Los libros de Lanata

56 se suma a una larga lista de libros: El nuevo periodismo, La guerra de las piedras, Polaroids, Historia de Teller, Hora 25, Vuelta de página, 26 personas para salvar al mundo, entre otros. Aquí repasamos varios de ellos.

13 Ago 2017

Por Alejandro Duchini - Para LA GACETA - Buenos Aires

El Lanata de Página/12 de los 80 y de comienzos de los 90 hizo una escuela periodística que me marcó, como a tantos de mi generación. Tengo 45 años y soy periodista desde hace más de 20. Terminé el secundario leyendo Página y entré a la universidad en tiempos en que esperaba con ansiedad los libros que acompañaban la edición dominguera de ese diario. Todavía los tengo: Conrad, Maupassant, Sabato… Tantos. Hasta entonces, me había acostumbrado al Clarín de cada día que compraban en casa desde que era chico. Era pura solemnidad y Página irrumpió con investigaciones, ironía y notas de opinión. Además, cada domingo a la noche escuchaba a Lanata en la Rock & Pop, donde conducía Hora 25, que terminaba a la una de la mañana del lunes. Un programa intimista que renovó la forma de hacer radio. Recuerdo las dos emisiones que dedicó a leer La invención de la soledad, el genial libro de Paul Auster que entonces era inhallable. Entré a Auster por Lanata. Guardo el audio de la entrevista que le hizo a Fito Páez. Esa noche Fito presentó y cantó a cappella Tema de Piluso, la canción que sería uno de los hits de su siguiente disco, Circo Beat. Estábamos en plena fiebre de El amor después del amor.

Escribo esto porque acabo de leer el nuevo libro de Lanata: 56 - Cuarenta años de periodismo y algo de vida personal (Sudamericana). Que se suma a una lectura que inicié en aquellos años con Polaroids, su libro de relatos. Ya había publicado El nuevo periodismo y La guerra de las piedras. En Polaroids, Lanata era distinto al del diario. Me gustaba cómo escribía ficción.

Cuando después apareció su primera novela, Historia de Teller, Lanata no era masivo o mediático como sería desde fines de los 90. Historia de Teller es del 92, está dedicado a Fito Páez -entonces eran amigos- y se lee en el comienzo: “Averigüé en aquellos meses que debemos más a la casualidad que al destino”, sobre la historia de un rockero que finge su muerte para empezar otra vida.

En el 97 se publicó el que para mí es uno de sus mejores trabajos: Vuelta de página. Ese libro lo devoré mientras mi papá se moría en un hospital de Parque Centenario y encontré en sus páginas similitudes que me hacían sentir un poco menos solo.

Por ejemplo: “Fue triste pero necesario vivir su muerte, estar a su lado durante esos meses en un hospital de Parque Centenario, sentir que la muerte huele y ronda con su hocico frío. Mi padre murió sin conocer a mi hija”. ¿Entienden a qué me refiero con “similitudes”?

“Yo nunca quise ser periodista para cambiar el mundo. Nadie puede cambiar el mundo si primero no entra en él. Yo quería entrar al mundo, averiguar qué había detrás de los libros del tío Dionisio, el dueño de la primera biblioteca que vi en mi vida”, se presenta en Vuelta de página. Son en su mayoría columnas publicadas en Página/12 y en otros medios gráficos y hasta en televisión, como su recordado Día D. También aparecen Osvaldo Soriano, Julio Cortázar y Juan Gelman, sobre los que suele volver.

El más personal y el último

El libro más intimista tal vez sea Hora 25, publicado en 2008. Creo que quienes quieran saber de Lanata deberían leer éste en vez de sus biografías. Lanata, por ejemplo, es alguien que pensaba que “nuestro enemigo somos nosotros mismos, los que miramos para otro lado todo el tiempo, y peleamos por ser mejores, por estudiar más, por jugarnos más, por dar más, por tener menos miedo. Y la mayoría de las veces no nos sale”. O el que escribió: “Después me di cuenta de que las cosas pasan cuando tienen que pasar, y que no vale la pena lamentarse por el tiempo perdido. A lo mejor ahora es el comienzo de algo. Darnos cuenta es un comienzo”.

26 personas para salvar al mundo es de 2012. Está basado en una trabajo periodístico para Turner. Hay entrevistas a Zygmunt Bauman, Eduardo Galeano, Juan Carr y Mario Vargas Llosa, entre otros. A esta altura hace años que Lanata es el que es hoy: el periodista más popular. El odiado y el querido. El respetado y el defenestrado. El que hizo teatro de revistas (La rotativa del Maipo). El que se viste estrafalariamente. El que putea al aire, el que fuma ante las cámaras. El que puede ser candidato -fantasean algunos- a Presidente. El que la rompía los domingos con Periodismo Para Todos a pesar de que el gobierno de Cristina Kirchner le pusiera como competencia a River y Boca en el mismo horario, a través de Fútbol para todos. Es el Lanata que dio un mal paso con el portal Data 54 y con la revista Ego. El que carga (todavía) con la mochila por el cierre del diario Crítica, en 2010. Es, también, el que la rompe en audiencia cada mañana a través de Radio Mitre.

Oportunista, en 2012 también aparece la biografía Lanata, escrita por Luis Majul. No es un libro de Lanata sino sobre Lanata. Trata de impactar desde el inicio, cuando cuenta sobre su idea del suicidio. Es un intento por dar un golpe de efecto desde el arranque.

