"El alcohol homicida"

Un toque de alarma de Aráoz Alfaro, en 1934.

09 Nov 2017

El célebre médico tucumano Gregorio Aráoz Alfaro firmaba en LA GACETA del 23 de mayo de 1934 el artículo “El alcohol homicida”. Sucedía que la Corte de Justicia de Tucumán había llamado otra vez la atención al Gobierno sobre el gran número de homicidios y heridas graves que eran, en su inmensa mayoría, decía, cometidos por sujetos en estado de ebriedad.
El problema del alcoholismo “no sólo existe, sino que por añadidura es uno de los más graves”, afirmaba. Se trata “de una cuestión seria, digna de la atención de los hombres dirigentes”. Decía que los psiquiatras habían denunciado reiteradamente al alcohol como “principal responsable de la locura de los millares y millares de desgraciados que ya no encuentran cabida en los establecimientos de asistencia”. 
Machacaba que “desde la simple reducción del trabajo útil e incapacidad para el ahorro hasta la impotencia absoluta; desde el carácter irritable y la brutalidad hasta la pérdida de los afectos de familia, la riña y el homicidio; desde las dispepsias leves y los ligeros trastornos nerviosos hasta la gastritis, la cirrosis, la tuberculosis, la parálisis y la locura, el alcohol es capaz de hacer recorrer toda la gama de las degradaciones orgánicas y mentales, no sólo en el individuo sino también en la descendencia”. Dejando de lado la ingestión de una o dos copas de vino o de cerveza, por lo general inofensivas, “¡cuántas alteraciones de ‘carácter’, cuántos trastornos digestivos, cuántos acceso de palpitaciones, calambres, dolores musculares e insomnio, no provienen sino de las dosis diariamente repetidas, aunque pequeñas, de bebidas alcohólicas!”. Entendía urgente una reforma legislativa que, entre otras medidas, declare “la incapacidad civil del alcoholista crónico y su reclusión en establecimientos adecuados para su tratamiento, aunque no hayan cometido delitos”.
El célebre médico tucumano Gregorio Aráoz Alfaro firmaba en LA GACETA del 23 de mayo de 1934 el artículo “El alcohol homicida”. Sucedía que la Corte de Justicia de Tucumán había llamado otra vez la atención al Gobierno sobre el gran número de homicidios y heridas graves que eran, en su inmensa mayoría, decía, cometidos por sujetos en estado de ebriedad.
El problema del alcoholismo “no sólo existe, sino que por añadidura es uno de los más graves”, afirmaba. Se trata “de una cuestión seria, digna de la atención de los hombres dirigentes”. Decía que los psiquiatras habían denunciado reiteradamente al alcohol como “principal responsable de la locura de los millares y millares de desgraciados que ya no encuentran cabida en los establecimientos de asistencia”. 
Machacaba que “desde la simple reducción del trabajo útil e incapacidad para el ahorro hasta la impotencia absoluta; desde el carácter irritable y la brutalidad hasta la pérdida de los afectos de familia, la riña y el homicidio; desde las dispepsias leves y los ligeros trastornos nerviosos hasta la gastritis, la cirrosis, la tuberculosis, la parálisis y la locura, el alcohol es capaz de hacer recorrer toda la gama de las degradaciones orgánicas y mentales, no sólo en el individuo sino también en la descendencia”. Dejando de lado la ingestión de una o dos copas de vino o de cerveza, por lo general inofensivas, “¡cuántas alteraciones de ‘carácter’, cuántos trastornos digestivos, cuántos acceso de palpitaciones, calambres, dolores musculares e insomnio, no provienen sino de las dosis diariamente repetidas, aunque pequeñas, de bebidas alcohólicas!”. Entendía urgente una reforma legislativa que, entre otras medidas, declare “la incapacidad civil del alcoholista crónico y su reclusión en establecimientos adecuados para su tratamiento, aunque no hayan cometido delitos”.

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