“No siempre ganan los mismos, pero siempre pierden los mismos”

La escritora española, una de las más destacadas y con mayor proyección internacional de la literatura de habla hispana, vino a la Argentina a presentar su nueva novela, Los pacientes del doctor García (Tusquets), el cuarto título de la serie Episodios de una guerra interminable. “Lo que más me gusta es empezar una novela. Pues sé que construiré una casita en la que viviré por dos o tres años”, confiesa.

03 Dic 2017
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ENTREVISTA A ALMUDENA GRANDES

Por Alejandro Duccini

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

Las 750 páginas que componen Los pacientes del doctor García suman otro capítulo -un muy buen capítulo, por cierto- a Episodios de una guerra interminable, el ambicioso proyecto que se propuso la escritora española Almudena Grandes para contar la España de los años 30 hasta fines de los 70 a través de la ficción. Lo hizo con personajes que se vuelven queribles en algunos casos y de temer en otros. Empezó con Inés y la alegría, siguió con El lector de Julio Verne y tuvo su tercer paso con Las tres bodas de Manolita. En su propuesta, como le cuenta a LA GACETA, hay dos libros más. Así cerrará esta serie basada en investigaciones, mucha imaginación y lecturas sin fin que la volvieron a su pasado como historiadora. El resultado, de momento, es genial.

Con un tono de voz alto y claro que transmite entusiasmo, Almudena Grandes describe cómo fue la trastienda para dar forma a este doctor García que se juega en una sociedad nazi, a un boxeador que perdió contra sí mismo y a un tal Manolo que hace honor a la amistad.

- ¿La serie Episodios de una guerra interminable es una forma de volver a sus orígenes como historiadora?

- No podría escribir estas novelas si no hubiese estudiado Historia, pues aprendí a documentar y sobre todo a respetar la verdad y lo que es la verosimilitud. Pero yo soy escritora y mi obligación es con la literatura y escribir buenos libros. No me considero una historiadora frustrada, sino una escritora realizada. Así como tampoco soy periodista, sino columnista, que es otra cosa. En esta novela se juntan muchos géneros. Pero el periodismo es un oficio que no domino. Soy una ciudadana que por escribir libros tengo una tribuna pública.

- ¿Cuándo comenzó el trabajo para Los pacientes del doctor García?

- Estuve cuatro años: lo recuerdo porque al empezarlo anoté en un cuaderno “julio 2013”. Esta historia la descubrí en un periodista español en 2006 y me fascinó tanto que desde entonces estuvo en mi cabeza. Tenía la impresión, antes de empezar a escribir, que sabía lo suficiente sobre historia de mi país y de la guerra civil. Empecé a leer y me di cuenta de que en verdad no sabía nada. Que había muchas verdades incompletas que nada tenían que ver con la realidad. Me enganché con la lectura de libros: uno me llevaba a otro, ese otro a cuatro. Durante estos años no leí otra cosa que no fuese sobre esa parte de la historia de España. Fue un proceso largo que hice para entender por qué había creído que lo sabía todo cuando en realidad no sabía nada.

- ¿Qué aprendió de tanta lectura y escritura?

- Descubrí que con el paso del tiempo no sólo pasan cosas malas, sino también buenas. Y que la experiencia sirve para saber. Además me gusta estudiar. Tuve que leer muchísimo. Aquí, en Argentina, se sabía la historia de los submarinos nazis que llegaban a Bariloche. Y en España, periódicamente la prensa llamaba la atención sobre un alemán que moría, un nazi, pero fue una historia que pasó desapercibida. Fue así porque a ninguna de las partes intervinientes les interesaba difundir esta historia. Hay un momento en el libro en el que un personaje, cuando se entera de lo ocurrido, se pregunta qué hemos hecho nosotros para que nos vaya peor que a los nazis. Y esa es la realidad. A los republicanos en España les fue peor que a los alemanes. Queda la sensación de que siempre pierden los mismos. No siempre ganan los mismos, pero siempre pierden los mismos.

Los nazis perdieron la guerra pero impusieron la versión de que el enemigo verdadero era Stalin. Así comenzó la Guerra fría, que causó miles de víctimas. El último coletazo de la Guerra fría fueron las dictaduras sudamericanas. Los norteamericanos hicieron de todo con la excusa de que el enemigo era el comunismo. Fue complicado escribir una novela como esta, porque también fue un desafío moral.

- ¿Qué sentimientos le provocó esta historia en particular?

- En lo emocional me di cuenta de que me tocaba escribir otra novela sin final feliz. Es una cosa poco deseable pero esta serie se puede ver también como la crónica de un fracaso anunciado. Sin embargo, los fracasos no son todos iguales. Esta serie es también un viaje personal. Porque me identifico con los personajes y aunque cuento ficción, cuento también una parte de la historia de mi país. Pude presentar al lector español hechos sobre personas que hicieron de todo para que hoy podamos tener libertades.

