La Jerusalén del actual presidente de Estados Unidos

07 Dic 2017
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CIUDAD SAGRADA PARA TRES RELIGIONES. Una vista de la Cúpula de la Roca y la Ciudad Vieja de Jerusalén. reuters

De Carlos Duguech, columnista invitado.-

Cuando hacia fines de 2008 publiqué mi primera columna en El Nuevo Herald (Miami, EEUU) la titulé “La Jerusalén de Obama”. Por entonces Obama estaba completando la campaña electoral con vistas a suceder a George W. Bush, tras su segundo período en la Casa Blanca. Y ante miembros de la comunidad judía de su país hizo referencia concreta a su voluntad de propiciar que la capital de Israel fuese Jerusalén. Esas expresiones de Obama fueron la razón que me impulsó a escribir la columna citada. Precisaba en ella que el tema de Jerusalén Este anexado por Israel luego de la “Guerra de los Seis Días” (junio de 1967, guerra preventiva y exitosa de las fuerzas armadas israelíes) era uno de los asuntos en discusión, junto con el regreso de los refugiados, a las fronteras anteriores a junio de 1967, etcétera.

Si era un asunto pendiente de ser resuelto por las partes (israelíes y palestinos) y los terceros países interesados, jamás podía ser unilateralmente desvalorizado (por Obama candidato; o por Trump, ahora) al punto de quitarlo del menú a resolver desde hace casi medio siglo.

En 1980, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dictó una resolución el 30 junio, la Nº 476. Fue votada afirmativamente por 14 miembros del total de 15 del Consejo, ningún voto negativo y con la abstención estadounidense. En el punto 1 expresa: “Reafirma la necesidad imperiosa de poner fin a la prolongada ocupación de los territorios árabes ocupados por Israel desde 1967, incluso Jerusalén”. En el 2, deplora enérgicamente la persistente negativa de Israel, la potencia ocupante, a dar cumplimiento a las resoluciones pertinentes del Consejo de Seguridad y la Asamblea General”. Y en el punto 3: “Confirma una vez más que todos los actos y medidas de carácter administrativo y legislativo que haya tomado Israel, la potencia ocupante, con el fin de alterar el carácter y el estatuto de la Ciudad Santa de Jerusalén, carecen de validez jurídica y constituyen una violación manifiesta del Convenio de Ginebra relativo a la protección de personas civiles en tiempo de guerra y constituyen también un serio obstáculo para el logro de una paz completa, justa y duradera en el Oriente Medio”.

El 20 de agosto de ese año, el Consejo de Seguridad suscribe la Resolución 478, con el mismo esquema de votación (14 positivos y la abstención de EEUU). Entre otras precisiones decide no reconocer la “ley básica” (dictada por Israel, que declara a Jerusalén su capital indivisible). Además expresa “a los Estados que hayan establecido representaciones diplomáticas en Jerusalén, para que retiren tales representaciones de la Ciudad Santa”.

Cabe decir que Obama, advertido por sus asesores, en menos de 48 horas de haberse pronunciado en campaña, hacia fines de 2008, sobre la Jerusalén indivisible para Israel, debió retractarse.

Y ahora, Trump

Trump a eligió al embajador y anticipó que trasladará la embajada de los Estados Unidos desde Tel Aviv hasta Jerusalén, reconociéndola capital de Israel. Si hay una equivocadísima decisión a tomar, de cara a la paz que se pretende que reine en el Medio Oriente (en Israel y los territorios que pueden limitadamente administrar los palestinos) es esta determinación de anunciar pomposamente ayer su reconocimiento de la capital israelí en Jerusalén. Torpeza mayúscula de un presidente que pisotea el derecho internacional y le importa menos que unos centavos, multimillonario él, que la Organización de las Naciones Unidas actúe a través de su organismo cuyas resoluciones son vinculantes para los estados miembros: el Consejo de Seguridad.

Jimmy Carter y el NYT

En un sorprendente editorial del New York Times, el ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter (1977-1981) sugirió que Obama, antes del 20 de enero de 2017 (finalizaba su mandato), debía “dividir la tierra de Israel en las Naciones Unidas, antes de que asuma Trump”.

Casi seguramente, Carter tuvo en cuenta las promesas de Trump sobre el traslado de la sede diplomática de los Estados Unidos a Jerusalén, lo que contradice abiertamente las resoluciones descriptas del Consejo de Seguridad de la ONU.

Buena intención la de Carter, pero inviable. Y también apartándose del derecho internacional. Si no hay acuerdo entre las partes, nada deberá imponerse reemplazando sus voluntades. Sería como repetir la injerencia de la ONU con su Resolución 181 de la Asamblea General que, en noviembre de 1947, resolvió la “partición de Palestina” sin consultar a los pobladores, sin respetar el principio de la “libre determinación de los pueblos”.

En suma, se puede afirmar que la actual decisión de Trump será la nueva chispa que se arrima a las brasas que no se extinguen todavía, en el campo donde dirimen sus derechos israelíes y palestinos. Pésima jornada en el marco de los días de la “presidencia Trump”.

Un presidente que, como este columnista se animó a suponer en una columna de El Nuevo Herald del 11 de noviembre último, por generar tanta peligrosa inseguridad a su propio país se verá ante la grave necesidad de renunciar a tan alta investidura. O de ser sometido a un juicio de destitución (impeachement).

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