Ana Wajszczuk: “contar el pasado es ir a una derrota”

La periodista y poeta argentina publicó su primer libro de no ficción, Chicos de Varsovia. El célebre alzamiento está en el centro de la historia, pero su periferia está llena de condimentos. En esta entrevista, la autora habla sobre el proceso de escritura, los vínculos familiares y el tiempo

13 Ago 2017
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REGRESO A LOS ORÍGENES. Ana Wajszczuk busca su identidad y escribe con oficio. La escritura es a veces cruda, otras honesta y frágil, bestial y dulce.

Por Dolores Caviglia - Para LA GACETA - Buenos Aires

Ana Wajszczuk sabe de lo que habla. No nació en Polonia, no estuvo en la guerra, en ninguna guerra, no habla el idioma, no conoce bien la ciudad y sin embargo la escribió, la contó, la levantó con la ayuda de un padre médico que se convirtió en traductor y de un tío lejano, al que sólo vio una vez, la pieza clave de un engranaje perfecto para lograr lo imposible: contar el pasado. Chicos de Varsovia es eso, un intento fallido y sublime de reconstruir la historia de la mayor insurrección que debieron enfrentar los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Es el regreso a los orígenes, la búsqueda de la identidad y el acercamiento de una hija y su papá. Todo, escrito con la delicadeza de una autora que conoce el oficio de la edición, del periodismo, que publicó en revistas nacionales e internacionales, que es poeta. La escritura es cruda cuando debe serlo y honesta y frágil y fuerte y bestial y dulce y tiene un aire espeso que llega al lector suave porque Ana sabe.

- Esta historia nació como una nota que publicaste en 2014. ¿Cómo pasó a libro?

- En 2014 me fui de vacaciones a Polonia y me llevé para leer Varsovia, 1944. Eran como mil páginas y las leí y ahí pensé en la nota porque se cumplían los 70 años del Levantamiento. Y cuando empecé a escribir no podía parar. La versión más chica era de 50.000 caracteres y el editor de la revista en la que iba a salir me dijo: “Con todo el dolor del mundo la reduje a 25.000”. Tuve que sacar mucho de lo que yo sentía literario. Ahí me pregunté por qué no escribir un libro. Y entonces me di cuenta que tenía que volver.

- ¿Cómo superaste la barrera del idioma?

- Viajé con mi padre, hijo de polacos, y él me hacía de traductor. Es médico, no es un asiduo lector y se largó a traducir en un idioma que él hablaba una vez por semana con su madre, quien murió hace cuatro años. Además, mi papá habla un polaco antiguo. No tiene los modismos actuales, por lo que había cosas que no entendía. O a veces me traducía cinco palabras y el entrevistado había hablado por dos minutos de corrido. Fue complicado. Pero por suerte tenía a mi tío Waldemar. Con él hablaba en inglés y me ayudó a completar mucho de lo que mi padre no podía.

- El pasado siempre tiene huecos, información a la que no se puede llegar. ¿Cómo enfrentaste estas dificultades?

- Las evidencié. Yo necesitaba explicar la distancia que me separaba, que es la que nos separa de cualquier pasado. Algo imposible de eludir. Es una ficción, un relato. Y también me di cuenta que la postura de la narradora fue un poco ponerse del lado del lector, como para que entendiese que él también se hubiera encontrado con estas trabas. Quería poner a la vista lo difícil que es viajar al pasado. Te podés traer algunas cosas, algunos regalos, recuerdos. No más. Todo lo que no sabía, lo trataba de suplir con la observación, que era lo que yo podía aportar.

- ¿De qué forma registraste tu viaje?

- Todas las noches escribía una especie de diario. Me anotaba cosas, impresiones, para no olvidarme lo que hacía, para organizarme. Pero también plasmaba sensaciones que después pude trabajar. Palabras que se iban pegando. Cuando mi padre ya dormía, me ponía con el diario del viaje. Y en un punto además confié. Me animé a ver qué era lo que me quedaba en la cabeza. Si algo se queda es porque importa. Lo que se fue lo hizo por algo. Entonces, me quedaban ciertas sensaciones que sabía tenía que explotar narrativamente.

- ¿Cuál es el universal de esta historia?

- Todos los descendientes de la guerra han sabido muy poco de sus familias y es un tema tan pregnante y es un silencio tan grande que me parece que los abuelos callaron para salir adelante. Eso me lo decía una especialista a la que entrevisté: no suele ser la generación de los hijos sino la de los nietos la que vuelve a poner en valor estas historias tan trágicas.

- Qué además tienen muchos huecos…

- Claro. La multitud de recursos del libro fue una manera de llenar esos espacios. En uno de los poemas digo que sobre un personaje no sé más nada, que la ficción tendría que venir para completar la historia. Creo que una de las estrategias fue esa: usar fotos, cartas, notas para tratar de rondar ese pasado que yo sabía bien que se iba a escapar. También leí 40 libros, vi 10 películas, busqué en muchos sitios web, hice más de 20 entrevistas, visité museos. Contar el pasado es ir a una derrota desde el minuto cero.

- ¿Qué te pasó a vos al escribir este libro?

- Fue cerrar el ciclo de la infancia. Puede sonar medio ridículo porque tengo 42 años, pero fue como terminar de entrar en la adultez con esta historia de la familia. Al mismo tiempo le devolví la infancia a mi padre y yo pasé a otra etapa. Mientras escribía, me di cuenta que le estaba contando este cuento a mi papá. Él no sabía nada. Yo se lo descubrí y descubrí así que me había hecho adulta.

© LA GACETA

PERFIL

Ana Wajszczuk fue jefa de prensa de Editorial Planeta y hoy es editora externa del grupo y de Ediciones B. Colabora en Radar, Clase Ejecutiva, La Nación Revista, Sophia y Clarín, entre otros medios. Es autora de dos libros de poesía.

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