Voces femeninas se escuchan tras 400 años de silencio

La historiadora Ana María Presta recupera la memoria de mujeres compelidas a la vida de monjas de reclusión.

20 Sep 2017
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EN TUCUMÁN. Presta -docente e investigadora- disertó en el Virla. LA GACETA / FOTO DE DIEGO ARÁOZ.-

“Andate a Bolivia y hacé tu nido ahí”, le dijo Ana María Lorandi, su directora de tesis. El consejo marcó la vida académica de Ana María Presta. ¿Cómo no hacerle caso? Marchó pues hacia allá y encontró otra figura decisiva: Gunnar Mendoza Loza, responsable durante 45 años del Archivo Nacional y Biblioteca Nacional (ANBN) de Bolivia, una de esas figuras de la cultura iberoamericana que vale la pena descubrir. Mendoza Loza fue su lazarillo en el laberinto documental que hace del archivo enclavado en Sucre el paraíso de los investigadores.

Presta cuenta esa historia -su historia- con una mezcla de nostalgia y entusiasmo. Llegó a Tucumán para brindar una conferencia cuyo enunciado llama a engaño: la vida de las mujeres en el convento de Nuestra Señora de los Remedios de Santa Mónica, en la Charcas del siglo XVI. El tema, que puede sonar árido, es en verdad apasionante apenas Presta va desenredando la madeja hasta exponer una radiografía de aquella sociedad altoperuana y el papel que les cabía a las mujeres en ese entramado patriarcal.

El enfoque llamó la atención del grupo de estudios de género del Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES-Conicet), organizador de la charla en el Virla. Y también el prestigio de la invitada, por supuesto: Presta es una reconocida docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), investigadora del Conicet y autora -entre otros- de “Encomienda, familia y negocios (1550-1600)”, un minucioso abordaje al funcionamiento de la sociedad colonial.

Constantinopla y Bizancio son antiguos nombres para una misma ciudad: Estambul. Sucre comparte esa llamativa condición con la capital turca, porque en el pasado fue Charcas y también Chuquisaca. Allí nos pide Presta que nos ubiquemos, un puñado de décadas después del arribo de Colón al continente. Estamos en el seno de un hogar en el que se presenta un problema. Hay más de dos hijas en edad de casarse, pero no hay dote para todas.  

“La institución de la dote era muy fuerte -advierte Presta-. Sin dote las mujeres no se casaban. Pero tampoco podía haber doncellas en una casa, era un peligro para la circulación de ‘hombres sueltos’. Se corría el riesgo de la pérdida del honor. Y otra cosa: esa condición de la hija que se queda para cuidar al padre viejo es moderna”.

¿Cuál era la solución entonces? La vida monacal. “Pongamos un ejemplo: el monto de una dote equivalía al precio de una docena de casas, o de cinco casas amuebladas. Para entrar al convento se pagaba muchísimo menos, la relación era bajar de 40.000 pesos a 2.000 pesos. Además era una elección prestigiosa, porque las mujeres se casaban con Cristo”, explica.

Claro que en este esquema lo que no contaba era el deseo de las mujeres. Los mandatos paternos eran los que decidían esos destinos, nada menos que la reclusión de por vida en un monasterio. También había casos de hermanos mayores que las enviaban al convento para quedarse con los bienes a la hora de recibir una herencia; o de maridos que se desembarazaban de sus esposas obligándolas a tomar los hábitos.

Dentro del claustro terminaba replicándose -a escala- el modelo social de Charcas. con sus diferencias de funciones y de jerarquías. En ese ámbito se forjan identidades femeninas muy definidas. Y no era una apacible existencia dedicada a la contemplación. La visita de un funcionario del Cabildo Catedralicio al monasterio, en 1590, da cuenta de una efervescencia impropia de hermanas pías. Las monjas denunciaban haber sido ofendidas en su honor por sus guardianes espirituales (pertenecientes a la orden de San Agustín) y el expediente original hablaba también de la presencia de niños en el convento, de robo de comida para ser vendida en las calles...

Este cotilleo debidamente documentado y preservado nos permite escuchar las voces de mujeres que parecían borradas de la historia. Presta fue confiriéndoles protagonismo desde que llegó a sus manos un conjunto de cajas que contenían testamentos y papeles pertenecientes a las monjas.

Ya se habían ensayado rescates de la vida monacal en la Colonia, pero el punto de vista partía casi desde una idealización de la vida religiosa. Presta profundizó el estudio de género desde otra perspectiva. En el consejo de Lorandi y en la generosidad casi paternal de Mendoza Luna había mucho de premonitorio.

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