La historia de "Quiquí", el chico del semáforo

Sueña con salir de las calles. Pero hasta que eso ocurra (y no ha sucedido en 16 años), les sonríe a los automovilistas, trabaja contento e imagina que tiene un ángel que lo protege y le pone plata en los bolsillos. "Si me dicen que no, no insisto". La inusual historia de un limpiavidrios que es -a la vez y con matices- la historia de muchos más.

17 Sep 2017

Lo que para unos es la nada, para otros es un mundo. Donde unos se pierden, otros se encuentran. Hay quienes nunca se rinden.

Es un hombre; era un adolescente; era un niño. Cuando otros niños jugaban, él limpiaba vidrios en un semáforo. Cuando otros adolescentes estudiaban, él limpiaba vidrios en un semáforo. Mientras otros hombres pasan, él sigue en ese semáforo. ¿Quién es el? Él, que lleva una vida de limpiavidrios. Él, que siente renacer su oportunidad en cada luz roja. Él, que sonríe. Sí, sonríe. Todos los días. Cada día.    

- Mi mamá me ha enseñado a seguir la vida -cuenta. Ella le ha dicho que si alguien le convida droga, no reciba; que ande limpio; que no tome; que no se tire. Que eso es aferrarse a la vida. Entonces él, a veces, ni almuerza: si come, le dará sueño y se acostará a dormir en alguna esquina. “Capaz que justo pasa un cliente y me ve echado. Pensará que me drogo”, razona. Fernando Briceño -24 años, apodado Quiquí- trabaja desde sus ocho años en el semáforo de Casal, como los tucumanos conocen, de modo popular, al cruce de las avenidas Mate de Luna y Alem-Mitre.


Viéndolo desde un punto, son 16 años de exclusión. Porque el limpiavidrios, el mendicante o el vendedor de boletas de lotería son excluidos. Aunque los automovilistas (esos a los que Quiquí llama “clientes”) se hayan habituado a verlos en las platabandas, las suyas son actividades informales. En ocasiones, alguno de esos conductores le ofrece trabajo: “vení a limpiar el fondo de mi casa; lavame el auto; necesito un albañil”, cuenta que le proponen. Él acepta. Pero lo que quiere es ser abogado. Quería, se corrige. Era antes que soñaba con eso. Ahora, no piensa en nada. A veces -sólo a veces- imagina que algún conductor se lo lleva a una fábrica, a un campo, a un negocio. “Tengo un trabajo para vos”, fantasea que le dirá.

Lejos de la calle. Y no es que reniegue de su suerte. Si fue su mamá quien le enseñó a sobrevivir en la intemperie. Ella, doña Norma, vendedora de Telekino, le transmitió los oficios. Cuatro, cinco, seis, siete años tenía el niño. Le daba un haragán para lustrar parabrisas o un atado de tarjetitas para vender en los colectivos. Al mediodía, volvían a su casa, lo bañaba y lo dejaba en la escuela. Pero al cabo, Quiquí cambió definitivamente la educación por el semáforo (”había que ayudar”). Y es que la vida no le ha sido fácil. De su papá ni habla. Inútil acordarse de él, si rara vez lo vio. "Mi mamá sufría. Nos decía que íbamos a salir adelante. Y salimos. Y supimos cómo es la calle. Ella nos decía 'miren a quién le van a tener confianza'".

- ¿Y cómo es la calle?

- Se ven cosas malas. Hace poco, manosearon a una chica que estaba con la ventanilla abierta. Yo hago de cuenta que tengo un ángel guardián. Y así, tranquilo, junto la plata.

La conversación con Quiquí transcurre en un bar de la zona. Son las 11 de la mañana. Como ha venido sin desayunar (y no es que otras veces lo haga) acepta la invitación de un café con leche y dos bollitos. Cuenta que vive con la madre y con Cinthia, su esposa, y Johan, el niño de ambos. “Yo quería ser papá, quería tener un bebé, me gustan las criaturas”, dice. Su casa -chapa, maderas y ladrillos- se encuentra en la periferia de Villa Amalia, al sur de San Miguel de Tucumán. Seis pasos separan la puerta de entrada de una vía de ferrocarril. El tren pasa tres veces por día y, cuando lo hace, todo tiembla. Las otras casas son iguales: un chaperío apeñuscado al ras de los rieles. Ahí, lo único que prospera es el paco. Por eso, Quiquí quiere irse. Le han ofrecido un terreno en la localidad de San Pablo, a $ 2.800.