- ¿Es también un libro sobre la amistad?

-Sí, sobre la amistad y la lealtad entre gente que se quiere. Esta novela es muchas cosas pero también es la historia de una amistad muy larga, que sobrevive a la derrota y al fracaso. Es una novela de compañeros y de espías poco convencionales. Espías de un gobierno que no tiene Estado ni poder.

- Un personaje femenino, Meg, expresa su bisexualidad, una honestidad valiente en tiempos oscuros como aquellos.

- Los años 30, al menos en mi país, fueron muy modernos. La libertad sexual de los 20 y los 30 se acabó con la dictadura. El franquismo significó que España volviera a mediados del Siglo XIX. Ahí tengo la sensación de que hubo un retroceso. Cuando era pequeña pensaba que el progreso era una línea recta, pero no. Meg y Manolo tienen una historia de amor muy rara, porque los une un vínculo extraño: fueron abandonados y compartían una sensación de orfandad, de abandono y de haberse hecho a sí mismos.

- ¿Qué es, en cuanto a lo técnico, lo mejor logrado en esta historia de 750 páginas?

- El voseo del argentino…. también cuando Meg habla mexicano porque la educó una nana mexicana. Incorporar la variedad lingüística en la novela era fundamental. Cuando Manolo llega a Buenos Aires, le sitúo en una dirección que conozco tan bien: el hotel Trianón, en el que me quedé en varias ocasiones. Mientras escribía eso, en Madrid, tuve la sensación de que estaba en Buenos Aires. Como si el hecho de escribir me hubiera trasladado a este país.

- Aparecen el ajedrez y el boxeo. ¿Por qué?

- El ajedrez es importante porque actúa como un vínculo que se repite en la vida de Guillermo (protagonista). Le permite acercarse a mucha gente. Me gustan mucho los objetos en mis novelas; y acá hay uno: un reloj de ajedrez que era de su abuelo. El boxeo es otra historia. Necesitaba contar cómo Adrián acaba siendo un juguete roto de sus errores. Se convierte en lo que no es. Se equivoca y a fuerza de equivocarse se deja llevar por la vida hasta un lugar en el que nunca había estado. El boxeo es una forma de desencadenar. Surgió así: hace cuatro o cinco años los libreros de Bilbao me dieron un premio y me invitaron a comer. Pero antes me dijeron “vamos de chiquitos”, o copas de vino, por la Calle del Perro. ¡Los llaman chiquitos pero te coges unos pedos del 14! En un bar había una foto que me alucinó: un combate de boxeo en el agua: el cuadrilátero sobre una gabarra, el agua alrededor y dos boxeadores peleando. En Bilbao se acostumbraba hacer combates de boxeo en gabarras, con una grada para el público en el muelle. Cuando vi esa imagen dije “pues, que Adrián boxee”. El boxeo es en el fondo una cosa tan brutal que encajaba muy bien con la esencia de mi personaje. Tengo la sensación de que los boxeadores son nobles. Alguien astuto y retorcido no va en el boxeo. Porque esa brutalidad necesita nutrirse de inocencia. Entonces empecé a investigar y lo metí como boxeador. Aprendo un montón de cosas cuando escribo.

- Antes me hablaba de un final no feliz. ¿Qué sensación le quedó, entonces, al terminar de escribir?

- Cuando termino me pasa siempre lo mismo: y es que no me gusta nada terminar. Lo que más me gusta es empezar una novela. Pues sé que construiré una casita en la que viviré por dos o tres años. Cuando termino, es como si me desahuciara. No sé a dónde ir. Esta ha sido una novela difícil de escribir: porque es extensa, porque fue alejada de la historia que yo conocía y por cuestiones morales, como describir a gente execrable sin que parezca así.

- ¿Qué planes tiene, Almudena?

- Cuando acabe la promoción, creo que volveré a escribir. Tal vez después me gustaría ponerme a leer, empezar a pensar en la quinta novela de esta serie. Pero antes, en Navidad, quiero dormir.

(C) LA GACETA

> PERFIL

Almudena Grandes (Madrid, 1960) saltó a la fama en 1989 con Las edades de Lulú, XI Premio La Sonrisa Vertical. El éxito editorial fue una constante a partir de entonces, con novelas como Te llamaré Viernes, Malena es un nombre de tango o El corazón helado. Varias de sus obras fueron llevadas al cine y obtuvieron, entre otros, el Premio de la Fundación Lara, el Premio de los Libreros de Madrid y el Prix Méditerranée. En 2010 publicó Inés y la alegría (Premio de la Crítica de Madrid, el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz), primer título de la serie Episodios de una Guerra Interminable.

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