Programa Barrio Abierto: historias en primera persona

14 Nov 2017

El programa Barrio Abierto, nacido en Buenos Aires, lleva a los vecinos testimonios de autosuperación, narrados por personas que encontraron la manera de superar las condiciones socioeconómicas adversas. “Ellos vieron las oportunidades y salieron adelante”, destacó Mili Correa García, una de las organizadoras de la jornada llevada a cabo en la escuela Nuestra Señora del Rosario de Nueva Pompeya, del barrio Puerto Argentino. Se escucharon cinco historias y estas son dos de ellas. 

> Celeste Peralta construyó su casa y afianzó a su familia

Tiene 28 años. Sus amigos la llaman “Celeper”. Está casada y tiene una hija de cinco años, a quien bautizó Catalina. Apenas terminó su disertación corrió a abrazarla. Vive en el barrio Puerto Argentino, donde edificó su hogar.
› Después de las palabras, el abrazo
Tiene 28 años. Sus amigos la llaman “Celeper”. Está casada y tiene una hija de cinco años, a quien bautizó Catalina. Apenas terminó su disertación corrió a abrazarla. Vive en el barrio Puerto Argentino, donde edificó su hogar.

Nací en Buenos Aires, pero cuando tenía un año mis padres se vinieron a vivir a Tucumán. No tenían plata y eran muy pobres. Mi madre vino primero conmigo; mi padre esperó un tiempo más. Ella armó una casilla aquí en el barrio, pero llovía y había tanto viento que cuando colocaba una chapa se le volaba otra. Me contó que un vecino se acercó a ayudarla, porque no podía armarla con tanta lluvia y viento. Después vino mi padre y volvimos a estar todos juntos.

Cuando tenía cuatro años nació mi hermano, que padece síndrome de Down, y a los ocho años nació mi hermana menor. No teníamos para comer. Mi mamá armó una especie de almacén en la casa y vendía en el barrio al fiado. Cuando ocurrió la crisis de 2001 ninguno de los fiados pagó lo que debía y mamá quebró. Otra vez, sin nada.

Yo iba a la escuela primaria. No era como ahora. No había pavimento ni pasaba el colectivo. Mi padre no conseguía trabajo y se hizo limonero. Yo no sabía lo que era ser limonero hasta una tarde que lo vi llegar. Estaba lastimado en los brazos y en la cara. Pensaba que lo habían asaltado. “¿Qué te pasó?”, le pregunté y él me dijo: “vengo de trabajar”. En ese tiempo me juré que, de grande, nunca iba a pasar hambre y mi familia tampoco.

Iba a la escuela pública y mi sueño era ir a una privada, con uniforme y todo eso. Pero en mi casa no alcanzaba para pagar. Era diciembre y se me ocurrió que tenía que ayudar a mi mamá a conseguir plata. Mi papá pasó de limonero a trabajar en una remisería. Entonces empecé como asistente de la operadora en la remisería. Y conseguí la plata para el uniforme.

Mi mamá me anotó en la escuela privada, pero me dijo que tenía que ser la mejor alumna para recibir la beca y pagar la mitad de la matrícula. Empecé a estudiar, y me esforzaba, pero no llegué a obtener la beca. Parece que no era tan inteligente como yo creía. Seguí estudiando y en el colegio había pasantías, pero me faltaban como tres años para poder postular a una.

Un día fui a ver a un profesor que se encargaba de las pasantías y le dije: “profe, voy a dejar el colegio. No puedo seguir más, porque no tengo la beca y en mi casa no alcanza la plata”. Me dijo que era una locura dejar de estudiar. Le expliqué que si conseguía un trabajo o una pasantía tal vez podía seguir. Así conseguí una pasantía en una casa de comidas rápidas.

Salía de mi casa a las 8 para ir a la escuela y de ahí pasaba al trabajo. En la mochila llevaba mis cuadernos y el uniforme de trabajo. Volvía a la noche. A los 18 años pasé a trabajar como ayudante de kinesiología; después fui secretaria de una psicóloga. Ganaba muy poco y tardaban en pagarme. Empecé a estudiar Comercio Exterior. En esa época soñaba con tener una casa con un techo firme y paredes y ventanas, así dibujaba mi casa de los sueños. A los 25 años tuve mi casa tal como la soñaba y como la había dibujado.

