Las correrías del changuito cañero

La política por un lado y la industria por otro. Desde los principales espacios públicos salieron a enfrentar el descrédito al azúcar, un producto que nos cuesta defender a los tucumanos. Comienza la cuenta regresiva electoral

17 Sep 2017
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El changuito cañero salía con su sonrisa de oreja a oreja con la panza al aire y el pantalón cortito. Corría. Era imparable. En aquel entonces -hace 35 años- competía con un robot que devoraba edulcorantes. Al final el changuito tucumano terminaba entero, mientras que el hombre de lata quedaba destartalado. Era una de las publicidades que los azucareros de entonces habían pergeñado para sostener y para defender el azúcar que empezaba a ser vapuleada por los detractores de los cristales dulces que se elaboran en los ingenios tucumanos. Se trataba de una publicidad que nunca salió por los televisores que en aquella época “hablaban” en blanco y negro. No se vieron esas imágenes porque los dueños de ingenios no pudieron ponerse de acuerdo. Jujeños, salteños y tucumanos se pelearon. La historia de siempre en la industria azucarera: los pares no son pares, sino enemigos. Un año después acordaron una publicidad y, a través del Centro Azucarero Argentino, contrataron figuras de aquel entonces (deportistas y del espectáculo) que ponían su cara para decir claramente que para ellos el azúcar era salud y, por lo tanto, daban su recomendación: “Ponga azúcar en su vida”.

Cualquier consumo en exagerado será perjudicial para la salud. Pero los cordobeses no eligieron el pan ni el vino. En sus mesas siguen ocupando su lugar; en cambio decidieron sacar el azúcar y dar paso a los edulcorantes. En los 80 comenzó la batalla que los tucumanos decidieron perder de a poco. Este producto que forma parte de más del 30% del Producto Bruto tucumano nunca tuvo buena prensa. A lo largo del tiempo prefirieron defenestrarlo antes que defenderlo. Es curioso cómo en una conversación, en el imaginario de los chicos, el azúcar se asocia con la contaminación y con el perjuicio a la población y no con el gran aporte que hace o que puede aportar. Hace mucho tiempo lo abandonaron.

El grito en el cielo

Durante los últimos 12 años, el ex gobernador José Alperovich hizo esfuerzos para pasar inadvertido fuera de los límites de la provincia. Exigía a sus operadores que lo hicieran invisible en el resto del país. Fue una opción. Cuando apenas comenzó su reinado en Tucson eligió entre tomar trascendencia nacional o encerrarse en la comarca. Eligió esta segunda opción. Esa política se ha desvanecido desde que llegó su sucesor, el canciller Juan Manzur.

Actualmente, hay un ministro en el Poder Ejecutivo provincial que opina que cualquier cuestión que perjudique a la provincia debe ser un tema que se discute -y arregla- puertas adentro, pero hacia afuera debe haber un bloque compacto que defienda a la provincia. Esa fue la actitud del gobernador desde que se enteró de que los cordobeses decidieron ponerle sacarina a la vida. Los siguió la Legislatura. El poder político, sin distinción de partidos, reaccionó velozmente, movilizado seguramente por el espanto de que la decisión de los cordobeses se difunda como un virus a lo largo y a lo ancho del país. Los que se durmieron en los laureles parecen ser los industriales que, una vez más, eligieron el lobby silencioso en lugar de poner el grito en el cielo como a fines del 80, cuando le hicieron saber a todos de los beneficios que implica consumir azúcar. La industria vitivinícola ha dado muestras de cómo el trabajo conjunto y cohesionado ha dado resultados impensados a cada uno de sus componentes.

Un engaño light

Entre el 27 y el 29 de mayo de 2008 se llevó a cabo en Buenos Aires la 33 sesión del Consejo de la Organización Internacional del Azúcar. En esa oportunidad, la doctora Graciela Cerutti, de la Dirección de Alimentos del Ministerio de Desarrollo Productivo de la Provincia, dio a conocer las conclusiones luego de que se relevaron 582 productos alimenticios y 206 bebidas en 11 provincias argentinas. Allí se detectó que muchos productos, especialmente gaseosas y jugos en polvo, contenían edulcorantes sin explicar que eran dietéticos. Por eso en ese mismo encuentro se propició la necesidad de realizar campañas para que en la Argentina se tomara conciencia del bienestar que implica el consumo de azúcar. Hace sólo tres años, el IDEP reveló un estudio en el que se precisaba que las importaciones de edulcorantes no calóricos sintéticos habían superado los 42 millones de dólares. Eso implicaba que se habían duplicado las cifras de 2003, una década atrás. Se infería además que gran parte del terreno perdido se debía a la mala información que se habían preocupado por difundir sus detractores.

