Quien vio la película no se sube al Titanic

17 Sep 2017
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ENFOQUE

ALDO ABRAM

ECONOMISTA Y DIRECTOR DE LA FUNDACIÓN LIBERTAD Y PROGRESO

El tema cambiario tapó en los últimos meses los datos que muestran que la recuperación económica se ha estado consolidando. El nivel de actividad tocó fondo en el tercer trimestre de 2016 y en el cuarto empezó un proceso de reactivación que continúa. Gracias a la merma de la enorme presión tributaria y en las regulaciones distorsivas que afectaban a la producción agropecuaria, este sector empezó a crecer y le puso el piso a la recesión, empujando al alza a la economía. En el último trimestre de 2016 empezó a recuperarse la construcción, al principio impulsada por el sector público, pero desde hace varios meses se ha sumado el sector privado.

Según el índice de actividad de FIEL, la industria-que venía cayendo desde fines de 2013- empezó a despegar tímidamente a fines de 2016. Sin embargo, su recuperación se volvió más visible en el segundo trimestre, donde los datos oficiales (EMI) muestran variaciones positivas respecto al año anterior. Cabe aclarar que las exportaciones industriales dependen en gran medida de las compras desde Brasil; por ello hubo que esperar a la mejora del nivel de actividad del vecino país para que se incrementaran. El otro gran comprador del sector es el consumo, que tardó en recuperarse y empezó a hacerlo en el primer trimestre de 2017, tendencia que continúa; aunque generalizándose lentamente, sobre todo en las grandes urbes.

Fue lógico que demorara en reaccionar el gasto de las familias, ya que el modelo anterior se basaba en exprimir a los sectores productivos para transferir capacidad de gasto artificial a los consumidores (votantes), particularmente de las grandes ciudades. Por ejemplo a través de subsidios indiscriminados a los servicios públicos o bajándoles el precio que le pagaban a los productores, con las retenciones y un tipo de cambio oficial irrealmente bajo debido al cepo. Estábamos comiendo la gallina de los huevos de oro en tremendo puchero, que llevaba a una crisis de la producción. Por ello, fue acertado eliminar o reducir las retenciones y quitar el cepo que asfixiaba a los generadores de riqueza. Sin embargo, la contrapartida fue que los consumidores tuvieron que pagar lo que verdaderamente valen los bienes que compran y una mayor proporción del costo de los servicios públicos que usan, lo que implicó una pérdida de poder de compra.

La mejora del gasto se sostiene en un poder adquisitivo de los salarios que aumenta; pero la confianza de los consumidores sigue baja. Por eso es una lástima que el proceso de reactivación no tuviera una mayor y mejor difusión. Si uno empieza a sentir que le va bien, pero al resto le va mal, su predisposición a invertir o consumir se incrementa poco y, por ende, también lo hará el nivel de actividad. Sin embargo, cuando uno siente que son cada vez más los que están mejorando, se anima a gastar más, lo cual dinamiza la economía.

No hay una convicción generalizada de que con el anterior modelo hubiésemos terminado en una crisis similar a la de fines de los ´80s o a la que vive hoy Venezuela. Mucho menos aún de que evitarla también implica asumir costos, aunque muchísimo menores que los de una debacle económica. Vale recordar que en la última (2001-2), el porcentaje de pobreza superó la mitad de los argentinos. Por ende, que la sensación de reactivación no se generalice, aunque no haya alcanzado a la mayoría, puede llevar a que las culpas recaigan en la actual gestión y no en la anterior, verdadera responsable de los costos de corregir el rumbo; lo cual tendrá un impacto negativo en los votos que sume el oficialismo en octubre.

Hasta ahora, las inversiones, que son las que verdaderas garantes de un crecimiento sustentable, han llegado lentamente. Los inversores locales y extranjeros necesitan la certeza de que los argentinos estemos decidido perseverar en el esfuerzo para ser un país normal. Si en octubre los argentinos diéramos la señal de que queremos volver al anterior modelo, ninguno de ellos querrá subirse al Titanic, porque saben el final de la película, y por ende la reactivación quedará trunca. Así que habrá que pensar bien cuando pongamos nuestro voto en la urna, ya que se juega nuestro futuro y el de nuestras familias.

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