- ¿Estás seguro de que ese es el precio? Se oye barato.

- Sí. Los amigos del semáforo me ayudan. Las personas me llaman y me dicen ‘esto es para vos, pasamos todos los días, te vemos, sos bueno’. Después, vamos agarrando confianza.

Quiquí disfruta de hablar. Bien tucumano: casi no pronuncia la letra ese, y pone la i donde debería estar la e. Se come las uñas. Usa un arito en la oreja izquierda. Anda en bicicleta. Sonríe tan grande, que se le ve la encía superior. Usa una gorra al revés. Junta unos $ 350 por día (”recibo lo que sea; la monedita me hace falta”). Usó drogas hasta que un hermano suyo, adicto, se mató. Varias veces quiso volver a la escuela. Pensó que quería ser periodista, también. Y no hay mucho más que pueda decirse, añade él (”soy un trabajador. A nadie le falto el respeto”).


Viéndolo desde este punto, el semáforo ha sido su salvación. ¿O será su actitud la que lo mantiene a salvo? Porque aunque él no lo dimensione, ese respeto del que habla representa una entidad dentro de su universo personal. Lo distingue. Cada vez que se detiene un auto, él recibe a su conductor con un saludo. No se abalanza sobre un parabrisas. No prepea. No mendiga. En vez -y a diferencia de los otros limpiavidrios, en su mayoría-, le pregunta a quien está del otro lado del vidrio (del otro lado del mundo, también) si quiere que se lo limpie. “Si me dicen que no, paso de largo. No insisto. Por eso, hi hecho amistades”.

Amigos colectiveros... amigos automovilistas... amigos en moto... amigos de a pie... Amigos que pasan, donde él se queda. Y en la enumeración menciona a Juan Manzur, el gobernador de Tucumán. Cuenta que lo ve a diario. Que baja la ventanilla de la camioneta en la que lo conducen y que le da la mano. “De él no soy amigo -aclara-, pero es educado. Nos saluda a todos, menos a los barderos”.

Los barderos de su decir son un grupo de cuatro o cinco jóvenes. Provienen, en su mayoría, del barrio Juan XXIII, otra zona precaria situada a unas 20 cuadras de ese cruce. Antes de su llegada -cuenta Quiquí- ese semáforo era hermoso; lo arruinaron. Se meten en la explanada de una casa abandonada, en una de las esquinas, y disuelven pastillas. Pastillas en vino. Pastillas en cerveza. Pastillas en gaseosa. Pastillas en jugo. “De ahí salen molestos. Me acerco a saludarlos y ya distingo que van a hacer algo. Le tiran la bronca a la gente, le patean los autos, le echan agua. No me gusta la forma que son”.

Es en esos momentos, cuando Quiquí imagina que vendrá alguien y lo alzará. Cuando se acuerda de su mamá diciéndole que le pida trabajo a Manzur. Cuando piensa que si sigue siendo bueno, saldrá adelante. Cuando se arrepiente de haber dejado la escuela (”si estudiaba, se me iba a cumplir el sueño de ser alguien. Yo sé que se me iba a cumplir, por mi forma de ser; porque yo le ponía ganas”). Pero nada de eso ocurre. Ni ha ocurrido. Por lo tanto, se cruza a la platabanda de los vendedores de chucherías (”decimos cosas, hacemos bromas, flashamos y me tiran la risa a mí también"). Y entonces, vuelve a disfrutar. A disfrutar de la vida en la que ha nacido.

