El submarino, esa metamorfosis

04 Dic 2017
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EL ARA SAN JUAN. El país está en vilopor el destino del submarino.

María Eugenia Bestani - Docente universitaria

En estos días en que no podemos permanecer impasibles ante el número cuarenta y cuatro, ni ante la impiedad del paso de las horas, es bueno recordar las páginas de un capítulo del libro titulado “Instrucciones para hundir un submarino”, del mexicano Ignacio Padilla (1968) (*), donde alude a la poderosa carga simbólica del submarino, como embarcación y como monstruo anfibio de la modernidad.

Un barco que no es tal, en absoluto. Lo paradojal de su existencia está en la falta de un sustantivo para nombrarlo, en un estricto sentido filológico: submarino es un adjetivo; se habla de cables, buques, minas submarinas. La condición de ser subacuático es una contingencia. ¿Flota o se hunde? “Atrapado entre ser ballena y tiburón, devorador o atacante vertiginoso, el submarino carece de plenitud ontológica: híbrido y por fuerza mimético, es en sí mismo una metamorfosis”.

Lo paradojal también está en ser, por un lado, una poderosa arma, invisible, pero también una prisión, exigiendo el sacrifico del enclaustramiento, que puede llegar a convertirse en una trampa mortal.

Podemos rastrear las raíces en los orígenes acuáticos de la cultura; su negrura y su vientre dilatado lo emparentan con la simbología del cetáceo. “Clamé de mi tribulación al Señor, y Él me oyó. Del vientre del infierno clamé. Y mi voz oíste”. Jonás fue escuchado.

Nosotros esperamos las voces, todavía.

*) Ignacio Padilla. La isla de las tribus perdidas. Buenos Aires: Debate, 2010.

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