún momento por grupos de gente ignorante con poder político. Sin embargo pasó algo notable. Desde Paris, Michel Foucault –líder de intelectuales de izquierda– comienza el Prefacio de su libro estrella, Las palabras y las cosas, diciendo: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento…”. Aludía a un pequeño texto borgeano La enciclopedia china. Allí cambió la mirada llena de prejuicios. A veces somos así los argentinos: alguien desde fuera tuvo que decirnos que Borges era un genio.

Ahí aparece el verdadero compromiso: atreverse a decir lo que se siente.
- ¿Cuál fue el último libro que leíste y cuáles son tus autores de consulta?
- Este año he leído dos o tres cosas muy buenas. Dios en el Laberinto, de Sebreli, una síntesis interesante del siglo XX, y una novela muy actual, Sumisión de Michel Houellebecq. Quiero destacar El Diálogo, de Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis –jefe guerrillero– como un libro revelador. Nos dice que la democracia es palabra, debate, argumentación. No la palabra mesiánica, violenta, sino la palabra del encuentro y del diálogo. Y sostener el diálogo en la sociedad actual es responsabilidad de todo ciudadano probo y de todo legítimo intelectual. Mis autores de consulta son los clásicos, aquellos que nos permitieron entender todo lo demás y ver en profundidad las crisis actuales ya pensadas por ellos: Platón, Aristóteles, Descartes, Leibniz, Nietzsche, Heidegger, Wittgenstein, Agamben o Badiou.
- Como investigadora de la obra de Jorge Luis Borges ¿es posible agregar algo que no se haya dicho ya?
- Sí, siempre es posible agregar algo más por dos razones. Una, como poeta y pensador de estatura universal tiene una fuerza y una vigencia estupenda. Se lo puede comparar con Dante o Shakespeare, sin hesitaciones. Además, por ser ya un clásico, cada lector agrega a su lectura del Maestro, su intimidad, su experiencia, su sentir de ese momento. Podemos releer Borges mil veces y siempre encontraremos algo nuevo, una resonancia distinta, un giro inesperado. No en vano decimos: Borges es infinito.
- Borges fue antiperonista y se lo vio como un reaccionario por la intelectualidad de izquierda. ¿Crees que Borges puede ser clasificado políticamente?
- No. Borges era, por sobre todo, un espíritu libre. Ningún sistema filosófico o político lo pudo contar entre sus filas. Su obra está por encima de ello. Fue perseguido en algún momento por grupos de gente ignorante con poder político. Sin embargo pasó algo notable. Desde Paris, Michel Foucault –líder de intelectuales de izquierda– comienza el Prefacio de su libro estrella, Las palabras y las cosas, diciendo: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento…”. Aludía a un pequeño texto borgeano La enciclopedia china. Allí cambió la mirada llena de prejuicios. A veces somos así los argentinos: alguien desde fuera tuvo que decirnos que Borges era un genio.
© LA GACETA
Ahí aparece el verdadero compromiso: atreverse a decir lo que se siente.

- ¿Cuál fue el último libro que leíste y cuáles son tus autores de consulta?

- Este año he leído dos o tres cosas muy buenas. Dios en el Laberinto, de Sebreli, una síntesis interesante del siglo XX, y una novela muy actual, Sumisión de Michel Houellebecq. Quiero destacar El Diálogo, de Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis –jefe guerrillero– como un libro revelador. Nos dice que la democracia es palabra, debate, argumentación. No la palabra mesiánica, violenta, sino la palabra del encuentro y del diálogo. Y sostener el diálogo en la sociedad actual es responsabilidad de todo ciudadano probo y de todo legítimo intelectual. Mis autores de consulta son los clásicos, aquellos que nos permitieron entender todo lo demás y ver en profundidad las crisis actuales ya pensadas por ellos: Platón, Aristóteles, Descartes, Leibniz, Nietzsche, Heidegger, Wittgenstein, Agamben o Badiou.

- Como investigadora de la obra de Jorge Luis Borges ¿es posible agregar algo que no se haya dicho ya?

- Sí, siempre es posible agregar algo más por dos razones. Una, como poeta y pensador de estatura universal tiene una fuerza y una vigencia estupenda. Se lo puede comparar con Dante o Shakespeare, sin hesitaciones. Además, por ser ya un clásico, cada lector agrega a su lectura del Maestro, su intimidad, su experiencia, su sentir de ese momento. Podemos releer Borges mil veces y siempre encontraremos algo nuevo, una resonancia distinta, un giro inesperado. No en vano decimos: Borges es infinito.

- Borges fue antiperonista y se lo vio como un reaccionario por la intelectualidad de izquierda. ¿Crees que Borges puede ser clasificado políticamente?

- No. Borges era, por sobre todo, un espíritu libre. Ningún sistema filosófico o político lo pudo contar entre sus filas. Su obra está por encima de ello. Fue perseguido en algún momento por grupos de gente ignorante con poder político. Sin embargo pasó algo notable. Desde Paris, Michel Foucault –líder de intelectuales de izquierda– comienza el Prefacio de su libro estrella, Las palabras y las cosas, diciendo: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento…”. Aludía a un pequeño texto borgeano La enciclopedia china. Allí cambió la mirada llena de prejuicios. A veces somos así los argentinos: alguien desde fuera tuvo que decirnos que Borges era un genio.
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