La calle manda en la tierra de Simón Bolívar

21 Abr 2017

Jorge Elías - Periodista-columnista en televisión argentina

Después de la “madre de todas las bombas”, arrojada por EEUU en Afganistán, la oposición de Venezuela se proponía lanzar la “madre de todas marchas”. Era la premisa frente a los atropellos del gobierno de Nicolás Maduro, necesitado de enemigos para sostenerse. El resultado: dos civiles y un militar muertos (el miércoles) que, parece, no suman en el inventario de un país desgarrado por la polarización y la violencia. Son apenas circunstancias, como las tres personas que perecieron durante la incomprensible tentativa de sacar de circulación, en un día, los billetes de 100 bolívares u otras tantas que cayeron en protestas masivas ante una represión implacable.

La calle manda en Venezuela. Esta vez, después de haber denunciado planes desestabilizadores de la Organización de los Estados Americanos, del imperialismo y de otros ismos, Maduro culpó al presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, de orquestar un “intento de golpe de Estado” con luz verde de Washington. El miércoles era feriado por el Día de la Independencia (1810). La madre de todas las marchas terminó siendo la “madre de todas las batallas”.

Maduro había ordenado la ejecución del Plan Zamora. ¿En qué consiste? En movilizar la estructura militar, policial y civil para garantizar el “funcionamiento del país”. Vía libre para el terror en un ambiente hostil, caldeado por las muertes y las detenciones en marchas anteriores; la inhabilitación para postularse a cargos públicos durante 15 años de uno de los líderes de la oposición, Henrique Capriles, gobernador de Miranda, a la sombra de presos políticos como Leopoldo López; la censura; una inflación galopante, y la escasez de medicinas, alimentos y elecciones.

En su testamento político, Hugo Chávez dejó en manos de Maduro algo más peligroso que un país en quiebra por la baja del precio del petróleo. Dejó la Milicia Nacional Bolivariana, un cuerpo civil de apoyo a las FF.AA. que debe “contribuir a la defensa del país”. Tiene medio millón de miembros. “El pueblo en armas”, según Maduro. Piensa duplicarlo.

Después del vano experimento del Tribunal Supremo de asumir las competencias de la Asamblea Nacional, Maduro cargó contra Borges por llamar “a un golpe de Estado a los oficiales de la Fuerza Armada, al desconocimiento de sus líneas y mandos y de su Comandante en Jefe”. Él. Todo por pedir las elecciones de gobernadores y alcaldes que debieron realizarse (2016), así como el referéndum revocatorio constitucional.

Los golpes de Maduro, blanco de huevazos y piedrazos mientras iba en un vehículo descapotado en un territorio afín, zigzaguean entre el enemigo externo y el complot interno. Al enemigo externo (Donald Trump) le aportó U$S 500.000 para su investidura por medio de Citgo Petroleum, la filial en EEUU de la petrolera paraestatal venezolana Pdvsa. Al enemigo interno decidió convocarlo para cantarle sus “cuatro verdades” tras el fracaso de las mediaciones de tres ex mandatarios extranjeros y del Vaticano.

Siete décadas después de La Marcha de la Sal de Gandhi (1947), en otras latitudes y en otro contexto, la oposición venezolana, tan dividida como el oficialismo, apela al mismo recurso. La postal, en este caso, refleja más impotencia que fortaleza. De un lado y del otro de la calle. (Télam)

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