En el Gran San Miguel, de acuerdo a los datos que proporciona el Ministerio de Desarrollo Social, unas 90 personas trabajan en los semáforos, desde niños hasta adultos. Se sabe que la esquina de Casal (llamada así por una confitería que estuvo ahí hasta mediados de la década del ´60 y que tenía ese nombre) es una de las más prósperas, pues posee semaforización en cuatro direcciones y un tránsito intenso. Por ello, los limpiavidrios comparten los andariveles con los vendedores de frutas de estación, de parasoles y de demás objetos oportunistas. “El problema no son los semáforos. El problema es la exclusión. Es la pobreza. Es el hambre. Nadie nace para ser excluido. Es la sociedad la que excluye. Necesitamos un modelo económico que sea más justo”, dice Gabriel Yedlin, el ministro del área. "Nuestro objetivo es darles las herramientas necesarias para que tengan una vida digna", dice Sara Alperovich -de la Dirección de Juventud, la dependencia de Desarrollo Social que procura generar oportunidades de inclusión- para los jóvenes de entre 18 y 30 años. La trabajadora social Sofía Véliz -de esa área- añade que, cuando consiguen un trabajo formal, les cuesta retenerlo debido a que no tienen arraigadas ciertas estructuras, como la constancia o el cumplimiento de horarios. Por ello -explica-, tratan de fortalecerlos en su propio contexto. En las planillas de las dependencias figuran los nombres, apodos, edades, números de documentos y zonas de frecuencia de las personas censadas en los semáforos. Pese a la puntillosidad de esos informes, ¿acaso cualquier tucumano que transita a diario por las avenidas de este aglomerado no se pregunta si no son más los comprovincianos que esperan la luz roja para hacerse de unos billetes?

Puede que Carlos Argañaraz figure en esa lista. Tiene 25 años. Al igual que Quiquí, trabaja en Casal desde que era un niño. Antes, se drogaba con pastillas; ahora, fuma marihuana. Anduvo armado. Cayó preso por un robo, pero cometió muchos. Tiene dos hijos. “No somos malas personas. Que se sepa la verdad de la vida que tenemos. Que se sepa que nos discriminan. Nos tiran el auto encima. Nos pisan los pies con las ruedas. Les limpiás, y no te dan las gracias”. En sus ojos oscuros, más que bronca se ve tristeza. La acústica de la esquina es insoportable. Desde el costado en el que habla, se ve el tránsito torpe y enloquecido. Otros chicos se acercan. Es mediodía: están algo bebidos y algo drogados. Se hace difícil entenderlos. “No hemos cag... de frío anoche, tenemos una sola colchita y nos hemo metido en una caja. Ahí, en esa casita hemo dormido. Acá todos somos una familia. Alto rancho. Pero con los barderos, no. Por culpa de ellos, la gente piensa que todos somos iguales”, dicen Lucas Arce, Walter Zalazar y Carlos González.

Cuenta Laura Moyano -voluntaria de “Alas Solidarias”- que en sus rondas se ha encontrado con limpiavidrios que le han dicho que ella era la primera persona en mirarlos a la cara en todo el día.

“Sos la primera persona que, hoy, me ha mirado”.

Dice, además, que en el caso de los jóvenes en situación de consumo, es díficil pensar en la posibilidad de reinserción debido al daño que les provocan las drogas. Además, quienes menos tienen -en general-poseen menos de todo: menos estimulación en su entorno, menos acceso a escuelas que los retengan, menos salud y menos posibilidades laborales. 


Para este momento, Quiquí ha vuelto a la esquina. Se ha parado con los vendedores, a la espera de que se encienda la luz roja. Entonces, él también buscará que alguien lo mire a los ojos y le diga que sí. Que se dé cuenta de que él sabe pedir bien las cosas. Porque él quiere llegar lejos. Lo que no sabe es que, quizás, ya llegó. 
Afrontar el rechazo: sonreír. Estar parado bajo el sol o la lluvia: sonreír. Desear otra cosa: sonreír.


Para este momento, Quiquí ha vuelto a la esquina. Se ha parado con los vendedores, a la espera de que se encienda la luz roja. Entonces, él también buscará que alguien lo mire a los ojos y le diga que sí. Que se dé cuenta de que él sabe pedir bien las cosas. Porque él quiere llegar lejos. Lo que no sabe es que, quizás, ya llegó. 

Afrontar el rechazo: sonreír. Estar parado bajo el sol o la lluvia: sonreír. Desear otra cosa: sonreír.


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San Miguel de Tucumán
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