Un gran día para el Che

Fragmento de Che. Luchar por un mundo mejor*

03 Dic 2017

Por Pacho O´Donnell

“Fidel eligió sus mejores ochenta hombres, número al que podía armar convenientemente, y con ellos decidió atacar el bien defendido cuartel de El Uvero. Divididos en tres pelotones, conducidos por Fidel, Raúl y Camilo, llegaron al lugar luego de marchar toda la noche. El Che tenía la misión de cubrir con su ametralladora uno de los flancos.

Tardaron casi tres horas en tomar el cuartel y el combate fue furioso. A los rebeldes les costó quince heridos, pero el ejército de Batista sufrió catorce muertos, diecinueve heridos y otros catorce prisioneros. Para el Che fue “la victoria que marcó nuestra madurez. A partir de esta batalla, nuestra moral creció tremendamente; también aumentaron nuestra resolución y nuestras esperanzas de triunfar”.

No bien ingresó en el cuartel el Che se ocupó de los heridos. Tuvo que cambiar una vez más el fusil por el ‘uniforme’ de médico que, en la práctica, consistía sólo en un lavado de manos para quitarse la tierra y los rastros de pólvora. El médico del ejército estaba tan asustado que no podía atender a nadie por lo que el doctor Guevara se hizo cargo de todos, por orden de gravedad, sin distinguir entre propios y enemigos. Luego recibió la orden de permanecer en el lugar con los maltrechos mientras Fidel se alejaba con quienes estaban en condiciones de combatir lo más rápidamente posible pues se aproximaba un batallón enemigo.

“Conmigo quedaron mis ayudantes Joel Iglesias y Oñate, un práctico llamado Sinecio Torres y Vilo Acuña, que se quedó para acompañar a su tío herido, Manuel, y siete heridos, de ellos cuatro graves que no podían caminar”, escribiría el Che en su diario. Años después Acuña con el seudónimo de ‘Joaquín’ acompañaría al Che también en Bolivia como jefe de su retaguardia y allí perdería su vida en la emboscada de Puerto Mauricio.

Apenas pudieron cubrir cuatro kilómetros hasta un rancho abandonado donde permanecieron un día reponiéndose del cansancio y de las heridas, pero debieron continuar la huida para no caer en manos del ejército. A tres de sus hombres había que cargarlos. “Las marchas eran fatigosas e increíblemente cortas -asegura el Che-. Los heridos tienen que ser transportados en hamacas colgadas de un tronco fuerte que literalmente destroza los hombros de los portadores, que tienen que turnarse cada diez o quince minutos, de tal manera que se necesitan de seis a ocho hombres para llevar un herido en esas condiciones”. Estaban agotados y encima la lluvia hacia más difícil el traslado. Cuando ya desesperaban divisaron una casa que pertenecía a la familia Pardo que los alojó valientemente durante un mes.

El Che, por su parte, aunque no había sufrido lesiones por las balas tampoco podía moverse por el asma. Se le habían acabado los medicamentos y trataba de disminuir sus ahogos fumando la hoja seca de ‘clarín’, un remedio de la sierra que le harían acordar a los cigarritos ‘del doctor Andreu’ que inhalaba durante sus crisis infantiles. Una campesina, La Chana, recordará que el argentino al asma “trataba de contenerla, de amansarla. El se refugiaba en un rincón, se sentaba sobre una piedra y la dejaba descansar. No le gustaba que una le tuviera lástima”.

Pese a su debilidad recorrió el camino en forma inversa para recuperar las armas que sus hombres fueron tirando para poder transportar a los heridos. No estaba dispuesto a que Fidel lo reprendiera dos veces por la misma causa. Luis Crespo, aquel que ayudase al argentino cuando el desembarco del Granma, fue testigo del encuentro el 16 de junio: “¿Tú sabes lo que es que llegue y le diga a Fidel: ‘Vos, ahí tenés mi tropa’. Con todas las armas viejas que Fidel había dejado guardadas en el Uvero. Recogió todas las armas rotas. ¡Todo lo recogió, todo!.” Además había aumentado su fuerza a veintiséis hombres con varias incorporaciones de campesinos. Fue ese un gran día para el Che.

* Sudamericana.

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