En este 2017 las discusiones ideológicas, los malos tratos que abrieron grietas y la violencia política han contribuido a que este producto, vital en la vida de los tucumanos, haya sido abandonado por todos y ahora muchos lloran sobre la leche derramada.

Provecho endulzado

Mientras los industriales azucareros dormían la siesta, Manzur y Osvaldo Jaldo aprovecharon la coyuntura. El gobernador y el vice venían siendo vapuleados por el ataque desenfrenado del intendente Germán Alfaro. Este había apuntado a uno de los puntos más débiles, el servicio de agua y cloacas, que además tiene una impronta alperovichista y, por lo tanto, no tiene un especial cuidado en la Casa de Gobierno. El canciller y el general electoral esquivaron los golpes y salieron a atacar el tema del azúcar. De esa manera volvieron a tomar El centro del ring y volvieron a tener el protagonismo que habían cedido. Incluso les sirvió para seguir con el discurso que les dio oxígeno en las PASO porque al ataque al azúcar le dieron un perfil político para atacar al presidente Mauricio Macri ya que el intendente de Córdoba, Ramón Mestre, pertenece a Cambiemos.

Los conflictos con los cordobeses también le sirvieron al oficialismo para seguir fidelizando a sus adeptos en la contienda electoral. Si bien la campaña comienza hoy, la dupla gubernamental no para y sale todos los días a mostrarse y a consolidar la identidad peronista. El titiritero José Alperovich se mantiene a prudente distancia. El viernes pasado se mostró junto a los dos líderes peronistas, pero prefiere cortarse solo. Salvo esta arista, el canciller y el general han logrado mostrar un trabajo compacto y constituyeron un verdadero scrum que empuja con la ilusión de no perder un voto de los obtenidos en las elecciones del 13 de agosto.

Antón pirulero

La situación de Cambiemos en Tucumán es totalmente diferente. Aunque aparezcan tocando timbres juntos, peronistas, radicales y Pros practican el Antón Pirulero y cada uno atiende su juego. José Cano empuja sus rencillas y diferencias y no aparece con la asiduidad que supo hacerlo. Muestra -hasta ahora- una imagen más de desconcierto que de conducción como debiera ser alguien que encabeza una lista. En ese rol aparece más el propio Alfaro, que se muestra con una agresividad inusitada. Trae del arcón de los recuerdos a aquel Cano de hace tres o cuatro años. El intendente sube al auto a su esposa, la candidata a diputada Beatriz Avila, y no frena en su desenfrenada agresión contra el gobierno provincial y, particularmente, contra el ex mandatario Alperovich. Así ha ganado protagonismo y le ha ganado un espacio al oficialismo que no encuentra cómo neutralizarlo. Cuentan en la Casa de Gobierno que el propio canciller pidió a los dirigentes que pongan más la cara y que retruquen los embates alfaristas. Hasta ahora pareciera que esos pedidos les han entrado por un oído y les han salido por el otro.

Culpable de siempre

Fue impactante que Cristina accediera a una entrevista. Increíble que en una democracia esto sea noticia, pero el abroquelamiento y el encierro que ejerció la ex presidenta le dio más notoriedad al encuentro. En ese mano a mano con la prensa, Cristina se desesperó por señalar que había una prensa contra ella y que había preguntas que se le hacía por animosidad en su contra. Es una constante del poder la incapacidad de reconocer que el ejercicio de la prensa es independiente y que, cuanto más lo sea, el beneficio es para todos; es el asfalto que puede unir una grieta, el oxígeno que hace respirar una democracia.

Algo parecido ocurrió en Yerba Buena. Hay quienes no pudieron analizar ni profundizar las conclusiones que hizo la Justicia sobre el comportamiento del Concejo Deliberante. Varios ediles decidieron que el problema era LA GACETA como si el proceder de ellos y las decisiones judiciales no existieran. Concejales como Héctor Aguirre, Lucas Cerúsico y Benjamín Zelaya destacaron que LA GACETA miente y que buscaba defenestrarlos por titular como, según ellos, era incorrecto. El desconcierto que muestran los concejales y el desinterés o la soberbia del Departamento Ejecutivo municipal de Yerba Buena están contribuyendo a desmoronar la imagen de una ciudad que prometía ser la más pujante y la de mayor crecimiento. Mientras tanto, es más fácil echarle la culpa a la prensa.

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El changuito cañero debe seguir caminando y corriendo por los cañaverales propulsado por la energía del azúcar. Ya debe tener los pantalones largos y seguramente pelos en su cara, síntomas de haber crecido, algo que a algunos dirigentes -tanto de la política como de la industria- aún les cuesta.

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