“Parecía una biblioteca, pero era un palacio de justicia”

Donde unos ven libros y más libros, anaqueles desbordantes de volúmenes apretujados, Alberto Manguel aprecia una compilación de actos justos e injustos. Esta es, según su mirada, la definición de la sustancia de que está hecha la Biblioteca Nacional que dirige desde comienzos de 2016.

17 Sep 2017

Por Irene Benito

PARA LA GACETA - TUCUMÁN

Alberto Manguel se propone plasmar, con el auxilio de las tecnologías de la información, la institución universalista que imaginó su maestro y predecesor en la Dirección, Jorge Luis Borges, y a la vez “llevar” metafóricamente la Biblioteca Nacional a las provincias porque desde luego un acervo de entre tres y cinco millones de obras sólo puede estar donde está, si es que está. Pero en su escala tucumana de marzo, Manguel soluciona pesos, imposibilidades y distancias con el argumento de que todo lo que allí hay cabe en la memoria de las manifestaciones de justicia que la comunidad ha forjado desde que empezó a leer y a escribir.

“¿Por qué en la mayoría de las sociedades los seres humanos carecen de una voz política eficaz? ¿Por qué un ciudadano tiene que reaccionar frente a un acto de injusticia o bien haciendo la vista gorda o bien recurriendo a la violencia? ¿Por qué la mayor parte de nuestras sociedades son tan débiles en eso que podríamos denominar ética cívica? Y, lo que para mí es más importante, una Biblioteca Nacional como símbolo central de la identidad de una nación, ¿de qué manera puede servir como fuente de aprendizaje de ese vocabulario y de cómo hacer para ponerlo en práctica?”, interroga el intelectual en la conferencia organizada por la Fundación Federalismo y Libertad. Y añade: “creo que estas preguntas se basan en determinada idea de la justicia. Cuando un individuo considera que está ante una injusticia y reacciona oponiéndose a ese acto, la fuente tanto del sentimiento como de la reacción es una concepción comunitaria primaria de lo que es justo e injusto”.

Para ilustrar su pensamiento, Manguel acude a un hecho ocurrido en el año 8 de esta era: el destierro del poeta Ovidio ordenado por el emperador Augusto. El que en verso se preguntaba “¿qué ley más equitativa que condenar a los artífices de tormentos a morir con su propia invención?” terminó sus días en una aldea remota de la costa occidental del Mar Negro consumiéndose de añoranza por Roma. Ovidio había vivido en el centro del Imperio, que en aquellos tiempos equivalía al mundo. “El destierro era para él como una sentencia de muerte porque no podía concebir la vida fuera de su ciudad. Según Ovidio, la causa de aquel castigo imperial había sido un poema. No sabemos qué palabras contenían pero eran lo bastante poderosas como para aterrorizar a un emperador. Desde el comienzo de los tiempos, cuya narración también es un relato, sabemos que las palabras son criaturas peligrosas”, recuerda el director de la Biblioteca Nacional.

Pero la discusión sobre la supuesta utilidad de la literatura empezó tres milenios antes que Ovidio fuera desterrado y se remonta al Antiguo Egipto.

Manguel dice que desde entonces escritores y lectores han debatido si aquella sirve efectivamente de algo en una sociedad, es decir, si la literatura cumple una función en la formación de los ciudadanos. Explica: “es cierto que cuando comprobamos la ciega imbecilidad con la que estamos destruyendo a nuestro planeta; la manera implacable con la que nos causamos dolor a nosotros mismos y a los demás; el alcance de nuestras codicias, cobardías y envidias, y la arrogancia con la que actuamos frente a las otras criaturas que viven en el mundo, cuesta creer que la literatura y que cualquier otra disciplina artística nos enseñen algo. Si después de leer frases como esta de Alejandra Pizarnik, ‘la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos’, seguimos siendo capaces de semejantes atrocidades, quizá sea verdad que la literatura no hace que ocurra nada”.

