El universo masculino del dominó

En un bar de plazoleta Mitre, todas las tardes, se reúnen los cultores del dominó, casi todos jubilados, y entre partida y partida comparten bromas y pasan el rato. Eso sí, todos respetan a la moza, la única presencia femenina.

13 Oct 2017
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-LA GACETA / FOTOS DE ANTONIO FERRONI.-

Es un mundo exclusivamente de hombres. La única mujer que aparece en el salón, cada cinco o 10 minutos, es Yanina Suárez. Ella es la moza del bar que sirve los pedidos de café con leche, dos tortillas y un vaso de soda. Por lo demás, es un universo de varones. Todos se conocen desde hace décadas. Forman una cofradía que cada tarde se reúne en el mismo lugar y a la misma hora para jugar al dominó.

-Está clarito que vos no tenés blanca, grita uno de los jugadores repartido entre las mesas, mientras un sonido metálico resuena cuando la ficha cae en la mesa.

El toldo negro y la tenue luz blanca le dan un aire de blanco y negro a la escena en que se juega al dominó con la misma pasión de una partida de ajedrez. Afuera la llovizna le da un toque gris a la tarde del miércoles.

-No me pidás un cigarro. Vos nunca comprás cigarros. Cómo mangueás, chango... dice otro jugador. Enfrente suyo, el rival de la partida, baja las fichas con una mano y con la otra levanta la tasa de café con leche. Una medialuna reposa en un pequeño plato blanco al lado de un vaso de soda helada y burbujeante.

Son jubilados. Muchos de ellos peinan canas. Algunos se cubren la cabeza con gorras de cuero para pelearle al inesperado frío de octubre.

-Si no tuviera tantos mangueros a la vuelta de la mesa, yo ya sería millonario... dice a los gritos y riéndose uno de los jugadores. Yanina sirve otro café con leche. De fondo como una música constante en la avenida Mitre al 700, se oyen una frenada, bocinazos, y a veces, suena una sirena de ambulancia que busca abrirse paso en la marejada de vehículos. A los gritos un jugador le pide un café más desde un extremo del salón, ubicada en plena vereda de la avenida. El bullicio aumenta, mientras la moza se retira con la bandeja repleta de vajillas usadas. “Hace seis meses que trabajo aquí”, dice sonriente. “Sí, son todos hombres, pero me gusta este trabajo, porque nadie te falta el respeto”, asegura.

-No lo dejo doblar. Yo tenía un cuatro.

-Dejá de llorar ya...

-Vos sos el que está llorando, chango...

La mayoría se conoce desde hace tres décadas. Viven en los alrededores de la plazoleta y crecieron entre los bares y los billares de la zona. Muchos de esos locales fueron cambiando de dueño, de ubicación, de nombre y algunos ya cerraron. Todavía se mantiene con vida El Tano, donde confluye la cofradía del dominó. A cada instante se escuchan desafíos por el juego, risas, gastadas, bromas.

-Arrivederchi amoooooor... festeja un jugador a los gritos en un extremo del salón, mientras hace tronar la ficha en la mesa. Es un gesto triunfador de un ganador nato que se banca la parada ante el resto de sus rivales.

Entre amigos se llaman por los apodos. Entre las mesas andan “Pepeto”, “Ladilla”, “La Chilindrina” (nadie sabe por qué le dice así, pero ya le quedó el apodo), “Onur” (le pusieron así porque es turco).

-Elías, aquí me dicen que has comprado cigarros; o sea que va a seguir lloviendo, hermano... grita en broma un espectador de una punta a la otra.

-Un 10 ha compra’o el desgracia’o... responde otro, también a los gritos.

-Este, con tal de no convidar, es capaz de cualquier cosa, agrega otro en medio de las chanzas.

-Se está desangrando con las blancas... interrumpe otro jugador.

Un papel amarillo doblado y una lapicera al costado de la mesa. Alrededor se sientan otros espectadores. Esperan su turno, mientras se toman una merienda.

-Hola, Horacio... saluda un hombre que recién llega con el celular en la mano. Tiene un acullico de coca en la boca.

-Ya vamos. Juego el último. Ya vamos, responde Horacio.

En todas las mesas, hay jugadores concentrados en sus fichas y parece que no hay nada en el mundo, ningún ruido, que pueda distraerlos.

“Es un juego que requiere mucha inteligencia; mucha concentración, hay que estar atento a qué fichas tiene el otro”, asegura José Liberti, de 58 años.

Espera su turno para jugar, mientras conversa sobre el juego. “Aprendí a jugar hace más de 30 años. No podía jugar al billar, porque estaba ocupada la mesa, y eso me llevó al dominó -dice-; aquí nos conocemos todos. Uno puede llegar a estar cuatro o cinco horas aquí, porque esto te entretiene y algunos juegan hasta las cuatro de la madrugada. Esto es un entretenimiento para nosotros, y estamos todos entre amigos”.


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