Las malas palabras que se han vuelto hábito

19 Abr 2017

Héctor Costilla Pallares - Columnista invitado

Con seguridad, los que ya tienen “algunos” almanaques encima, recordarán la época de su niñez y las costumbres del hogar cuando vivían junto a sus padres. Hoy deben, con toda seguridad, escuchar sorprendidos y “agredidos” el vocabulario que “lucen” en todo tiempo y lugar los jóvenes de ambos sexos y, obviamente, muchos mayores. Han incorporado a su lenguaje “para todo uso” una serie de expresiones que jamás hubiera pensado ni el más liberal atrevido de boca de aquellas épocas, que un día llegarían a tener carta blanca aquellas “palabrotas”: claro que no sólo en el ómnibus, en las calles o en los bares es moneda corriente; los modernos o cancherísimos conductores o periodistas de la TV de nuestro país ignoran por completo el horario de protección al menor, y repiten como un logro en su lenguaje las más variadas expresiones de mal gusto, así “en crudo”, como las recogen de la calle. Por supuesto que es inevitable no repasar esos días en los que la mamá amenazaba a los hijos con “quemarles la boca con una brasa” si los escuchaba decir una mala palabra. El viejo, cuando renegaba, expresaba “me cacho en diez”; “la pucha”. ¿Qué decreto habrá abolido aquella amenaza: “lo voy a hacer sonar”, referida a que le iba a pegar a alguno que no se estaba portando bien en casa? . “¡Andate al diablo!”; “¡Que te par...eció el oso!”; “¡Andá a bañarte!”; “Sí, soplame el ojo”; “ese se hace el mosquito muerto” o “Yo me chupo el dedo”. Qué tremendo cuando los chicos y las chicas, para pelear, se sacaban la lengua o, doblando el brazo, se tomaban el codo y le decían “Sí, tomá vos”, al que estaba queriendo “venderle un buzón”. Casi todas las peleas en la escuela, en el barrio, que tenían como protagonistas a los “changos”, eran porque decían que “el otro” lo había retado de la madre. Hoy, eso que le dijo Messi al banderista en el último partido de la Selección se usa como moneda corriente para reprocharle graciosamente “algo” a algún amigo.

Yo recuerdo que en aquellos días. a los que decían “malas palabras”, les señalaban que tenían que ir a la iglesia a confesarse con el cura. Pienso en voz alta, ¿cuántos confesionarios y curas se necesitarían en estos días para poder cumplir con esa misión?

Es para pensar. ¿Por qué las mujeres permitieron que los hombres abandonaran su verba galante, educada, para dirigirse a ellas? En vez de rechazarlo, optaron por hablarle “en el mismo idioma”. No hace mucho tuvimos una muestra elocuente de esta nueva manera de encarar el diálogo entre un hombre y una mujer. ¿Hasta cuándo en Argentina se seguirá mechando en el diccionario esa antojadiza manera de inventarles nombres a las cosas? Hasta matemáticas sufrió una modificación: 2 x 2 es cuatro y dos por tres ¡llueve!

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