Una hierba silvestre puede llegar a cambiar la vida de los santamarianos

Científicas de la Facultad de Bioquímica y del Proimi hallaron cómo aprovechar la versión autóctona de un cultivo energético. Historias.

23 Ago 2017

Sus ojos se iluminan cuando recuerda: son los mismos cerros santamarianos por los que corrió de chica los que ahora trepa, con todo un equipo, en busca de uno de los yuyos de su infancia. “Ella” se llama Cintia Romero, es bioquímica, y dirige un proyecto de investigación/acción conjunto de la Facultad de Bioquímica y el Proimi (Conicet), financiado por la Secretaría de Políticas Universitarias.

Cuando Cintia era chica, al yuyo le decían higuera del monte, o higuerilla. Ahora sabe que es uno de los miembros de un género nutrido y variado de plantas llamado Jatropha. Y sabe que es un yuyo poderoso.

La hierba santamariana se llama Jatropha peiranoi, en homenaje a Abel Peirano (que investigó profundamente el área de Santa María fascinado tanto por su flora como por sus minerales, y en 1936 descubrió el yacimiento minero Aguas de Dionisio). Todo el mundo la conoce en el Valle, pero no se le había encontrado uso alguno... hasta ahora.

Algunas de sus parientes, especialmente la Jatropha curcas, son ya famosas en el mundo. Sucede que la Jatropha es uno de los llamados cultivos energéticos: las semillas contienen una cantidad importante de aceites que permiten producir biodiesel. Pero hay un problema: casi todas se dan solo en zonas tropicales.

Cultivar energía

“Cuando identificamos botánicamente nuestra Jatropha, decidimos investigar si las semillas locales eran tan eficientes como las de la curcas... ¡Y descubrimos que sí!”, cuenta Cintia entusiasmada. De hecho, esta constatación ya les valió un premio en 2016.

“Su excelente rendimiento es sólo la primera de sus virtudes: soporta un clima adverso, en tierras áridas y con temperaturas extremas. Por eso su cultivo permitirá el aprovechamiento de tierras que hoy son marginales”, añade y resalta la primera persona del plural: “esta investigación sería imposible sin el trabajo en equipo”, afirma mientras mira a sus compañeras.

“El equipo” está formado, además, por una bióloga, otra bioquímica y una “casi” biotecnóloga, respectivamente: Gloria Jaime (que se encarga de las necesidades botánicas), Úrsula Tonello (especialista en propagación in vitro de especies vegetales) y Paula Paterlini (que trabaja con Úrsula... ¡pronto sabremos en qué!). Además se está sumando, desde la Facultad de Agronomía de la UNT, el ingeniero Roque Caro. Porque el desafío es el cultivo en condiciones controladas.

“Sucede que en los cerros la Jatropha tiene comportamientos que todavía no podemos regular: crece ‘en manchas’, y de octubre a abril. En ese lapso florece y semilla varias veces, pero en abril nos quedamos sin materia prima -explica Gloria-. Cuando empiezan los fríos desaparece la parte vegetativa, y el rizoma, bajo tierra, espera a la primavera”.

Por eso quieren perfeccionar las posibilidades de cultivo en invernadero, con temperaturas reguladas. “Un punto clave era descubrir qué hace que crezca en algunos medios y en otros no; en otras palabras, cuáles son los sustratos que necesita -explica Úrsula-. Pero hay otros, que abrieron un nuevo camino de investigación”.

In vitro

Mientras avanzan las pruebas a campo, en el laboratorio donde lleva tiempo trabajando con frutillas Úrsula se animó a probar con la Jatropha. “Estamos haciendo micropropagación clonal, es decir, crear nuevas plantas a partir de pequeños trozos de tejido -explica-; y en esta fase el aporte de Paula es fundamental”. Paula (que con este trabajo termina el cursado de la carrera) se ruboriza, pero explica: había que analizar cientos de variables y ajustar un montón de protocolos que permitieran crear clones, a partir de los cuales encarar una producción masiva.

¿Por qué clones? Porque de esa manera se podrán asegurar plantas idénticas a las que hayan demostrado alto rendimiento.

“Necesitábamos generar las condiciones de reproducción; en términos sencillos, me tocó colaborar en la búsqueda del equilibrio concreto de nutrientes”, explica. Y lo lograron: en el laboratorio ya están creciendo las primas plantitas.

el proyecto nació gracias a una experiencia de voluntariado
“Al revés de lo que suele pasar, esta investigación nació de la extensión, en un proyecto de voluntariado de 2013 sobre hierbas regionales. Y no hubiera sido posible sin el trabajo increíble de Cristina Torres, licenciada en Química y la ‘voluntarialista’ de la Facultad de Bioquímica”, cuenta Cintia Romero, la directora del proyecto. Asegura que esa experiencia conjunta de servicio es lo que fortalece el lazo del equipo. Fue precisamente en 2013 cuando se les ocurrió identificar la hierba -con apoyo financiero de la Secretaría de Políticas Universitarias- y todo esto comenzó. “Nos hemos internado tierra dentro y hemos trepado cerros con los chicos de las escuelas de la zona, que son de alta montaña”, añade Cintia. Y las cinco científicas están felices, porque si los resultados siguen como hasta ahora, su investigación permitirá generar fuentes de trabajo sustentables y hacer productivos terrenos marginales explotando una planta local. Están trabajando, con apoyo de la Facultad de Agronomía, con la Cooperativa Agroganadera Diaguita (que produce pimentón) y con el colegio Vallisto (en este caso, en identificación de plantas con fines medicinales y biotecnológicos). “Se abren grande posibilidades, porque en los países europeos la demanda de Jatropha es alta y siempre están buscando plantas nuevas”, agrega entusiasmada pensando en su tierra natal. Quién dice; quizás la Jatropha le cambie la vida a Santa María.

> Esto es, realmente, Investigación /acción

   El proyecto nació gracias a una experiencia de voluntariado

“Al revés de lo que suele pasar, esta investigación nació de la extensión, en un proyecto de voluntariado de 2013 sobre hierbas regionales. Y no hubiera sido posible sin el trabajo increíble de Cristina Torres, licenciada en Química y la ‘voluntarialista’ de la Facultad de Bioquímica”, cuenta Cintia Romero, la directora del proyecto. Asegura que esa experiencia conjunta de servicio es lo que fortalece el lazo del equipo. Fue precisamente en 2013 cuando se les ocurrió identificar la hierba -con apoyo financiero de la Secretaría de Políticas Universitarias- y todo esto comenzó. “Nos hemos internado tierra dentro y hemos trepado cerros con los chicos de las escuelas de la zona, que son de alta montaña”, añade Cintia. Y las cinco científicas están felices, porque si los resultados siguen como hasta ahora, su investigación permitirá generar fuentes de trabajo sustentables y hacer productivos terrenos marginales explotando una planta local. Están trabajando, con apoyo de la Facultad de Agronomía, con la Cooperativa Agroganadera Diaguita (que produce pimentón) y con el colegio Vallisto (en este caso, en identificación de plantas con fines medicinales y biotecnológicos). “Se abren grande posibilidades, porque en los países europeos la demanda de Jatropha es alta y siempre están buscando plantas nuevas”, agrega entusiasmada pensando en su tierra natal. Quién dice; quizás la Jatropha le cambie la vida a Santa María.

Comentarios