Los imperios caen

Sin embargo y al menos en un cierto sentido, toda literatura es acción cívica porque es memoria. Dice el sucesor de Borges en la Biblioteca Nacional que la literatura preserva algo que de otra manera desaparecería junto a los huesos del escritor: “leer es reclamar el derecho a esa inmortalidad porque la memoria de la escritura integra una divinidad. Memorias extraordinarias como las de Ciro, el rey de los persas, que podía llamar por su nombre a cada soldado de sus ejércitos, no son nada comparados con los volúmenes que llenan nuestras bibliotecas. Nuestros libros son relatos de nuestras historias, de nuestras epifanías y adversidades. En ese sentido, toda literatura es testimonial, pero entre los testimonios están las reflexiones y las denuncias, de modo que no se permita que las atrocidades ocurran en silencio”.

Manguel concede que es probable que la literatura no consiga salvar a nadie de la injusticia, de las tentaciones de la codicia o de las miserias del poder, pero advierte que algo debe haber en ella que la hace peligrosamente eficaz. Y que por esa razón cada dictador, cada Gobierno totalitario, cada funcionario amenazado intenta eliminarla quemando libros, prohibiéndolos, censurándolos, fabricándoles impuestos o defendiendo sólo de la boca para fuera la causa de la alfabetización. “A pesar de miles de años de experiencia, los napoleones de este mundo no han aprendido que sus métodos terminan siendo siempre ineficaces, y que la imaginación literaria no puede aniquilarse porque es esa imaginación y no la de la codicia la que sobrevive a la realidad”, observa. Y sugiere que quizá Augusto desterró a Ovidio porque sabía que estaba equivocado, que había algo en la obra del poeta que lo acusaba. “Cada día, en algún lugar del mundo, alguien intenta, a veces con éxito, reprimir un libro que de manera clara u oscura hace sonar una advertencia. Y una y otra vez, los imperios caen y la literatura sigue”, afirma.

Es que, según su percepción de las cosas, los lugares imaginarios que inventan los escritores y sus lectores persisten sencillamente porque son aquellos que deberíamos llamar realidad, porque son el mundo real revelado bajo un nombre ficticio. Manguel está persuadido de que fuera de ello habita una sombra sin sustancia: ese material con el que están hechas las pesadillas y que a la mañana desaparece sin dejar rastro.

Alejandro, guerras y anhelos

“En esencia no hemos cambiado desde que se tiene registro de nosotros: somos los mismos monos erectos que unos pocos millones de años atrás descubrimos en un pedazo de piedra o de madera instrumentos de lucha mientras que al mismo tiempo estampábamos en los muros de una caverna imágenes metafóricas de la vida cotidiana y las reveladoras palmas de nuestras manos”, postula el funcionario y ensayista.

Y sigue: “somos como el joven Alejandro que, por un lado, soñaba con sangrientas guerras de conquista y, por el otro, llevaba encima libros de Homero que hablaban del sufrimiento causado por la guerra y del anhelo por Ítaca. Como los griegos, permitimos que nos gobiernen individuos enfermos y codiciosos para quienes la muerte no es importante porque les ocurre a los otros. Y libro tras libro intentamos poner en palabras nuestra profunda convicción de que no debería ser así”.

La narración de una injusticia funciona como otra manera de hablar sobre la justicia. Manguel dice que para Platón esta es la cualidad compartida por todas las áreas de la sociedad cuando esa sociedad está regida por la razón: “es decir, la justicia no entendida como un valor en sí mismo sino como un atributo que todos los valores comparten. Si consideramos la justicia como el valor compartido al que la sociedad humana aspira, tal vez una Biblioteca Nacional que intenta reunir todas las manifestaciones de una sociedad en particular podría definirse como el depósito de toda clase de manifestaciones de justicia. Como un catálogo de ejemplos de actos justos e injustos para construir a los lectores, y hacerles recordar su función cívica y guiarlos en su cumplimiento”. Inspirado en una inscripción hallada en unas ruinas egipcias, Manguel sugiere que una biblioteca puede tener como aspiración definitiva la de ser una clínica del alma, que, como decía Don Quijote a su amigo Sancho, incite a embellecer el mundo. Esa biblioteca no sería ya una colección de libros sin consecuencias sino un palacio de justicia en el sentido más digno e íntegro que pueda darse a aquellos devaluados sustantivos.

© LA GACETA

Irene Benito -

Periodista de LA GACETA.

Comentarios