Ajuste de cuentas con el pasado

En 56 - Cuarenta años de periodismo y algo de vida personal, Jorge Lanata rinde homenajes sin fanatismos, hace reconocimientos generosos y también defenestra con fervor. Pero, a medida que ama y que odia, rescata muchos de sus mejores textos y muchos de los mejores momentos del periodismo gráfico

13 Ago 2017
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Por Alvaro José Aurane - Para LA GACETA - Tucumán

Cuando languidecían el siglo pasado y el menemismo (con tasas de desocupación por encima de los 20 puntos, una brecha en la distribución de riqueza de 38 veces entre el 10% de la población más rica respecto del 10% de la población más rica, y una tasa de criminalidad en ascenso perpetuo), el ministro del interior Carlos Corach anunció que el 30% de los delitos en la Argentina eran cometidos por extranjeros indocumentados. Lo dijo sin acompañar el estudio documental que lo respaldara. Pero aun sin sustento probatorio, su aserción le daba al sector xenóbofo y chauvinista de la población (no es mayoritario, pero sí importante) una fuente oficial para predicar con pretendida legitimidad su odio discriminador contra, por ejemplo, los paraguayos, los chilenos y los bolivianos que viven aquí, invitados por los forjadores de la patria a través del Preámbulo: esta tierra es “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

La primera reacción contra esa barbaridad de Corach que hizo escuela (se cuentan por miles los convencidos de que la inseguridad es responsabilidad de los inmigrantes) fue reparar en el delirio de algunos compatriotas que se creen europeos (y para más datos escandinavos). Pero Jorge Lanata vio mucho más. Reparó en que esos latinoamericanos venían a la Argentina, en muchos casos, a realizar ocupaciones que los argentinos no querían desempeñar. Evo Morales, cuando vino a Tucumán para participar de la Cumbre de las Américas en 2009, contó que de niño vivió en una finca cañera con su familia, para luego volver a Bolivia. Otros se quedaron a realizar labores insalubres, viviendo en condiciones inhumanas, y después de mucho sufrir progresaron. Pero no se convirtieron en ejemplos de esfuerzo, sino en gente que les quitaba su trabajo a los argentinos (aunque los argentinos nunca quisieron esos trabajos). Entonces, si una parte del pueblo los culpaba del desempleo, ¿por qué no podía el Gobierno culparlos del delito?

Entonces Lanata escribió un concepto casi totalizador de ese gobierno, para el cual el problema era que las personas de los países vecinos impedían a los argentinos disfrutar sin interferencias de un país que estaba mal, pero iba para peor. La Argentina era, para el menemismo, un territorio donde dos esclavos debían pelearse por un yugo.

Esa es sólo una entre las incontables claves con que el hacedor de Página/12 fue descifrando el poder en la Argentina a lo largo de las últimas décadas. Había -y hay- en el ejercicio periodístico de Lanata un doble esfuerzo: el de desentrañar la corrupción de los sucesivos gobiernos y, a la vez, el de individualizar los signos con que cada gestión iba dándose una identidad.

La trama de 56, su último libro, también se teje con dos hilos, presentados en el subtítulo: Cuarenta años de periodismo y algo de vida personal. En todo caso, la vida personal de Jorge Lanata es bastante más que “algo” en este libro de 430 páginas; pero como en toda urdimbre, una y otra cuestión se van cruzando incesantemente; y lo cierto es que la vida personal de uno de los periodistas más influyentes de la historia argentina ocurre junto con sus cuatro décadas de ejercicio profesional.

Aun así, una manera posible de leer 56 es no olvidar esas dos cuerdas separadas, porque entonces se podrá distinguir el ajuste de cuentas de Lanata con su pasado (personal y laboral) del legado periodístico de quien signó a una generación de hombres y mujeres de la prensa e hizo historia en el cuarto poder.

Entonces, en este volumen se va a encontrar a un Lanata “personal”. Que hace reconocimientos generosos, pero sin fanatismos. Que elogia la grandeza, a la vez que las pone en el contexto de las humanas miserias que acompañan los comunes casos de la suerte de todos los hombres. Que desprecia con un fervor inclaudicable.

En 56 hay un homenaje al semanario El Porteño, a lo que significó su irrupción (los afiches en la Buenos Aires de mediados de los 80, que se topaba con la democracia y con los afiches de la revista mostrando el beso de dos mujeres; o la entrevista de Oriana Fallaci al represor Leopoldo Fortunato Galtieri), y a las figuras de Gabriel Levinas, Miguel Briante y Enrique Symms. A la vez, recuerda la cooperativa conformada para comprar la revista, a un precio barato pero inaccesible; y las discusiones sobre el sumario de la publicación en un estado asambleario permanente. Y se avizoran -porque Lanata mismo lo anuncia- las rencillas con Ernesto Tiffenberg.

Hay un capítulo entrañable dedicado a Osvaldo “El Gordo” Soriano, que va desde una puja por una entrevista con Julio Cortázar hasta una superstición con los gatos, pasando por su resentimiento por el escaso respeto que le deparaban en la Argentina, aunque ya se había ganado en Europa un gran reconocimiento. Lo cual incluyó el pedido a Lanata de que echara a Martín Caparrós de Página/12 ante una crítica negativa a una de sus novelas.

Con Juan Gelman será impiadoso. Lanata se reivindica a sí mismo, y a Página/12, como los que hicieron posible que volviera al país, porque le garantizaron una fuente laboral con la cual poder sostenerse. Sin embargo, relata que cuando el Equipo de Antropología Forense identificó al cuerpo de su hijo Marcelo (detenido y trasladado durante la dictadura al centro clandestino de Automotores Orletti) dentro de un tambor de 200 litros relleno de cemento y de arena, Gelman se negó a escribir sobre ello en ese diario.

