Ese violín con silueta de mujer

17 Sep 2017
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El gemido de un changuito alborota a la familia. El padre abre las ventanas de la alegría que observan el río, y sacude en el piano un aria de “Tancredo”. Es 18 de marzo de 1844 en Tichvin, distrito de Nóvgorod. Nicolai Andreievich ha despertado la vida. Se acuna en un ambiente aristocrático. No solo la música parpadea en su destino. Una tradición marina lo guía de la mano.

El insomnio a veces lo sobresalta, tal vez lo angustia. La muerte ulula ahora en las olas del Atlántico. La tempestad, un alarido que patea con furia las velas y desencaja los rostros. Algunos rezan, otros esconden el miedo entre los dientes. El muchacho piensa que el barco, por algo se llama “Almas”, pero sus pensamientos prefieren echar anclas en una melodía de Mijail Glinka para que el temor no le ponga nerviosas las piernas. Un haz de luz perfora el cielo y ve a Simbad colgado de un pájaro gigante. Una caricia de violín le circula por el corazón rastreando la silueta de Scheherezade.

La música clásica rusa está aún en pañales. Glinka y Dargomisky son los inmediatos antecesores. Tertulias. Charlas. Historia. Música. Literatura. Amistad. El Grupo de los Cinco va tomando forma con espíritus aficionados: el ingeniero César Cui, el oficial militar Modesto Mussorgsky, el químico y médico Alexander Borodin, el guardiamarina Rimski-Korsakov y un solo músico: Mili Balakirev. “Mi pasión por la música no pasaba de ‘diletantismo’ hasta que conocí a Balakirev, que me animó a componer una sinfonía, no obstante desconocer la técnica. Él, que no había hecho un solo curso sistemático de composición y ni siquiera había saludado el contrapunto y la armonía, consideraba todo esto sin importancia, porque gracias a sus dotes de pianista y talento natural había llegado a gozar de gran fama”, explica.

Una suelta de corcheas y vodka despabila el canto de los abrazos fraternos. “Mi íntimo era Borodin, quien dedicaba poco tiempo a la música, alegando que tenía tanta estima por ella como por la química. Me dolía mucho ver que su vida se regía por la ley de la inercia. Además su esposa padecía asma y él la cuidaba de noche. Se lo veía siempre fatigado, vivía en el desorden, comiendo cuando podía”, cuenta.

Verano de 1862. Nicolai Andreievich se sube al barco que lo llevará por el mundo. El mar o la música, esa es la cuestión. La duda viaja a Nueva York, a Río de Janeiro. Durante la travesía su desvelo hila el pentagrama de su Sinfonía Nº 1 que será la primera en Rusia. Regreso. Es ya oficial de la Marina. Pero vuelven las tertulias. Se instala en San Petersburgo. La partitura de “Sadko” sale de su cabeza y se convierte en el primer poema sinfónico ruso. Berlioz visita la capital y lo impacta. 1868. Se enfría la relación con Balakirev. “La muchacha de Pskov” es su primera ópera. Le ofrecen una cátedra en el Conservatorio. “No pasaba de ser un diletante inexperto. La juventud, la confianza en mí mismo me impulsaron a aceptar, cuando ni siquiera estaba en condiciones de armonizar discretamente un coro. En 1874 inicié el estudio de la armonía y el contrapunto. En la clase de orquestación me escudé en la más extrema reserva, teniendo la suerte de que los alumnos no sospechasen mi ignorancia, pues cuando pudieron darse cuenta ya había aprendido lo suficiente”, confiesa.

1872. Las corcheas pianísticas de Nadeshda Purgold hechizan su corazón y lo conducen al altar. Mussorgsky es el padrino. Hijos y obras navegan en su vida. “Scheherezade”, el “Capricho español”, “La niña de las nieves”, “La gran pascua”, “La noche de mayo”, “El zar Saltan”, “Mozart y Salieri”, le tienden la mano de la gloria, pero no le arrebatan la humildad. “Por el 76 Tchaikovsky comenzó a venir a nuestras veladas. Era el hombre de sociedad que animaba e infundía vida a la reunión”, dice. Marzo de 1881. “Mussorgsky ingresó al hospital con un ataque de ‘delirium tremens’. Estaba debilitado, canoso. El alcohol había minado su cuerpo robusto. Divagaba en medio de la charla. Stasov y yo nos encargamos de su entierro”, se entristece.

Un Manual de Orquestación deja a sus discípulos: Glazunov, Arensky, Liadov, Tcherepnin, Prokofiev, Stravinsky. Dirige en París y Bruselas. Hijos que mueren. 1905. Huelgas obreras. Luego de 34 años renuncia al Conservatorio. Quema desvelos orquestando obras de Borodin y Mussorgsky. “El gallo de oro”, la última de las 15 óperas que aletea su alma, parodia al zarismo. Ese 21 de junio de 1908 en Liubensk, el corazón de Scheherezade tropieza en la larga barba de Nicolai Andreievich Rimsky-Korsakov y en su melodía lo lleva a Bagdad, donde quizás mil y una noches lo columpiarán en el pentagrama de la eternidad.

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