Antes de 56, Lanata ya es una máquina de publicar. A los mencionados se le suman Cortinas de Humo, un investigación sobre el atentado a la AMIA hecho con Joe Goldman; Argentinos I y II, sobre la historia del país: alrededor de 500 páginas cada uno; ADN, una mirada suya sobre la condición del ser argentino; la novela Muertos de Amor; y 10K, la década robada, sobre los gobiernos kirchneristas.

56 arranca con la noticia reciente de saberse adoptado. “Lo sé desde hace pocos meses. Tenía cincuenta y cinco años cuando me enteré”, escribe desde la primera línea. Son apenas unas páginas. Hay periodismo. Da buenos consejos sobre cómo ejercerlo. En algún punto, este libro tiene similitudes con LaCrónica, de Martín Caparrós, publicado el año pasado. Repite sobre Soriano y Gelman. Abunda la republicación de notas (algunas memorables: Bird, sobre Charlie Parker, por ejemplo; otras no tanto). Devuelve golpes a sus “enemigos”, se defiende de ataques (Crítica, parece, es una herida abierta). Vuelve a recordar el injusto olvido al que intentaron someterlo en los últimos años sobre Página/12: se lo podrá criticar por muchas cosas, pero es indudable que su nombre estará siempre ligado a ese diario. Y opina: “Los nuevos periodistas creen que desde su nacimiento se han ganado la firma en todo, y que al lector le interesa su columna sobre partículas elementales y física cuántica, cuando aún no aprobaron física de quinto año”. Y refiere a sí mismo: “Una confesión menor: soy inseguro. Soy tímido, e inseguro. Aprendí a sobreponerme a eso pero está en mi esencia”.

Leer a Lanata siempre es buen ejercicio. Porque más allá de su egocentrismo, es alguien que deja huella no sólo en el periodismo, sino en los últimos (varios) años de un país dividido que no termina de encontrarse.

© LA GACETA

Alejandro Duchini - Periodista.


Fragmento de 56 *
Por Jorge Lanata
Soy adoptado. Lo sé desde hace pocos meses. Tenía cincuenta y cinco años cuando me enteré. Toda mi vida pensé que mi vínculo -¿mi necesidad?- con el periodismo tenía que ver con una enfermedad de mi madre, víctima de un tumor cerebral que lesionó su centro del habla: ella no podía hablar. Mamá no podía responder, yo preguntaba. Ahora sé que ella no era ella, o sí lo era pero de otro modo, y que mis preguntas intuían un secreto que busqué sin proponérmelo, casi toda mi vida. Si “ellos” no eran ellos, yo ¿era yo? La pregunta es idiota. Lo primero que pensé cuando lo supe es que las largas manos de pianista de Bárbara, mi hija mayor, no venían de las manos de mi mamá. Hasta este momento, en que lo saben miles, cinco o seis personas supieron de mi condición: Sara, Bárbara, Margarita, Andrea, Martín y Patricio. Releo estas líneas y es evidente un tono trágico que no me empeño en darles: ese tono esta noche vive en mí. No sé cómo podría ser para ustedes descubrir, en plena madurez, que muchas de sus respuestas se convierten en preguntas: la mayoría de ustedes saben de dónde vienen; yo me pregunto, ahora, cómo hubiera sido lo que no fue. En mis últimas décadas de periodismo hemos tirado ministros, hemos llevado decenas de casos a la justicia, hemos investigado como muy pocos lo hicieron. Sin embargo, no sé sinceramente si en mi caso vale la pena buscar: la mayoría deben estar muertos. Tal vez, finalmente, sea yo quien viene de ningún lugar, o, para decirlo de otro modo, sea el camino que fui.
* Sudamericana.

Fragmento de 56 *
Por Jorge Lanata

Soy adoptado. Lo sé desde hace pocos meses. Tenía cincuenta y cinco años cuando me enteré. Toda mi vida pensé que mi vínculo -¿mi necesidad?- con el periodismo tenía que ver con una enfermedad de mi madre, víctima de un tumor cerebral que lesionó su centro del habla: ella no podía hablar. Mamá no podía responder, yo preguntaba. Ahora sé que ella no era ella, o sí lo era pero de otro modo, y que mis preguntas intuían un secreto que busqué sin proponérmelo, casi toda mi vida. Si “ellos” no eran ellos, yo ¿era yo? La pregunta es idiota. Lo primero que pensé cuando lo supe es que las largas manos de pianista de Bárbara, mi hija mayor, no venían de las manos de mi mamá. Hasta este momento, en que lo saben miles, cinco o seis personas supieron de mi condición: Sara, Bárbara, Margarita, Andrea, Martín y Patricio. Releo estas líneas y es evidente un tono trágico que no me empeño en darles: ese tono esta noche vive en mí. No sé cómo podría ser para ustedes descubrir, en plena madurez, que muchas de sus respuestas se convierten en preguntas: la mayoría de ustedes saben de dónde vienen; yo me pregunto, ahora, cómo hubiera sido lo que no fue. En mis últimas décadas de periodismo hemos tirado ministros, hemos llevado decenas de casos a la justicia, hemos investigado como muy pocos lo hicieron. Sin embargo, no sé sinceramente si en mi caso vale la pena buscar: la mayoría deben estar muertos. Tal vez, finalmente, sea yo quien viene de ningún lugar, o, para decirlo de otro modo, sea el camino que fui.

* Sudamericana.

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