Respondió que como la noticia aún no había sido dada a conocer oficialmente, “no quería quemar la primicia” porque había llamado a una conferencia de prensa con corresponsales extranjeros para la semana siguiente. Lanata le dedicó a Marcelo Gelman la contratapa del domingo anterior. Nunca mencionó a Juan Gelman en ella.

Defenestrará a Horacio Verbitsky, de quien dirá que era más un político que un periodista; que no escribía para los lectores sino para la “orga” y sus militantes; autor de “best sellers olvidables” como Robo para la Corona, que no era un libro para leer sino “para ilustrar el sobaco”; y que había trabajado para la Fuerza Aérea. Lo acusará de haber censurado (junto con Martín Granovsky y con Tiffenberg) el trabajo de Julio Nudler, cuando en 2004 escribió sobre los primeros nichos de corrupción del kirchnerismo.

Llorará rabiosamente a Página/12. Contará la trama del financiamiento del Movimiento Todos por la Patria, que se interrumpió tras el copamiento de La Tablada. Hablará de lo dificultoso que era ser el jefe de una redacción donde muchos periodistas (que en los grandes medios nunca hubieran osado participar de una asamblea) se sentían a 10 minutos de la llegada al socialismo; de modo que tuvo que soportar paros, inclusive, porque la empresa a la que habían tercerizado la provisión de la impresora había despedido a un empleado. Decidirá jamás perdonar que, luego de que él renunciara en 1994, en el diario que fundó no volvieran a mencionarlo por los siguientes 15 años.

La amargura se extenderá también a los onerosos fracasos editoriales que supusieron Crítica (aborrecerá que le endilgasen la responsabilidad del cierre de ese medio, cuando él se había ido un año antes, perdiendo por completo los 600.000 dólares que invirtió, venta de un inmueble mediante) y la Revista XXI (debió declarar su quiebra personal).

Pero a la par de ese hombre que ama y que odia, Lanata cuenta cómo era la “cocina” de cada uno de esos medios y narra la historia detrás de las decisiones editoriales extremas… Y entonces se empieza a recorrer el hilo de una obra periodística que ya es imperecedera.

Apéndices

56 recoge grandes textos de Lanata, como los de sus viajes por Oriente Medio: Gaza, cuando la Intifada (fragmentos que componen La guerra de las piedras; la primera y la segunda Guerra del Golfo; Pakistán, durante la detención de Bin Laden, Líbano, Siria, Israel… Y también -y mucho- las Malvinas.

A la vez, resucita textos de la Enciclopedia Universal del Verso, una sección de la Revista XXI que era, esencialmente, un espacio para desmitificar creencias urbanas -y no tanto- sobre los más diversos temas: desde las drogas hasta las dietas, pasando por el orgasmo.

Y hay, finalmente, un apartado del libro que no sólo resulta inapreciable a los efectos históricos, sino que le hace justicia a su autor, sin necesidad de qué él ni nadie deba predicar acerca de ello.

56 contiene un apéndice que hace una reproducción facsimilar de algunas tapas de Página/12 que son memorables; y de otras que, directamente, fueron hitos del periodismo argentino.

Entre las primeras está la edición del 12 de agosto de 1989, que en tapa y contratapa presentan las dos versiones oficiales contrapuestas del encuentro entre Carlos Ménem y Raúl Alfonsín. En la primera plana, titulada “En diez minutos enfriamo el ambiente”, el vocero presidencial reduce todo a una visita protocolar. En la última página, el comunicado de Alfonsín sostiene que el indulto, la manipulación de medios y las acusaciones de corrupción fueron el eje de la charla. “En veinticinco minutos calentamo el ambiente” fue el titular. También hay que anotar la del 8 de junio de 1990, cuando comienza el Mundial de Italia y, en nombre de que todo el país sólo hablaba de fútbol, la portada está escrita y titulada en italiano.

Entre las portadas que son verdaderos mojones periodísticos se encuentra, indudablemente, la del 8 de octubre de 1989: es conocida como la “Tapa Blanca” porque corresponde al día después de que Menem indultara a las juntas militares. No hay titulares, ni cabezales, ni el chiste de Rudy & Paz, ni el “Pirulo de Tapa”. Hay, sí, un editorial. Está allí por lo que Lanata explica desde la primera línea: “Nada puede quedar totalmente en blanco. Ni siquiera esta hoja de papel destina a la tapa de Página/12, ahora seguramente surcada por pliegues, imperfecciones, pequeñas manchas, sombras. La historia de un país tampoco puede quedar en blanco”. Menem, meses después, calificaría de “enemiga” a la “prensa amarilla a la que no le gustó el tema de los indultos”. Y entonces el diario se imprimió en papel amarillo y hasta cambió su nombre: el 19 de marzo de 1990 se llamó “Amarillo/12”.

El hilo de la vida personal de Lanata que teje 56 está hecho de su decisión de no olvidar. No es para menos: comenzará el libro confesando que hace muy poco tiempo se enteró de que era adoptado y que acaso nunca podrá averiguar quién fue su madre biológica. Es perversa la ironía del destino: el hombre que concibe al periodismo como el ejercicio de preguntar, no tiene a quién interrogar sobre su verdadero origen. Quizá en la incerteza del comienzo radica la fuerza con la que él se aferra a la certeza de lo vivido, después de ese inicio que no acierta a encontrar.

El otro hilo, el del legado periodístico, es para que los demás no olvidemos a Lanata.

© LA GACETA

Álvaro José Aurane - Periodista. Prosecretario de Redacción de LA GACETA

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