Hoy en día mi hermano tiene su pensión y soy muy feliz. Soy feliz porque decidí ser feliz. Sabía que si me quedaba en mi casa no iba a lograr nada. Entonces salí, me relacioné y lo logré. Los invito a que dibujen sus sueños y salgan a buscarlos y que así tengan una excelente vida.

› después de las palabras, el abrazoTiene 28 años. Sus amigos la llaman “Celeper”. Está casada y tiene una hija de cinco años, a quien bautizó Catalina. Apenas terminó su disertación corrió a abrazarla. Vive en el barrio Puerto Argentino, donde edificó su hogar.


Waldemar Cubillas cayó preso y cambió las armas por los libros

› De Buenos Aires al Vaticano

Waldemar Cubillas tiene 34 años. Estudió la carrera de Sociología en la Universidad Nacional San Martín, dentro de la Unidad Penal N°48. Al salir creó una biblioteca en la villa “La Cárcova”. El papa Francisco lo recibió en Roma. Sus amigos lo llaman “El Negro”.

La Cárcova es una villa de San Martín, Buenos Aires. Muchos dicen que es una de las más problemáticas. Me considero un pibe villero. Nací y me crié en La Cárcova con todo lo que eso significa. En 2001 tenía 17 años y muchos recordarán la crisis y la imagen de un presidente dejando la Casa de Gobierno en helicóptero. En mi caso entendí que tenía la posibilidad de afrontar la vida a través del uso de las armas. Mucho tiempo fui un pibe chorro, me dediqué a la delincuencia y robé desde muy temprano.

También era buen estudiante y nunca abandoné la escuela. En la mochila llevaba libros y fierros. Con otros amigos crecimos confundiendo educación con delincuencia, la villa con la escuela. Siempre digo que tuve la suerte de no morir, como muchos de mis amigos que sí murieron en el intento de poder transitar una situación. Murieron en un pasillo del barrio o enfrentándose con la Policía.

Tuve la suerte de no morir, pero tuve la mala suerte de estar nueve años preso. A los 18 pisé por primera vez una cárcel, un 28 de diciembre. Estaba siendo condenado en un juicio oral y público y siempre me acuerdo de cuando el juez decía: “Waldemar, a usted lo condenamos por el delito de robo doblemente calificado por la portación de arma de guerra, resistencia a la autoridad”. Y yo decía: “no... cómo afrontar una vida dentro de una cárcel con 18 años”.

Me estaban condenando por tener armas y yo me crié usando armas; o sea para mí no era un delito, sino una forma de vivir. Muchos de mis amigos se hicieron cirujas y fueron a revolver la basura para comer y vivir.

Mi vida en la cárcel tuvo muchas experiencias. No fue nada fácil vivir nueve años preso. Ahí aprendí a conocer mi cuerpo. La primera afeitada me la hice estando preso; pude ver cómo cambiaba mi voz estando preso. Me hice hombre estando preso, en una situación aislada, lejos de la familia. Pero nunca dejé de estudiar.

Cuando caí detenido había pasado el último año del secundario y en la cárcel insistí con eso. Me costó mucho, pero pude seguir. Y eso que tuve que hacerlo dos veces. En la escuela de la cárcel quería hacer el último año que me faltaba, pero el director me pidió el certificado que acreditara que me faltaba un año para terminar. No tenía esos papeles y mi familia estaba lejos. La única alternativa era arrancar desde el primer año y no quería perder la posibilidad. Así que empecé de nuevo.

El segundo día me estaba aburriendo; el tercer día estaba ayudando a un compañero a hacer la tarea y el cuarto día estaba como asistente del docente. Después nos juntamos cinco presos y mandamos una carta a la Universidad de San Martín, con el sueño de poder seguir estudiando. En mi celda empecé a juntar libros. En la cárcel todos sabían que había un pibe que leía. Después otros presos me pidieron libros prestados y así pude formar una biblioteca.

Cuando quedé libre me preguntaba: ¿cómo hago para no caer preso? Entonces volví al barrio y armé una biblioteca como la que tenía en la cárcel. Siempre digo que antes usaba armas y que las sigo usando, pero ahora esas armas son la palabra, la lectura y la escritura.



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